Cultura

Los otros ‘Open Arms’ de la literatura: historias de naufragios

La imagen del barco fondeado en Lampedusa interpela por su fuerza simbólica y porque evoca las más impresionantes tragedias que se han escrito y pintado al respecto

La Balsa de la Medusa (Museo del Louvre, 1818-19), de Gericault.
La Balsa de la Medusa (Museo del Louvre, 1818-19), de Gericault.

“En ningún sitio se hunden en el pasado los días más rápidamente que en el mar”, escribió Joseph Conrad  en Espejo de mar, una serie de textos acerca de la vida en el océano que Javier Marías tradujo y publicó en Reino de Redonda. Tenía razón Conrad, quien experimentó una verdadera fascinación por el mar y dedicó a él novelas como La línea de sombra. Al escritor lo deslumbraron las muchas dificultades que supone atravesarlo, su capacidad de engullir y arrastrar. La tragedia del Open Arms, o lo que podría acabar en tal cosa, tiene la desesperación de los personajes de Conrad.

La historia del Open Arms es la versión inversa del viaje que hace Jasón y los argonautas en busca del vellocino de oro. La tripulación menguante del barco de bandera española con 107 inmigrantes rescatados, reproduce el espíritu de Argo, aquella primera nave del mundo. La pregunta es, acaso, si tras enfrentar los peligros de ese largo viaje, podrán volver a pisar la tierra. La imagen del barco fondeado en Lampedusa interpela por su fuerza simbólica y porque evoca las más impresionantes tragedias que se han escrito y pintado al respecto, como el naufragio de la fragata de la marina francesa Méduse, pintada por Théodore Géricault.

La desesperación y la derrota en el mar está presente en clásicos como Los náufragos de las Auckland ,  la novela autobiográfica en la que el navegante y escritor François Édouard Raynal narra el naufragio de la goleta Grafton en su viaje por las Islas Auckland, a 500 kilómetros de Nueva Zelanda. Una carta dirigida a Felipe II sirvió al capitán Francisco de Cuéllar para documentar uno de los naufragios más increíbles tras el hundimiento de la Armada Invencible. La nave de Cuéllar, quien era miembro de aquella campaña naval contra Inglaterra, quedó destrozada por los vientos y el oleaje contra la costa irlandesa en el otoño de 1588, así que emprendió una marcha en solitario por el interior de Irlanda con el único objetivo de escapar a una muerte segura. Esa carta sirvió de inspiración al escritor Fernando Martínez Laínez para escribir su novela El náufrago de la Gran Armada.

También  Relato de un náufrago, de Gabriel García Márquez, aporta –en clave de reportaje novelado- la experiencia de Luis Alejandro Velasco, un hombre que permaneció durante diez días en una balsa a la deriva por el mar Caribe. Como los inmigrantes del Open Arms, muchos han huido a lo largo de la historia y hay quienes lo han documentado con la mayor belleza y rigor posible. Así lo hizo de Jon Juaristi en Los árboles portátiles, un ensayo publicado por Taurus que reconstruye la historia del barco Capitaine Paul Lemerle, que zarpó de Marsella hacia Martinica el 25 de marzo de 1941. A bordo viajaban centenares de fugitivos del fascismo, bolcheviques, liberales, judíos, refugiados españoles republicanos, pintores, escritores. Se dirigían todos desde la Francia de Vichy hacia las colonias de ultramar.

Lo poderosamente curioso es quiénes viajaban en ese barco en el que se mezclaban por igual obreros y brugueses, y ése es el hecho que reconstruye Juaristi. Alojados en ese enorme vientre de nave que huye, viajaban André Bretón, sacerdote del surrealismo; Claude Lévi-Strauss, el hombre que concibió el estructuralismo; el pintor vanguardista Wilfredo Lam; el escritor y revolucionario Víctor Serge; el periodista y escritor Toribio Echevarría.  El libro narra no sólo encuentro casual de los hombres y mujeres más importantes de segunda mitad del siglo XX sino la forma en que su encuentro casual, el intercambio de conversaciones e ideas, contribuyen a la aparición de fenómenos como la nueva izquierda, el estructuralismo y las vanguardias artísticas relacionadas con el colonialismo. 

La novela canónica sobre el naufragio la escribió Daniel Defoe en su leyenda de Robinson Crusoe, la historia de un náufrago inglés que pasa 28 años en una remota isla tropical, también La isla misteriosa, una novela de Julio Verne que integra una trilogía junto a Veinte mil leguas de viaje submarino y Los hijos del capitán Grant.  La historia ocurre durante la guerra civil americana, cuando cinco hombres logran escapar del asedio de Richmond en un globo aerostático que finalmente acabará estrellándose en una isla desierta de los Mares del Sur. Los cinco compañeros no tienen nada salvo su ingenio para sobrevivir en una isla que muy pronto se mostrará llena de secretos, misterios y enigmas que jamás hubieran podido imaginar.

A la deriva, de Steve Callahan, es un clásico marinero publicado recientemente por el sello Capitán Swing. Se trata de un relato escrito de primera mano por el único hombre que haya sobrevivido más de un mes solo en el mar: Callahan, un diseñador de barcos que perdió su bote en una tormenta frente a las islas Canarias mientras participaba en una carrera en solitario a través del Atlántico en 1982. Callahan estaba completamente solo. Con la ayuda de su ingenio, aprendió a pescar con una lanza, arreglar su alambique solar y hasta fue capaz de reparar su balsa. 

El oleaje mece con su propia fuerza las tragedias más antiguas, desde que el hombre se echó al mar lidia con su furia y su belleza. La del Open Arms -la historia del que huye, del que escapa- es tan antigua como el océano y, sin embargo, jamás amaina. Un navío de guerra es una aldea, escribe Herman Melville. Y es cierto, un barco en el mar es una república habitada por quienes deciden arrancarse de la tierra firme para ser, durante días y noches. Conrad -ay, La línea de sombra-, Melville, Verne, Galdós, Maupassant, Tólstoi, Chéjov, Kipling, Baroja, Salgari, Saki, Hemingway... ¿Cuántos no han visitado ese oleaje entre vivos y muertos, víctimas y victimarios? Esa lenta sopa que mueve los mares y golpea el corazón.

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