Los ha habido sentimentales, como el de Vargas Llosa en 2010. Inexpresivos y fríos, como el que leyó Alexiévich en 2015. Incluso invisibles, como el que jamás escuchamos de Dylan en 2017. Lo que hasta ahora no había ocurrido, al menos no con tan manifiesto sopor, había sido un discurso de aceptación del Nobel tan falto de coraje, imaginación y carácter como el que leyó Kazuo Ishiguro esta semana en Estocolmo. Un cojín habría parecido más vivo.

Pocas veces un discurso de aceptación del Nobel ha sido tan falto de coraje, imaginación y carácter como el de Ishiguro. Un cojín habría parecido más vivo

En un recorrido abreviado por la historia tras la caída del Muro de Berlín, Ishiguro ejecutó un alegato escolar, previsible y aburrido con el que pretendía explicar, ay no me digas, las desigualdades de un mundo que abrió el camino a la ultraderecha y los nacionalismos tribales. Un mundo de ocasiones perdidas, de redención inalcanzable y del que Ishiguro habla como si de un extraterrestre o, peor aún, como si de un militante del 15M se tratara. El mundo relevándose, de golpe, ante su página en blanco ciudadana. 

Hasta ahí, habría sido un triste discurso, incluso insignificante. Y si tal cosa ocurre no es porque haya obviado los temas importantes, sino porque los iluminó sin gracia ni agudeza. Salió algo del mismo color de su obra: algo que sin estar mal, tampoco alcanza la contundencia. Que diga que su generación es de alguna manera la de las ocasiones perdidas –a juzgar por la lógica de su argumento- da qué pensar, especialmente sobre su premio. A su manera, Ishiguro da la razón a quienes pensaban que, de esa quinta, Martin Amis merecía el Nobel de Literatura mucho más que él.

A su manera, Ishiguro da la razón a quienes pensaban que, de esa quinta, Martin Amis merecía el Nobel de Literatura mucho más que él

Resulta chocante escuchar frases ramplonas, afeitadas de sarcasmo, en un autor que ha dedicado parte de su breve obra a la memoria. Se podría decir que en todas las novelas del premio Nobel de Literatura, por muy distintas que sean entre sí, permanece la reflexión sobre el tiempo, la memoria y el olvido. Su novela más conocida, Los restos del día (1989), aludía a la idea implícita de la ocultación y la memoria. Son los ojos de Stevens, el mayordomo de  Darlington Hall, los que revelan al lector las costuras morales de su antiguo patrón. Alguien que ha domesticado los fantasmas del pasado y que ara la tierra de los odios heredados ofrece de pronto una ración de palabras resecas, simples, exhaustas.

Parecía nacido ayer Ishiguro. Alguien que vino al mundo en Nagasaki, en 1954 (plena posguerra), creció en la Inglaterra de los sesenta y cumplió los 30 en los años de Thatcher, tendría derecho, estaría obligado incluso, a la ironía. Alguna tendría que habérsele pegado de sus años en Kent y East Anglia, o al menos por el efecto ósmosis de la generación Granta de la que forma parte con McEwan, Martin Amis o Barnes. Quien lee y relee el discurso, una y otra vez, no sabe si Ishiguro nació ayer o si nació cansado, desprovisto de todo músculo, incapaz de dar en la diana de los asuntos importantes.



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