Cultura

Philip Roth ha muerto, la novela americana ya no tiene quien la escriba

De todas las orfandades que pueda coleccionar Estados Unidos, ésta es la peor. La muerte de Roth cierra un capítulo, supera un tiempo, clausura una sensibilidad.  

Philip Roth en Newark.
Philip Roth en Newark.

Fue la voz de Estados Unidos, al menos una de las más importantes. La que levantó, cómo no, la pastoral de una nación. Se trata de Philip Roth (New Jersey, 1933-2018), uno de los escritores esenciales de la narrativa americana del siglo XX y ganador del Pulitzer -y del Man Booker, y el Faulkner, y el Médicis-, quien ha muerto este martes a los 85 años de edad. De todas las orfandades que pueda coleccionar Estados Unidos, ésta es la peor. Su muerte cierra un capítulo, supera un tiempo, clausura una sensibilidad. A partir de él, la novela como género se convirtió en espejo. Sin él, será solipsismo. 

Hecho a partir de los muchos hombres que habitaban en su interior, Roth tiene una obra conformada por más de treinta de libros en los que exploró y abordó  el caleidoscopio de sí mismo: judío, estadounidense, escritor y hombre. Su biografía era el reflejo de una sociedad que él supo volcar en las páginas de sus historias. "He dedicado mi vida a la novela: he estudiado, he enseñado, he escrito y he leído. He dejado fuera casi todo lo demás. Ya basta. Ya no siento ese fanatismo por escribir que sentía antes", dijo el autor norteamericano a la revista francesa Les Inrockuptibles cuando anunció que dejaría de escribir, en 2012.

Eterno candidato al Nobel, su compleja obra fue rechazada una y otra vez por la Academia Sueca que, se ve ahora tras sus severos escándalos institucionales, debía sentirse ella también señalada moralmente por la novelística de Roth y su capacidad para describir la estepa y el vertedero humano. Desde que en 1959 publicara Adiós Columbus, la polémica y el éxito marcaron su carrera como la de ningún otro autor. A raíz de la publicación de ese volumen de historias de  judíos-estadounidenses que  abandonaron los guetos de sus padres y abuelos para ir a la universidad, trabajar y vivir en los suburbios, la crítica literaria se fijó rápidamente en el joven autor, tanto que el libro obtuvo el National Book Award de 1960.

Nueve años después,  las confesiones sobre el desasosiego y  frustraciones sexuales de Alexander Portnoy –un hombre proveniente de la clase media judía de la Nueva Jersey de los años 40-   le valieron a Roth los ataques de rabinos y feministas, los primeros le llamaron judío antisemita y las segundas misógino. En El lamento de Portnoy (1969) Roth se reía, a carcajadas, no sólo de las costumbres judías sino también del sueño americano. Y lo hacía a su manera, sin pelos en a lengua. Pero lo mejor estaba por llegar.

Después de practicar en El lamento de Portnoy una escritura que él mismo calificó de “ofensiva” –hecha para liberarse de “su educación literaria”-, los títulos que publicó en la siguiente década de la mano de su alterego Nathan  Zuckerman -en nueve de sus novelas- tensaron la frontera entre realidad y ficción, tal y como ocurrió en El escritor fantasma; ésta tendría su punto de eclosión a mediados de los ochenta con La contravida. “Me sentía expansivo cuando escribía y las palabras llegaron”, comentó sobre esa época.  

A diferencia de John Updike, el cronista de la clase media americana, Philip Roth concentró su energía en una ficción rabiosa y polémica.  En su obra ha abordado y descrito  la Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial o el macartismo. "Su chorro de creatividad es casi shakespeareano", declaraba a finales de los noventa el crítico Harold Bloom.

La verdadera destreza del  autor de El teatro de Sabbath (1995), Pastoral Americana (1997) y La mancha humana (2000) está en su capacidad para hacer que el lector permanezca con los ojos abiertos ante los momentos más desagradables de la existencia cotidiana y lograr incluso que encuentre belleza en ellos. Lo hace en Patrimonio(1991), cuando el narrador se convierte en testigo de la agonía y muerte de su padre. Lo hace, en distintos momentos de su obra, con la enfermedad o la vejez.

Para la crítica norteamericana, a partir de La mancha humana (2000) y de otros títulos como títulos como El animal moribundo, La conjura contra América, Everyman, Sale el espectro, Indignación y Humillación, Philip Roth, en lugar de recurrir a lo mejor de su escritura, parecía comenzar a repetirse. Esa era la idea de fondo que compartían las columnas de libros hasta la llegada de octubre de 2010, cuando se publicó  Nemesis, la que para muchos fue, con diferencia, una de sus mejores obras.

El peso de  'Pastoral Americana', 'La Mancha Humana' y 'Me casé con un comunista', que forman parte de su trilogía americana, publicada en los años 90, marcaron la memoria de sus lectores pero también el ánimo de Roth, exhausto de cantar la tragedia americana. Philip Roth siempre fue un gamberro y no iba a cambiar a sus 81, año en que decidió dar un paso atrás y dejar de escribir para siempre. 

No era de extrañar que se retirara. Philip Roth concentró su energía en una ficción rabiosa y polémica. Estaba cansado. De escribir. De bajar a la mina. Porque ya lo había dicho él: ¿qué era escribir sino bajar a la mina? Nadie como él golpeó con tanta fuerza la roca hasta hacer estallar el oro del que están hechos sus libros, esparcidos hoy como lingotes en la historia de la literatura universal y norteamericana. 

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