Los lectores de Cien años de soledad son una comunidad que si se uniera en una misma tierra sería uno de los 20 países más poblados del mundo, escribió el propio Gabriel García Márquez en 2007, cuando su obra maestra alcanzó la edición de un millón de ejemplares. La novela cumplía entonces 40 años desde su publicación. Hoy llega a los 50. Medio siglo de la vida de la familia Buendía, esa dinastía de la que García Márquéz se valió para contar su propia historia y terminó contando en realidad la de un país y un continente. Nunca tendremos suficiente para agradecerle al Gabo haber escrito este libro. Nunca. 

Los lectores de Cien años de soledad son una comunidad que si se uniera en una misma tierra sería uno de los 20 países más poblados del mundo, escribió el propio Gabriel García Márquez

En su ensayo La novela detrás de la novela, Gabriel García Márquez da pistas y descubre cómo y cuándo lo asaltó la idea que tomaría forma final en la novela Cien años de soledad. "De pronto, a principios de de 1965, iba con Mercedes y mis dos hijos para un fin de semana en Acapulco, cuando me sentí fulminado por un cataclismo del alma tan intenso y desgarrador que apenas si logré eludir una vaca que se atravesó en la carretera. Rodrigo dio un grito de felicidad:

-Yo también cuando sea grande voy a matar vacas en la carretera.

No tuve un minuto de sosiego en la playa. El martes, cuando regresamos a México, me senté a la máquina para escribir una frase inicial que no podía soportar dentro de mí: 'Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo'. Desde entonces no me interrumpí un sólo día, en una especie de sueño demoledor, hasta la línea final en que a Macondo se lo lleva el carajo".

"¿Es cierto que diste media vuelta en la carretera y te pusiste a escribirla?", le preguntó don Plinio. "Es cierto, nunca llegué a Acapulco", dijo el Gabo

García Márquez tenía 38 años, cuatro libros publicados y frente así el comienzo de la mejor novela escrita durante el siglo XX. Y aunque muchos, entre ellos su biógrafo Dasso Saldívar no dan por confirmada la versión de que García Márquez dio la media vuelta, éste la contó así a Plinio Apuleyo Mendoza. "¿Es cierto que diste media vuelta en la carretera y te pusiste a escribirla?", le preguntó don Plinio. "Es cierto, nunca llegué a Acapulco", le contesta el Gabo en una frase que fue a parar al libro El olor de la Guayaba . No será esa la primera ni la única leyenda alrededor de un libro junto al cual todos quieren retratarse. Solía decir Carlos Barral que él había rechazado la publicación del manuscrito, porque según él, la del Gabo era prosa pastelera. Esa anécdota queda en los huesos en el libro de Xavi Ayén, Aquellos años del boom (RBA).

"Pocos años después Pera me confesó que, cuando llevaba a su casa la última versión corregida por mí, resbaló al bajarse del autobús con un aguacero diluvial", dijo García Márquez

Hay una leyenda más, o al menos podría tenerse por tal ya que es de la cosecha del Gabo, quien al parecer gozaba fabulando y exagerando. Según el Nobel de Literatura, no dejó de escribir durante 18 meses. Sus muchas versiones dieron guerra suficiente, muchas más que los 32 levantamientos que promovió el coronel Aureliano Buendía; sí, aquellos que perdió en su totalidad. Así lo describe el escritor: "Esperanza Araiza, la inolvidable Pera, era una mecanógrafa de poetas y cineastas que había pasado en limpio grandes obras de escritores mexicanos (...) Cuando le propuse que me sacara en limpio la obra, la novela era un borrador acribillado a remiendos [...]. Pocos años después Pera me confesó que, cuando llevaba a su casa la última versión corregida por mí, resbaló al bajarse del autobús con un aguacero diluvial y las cuartillas quedaron flotando en el cenegal de la calle. Las recogió empapadas y casi ilegibles con la ayuda de otros pasajeros y las secó en su casa hoja por hoja con una plancha de ropa. Y otro libro mejor sería cómo sobrevivimos Mercedes y yo con nuestros dos hijos durante ese tiempo en que no gané ni un centavo. Ni siquiera sé cómo hizo Mercedes durante esos meses para que no faltara ni un día la comida en la casa".

A comienzos de agosto de 1966, el Gabo y su mujer Mercedes acudieron a la oficina de correos de México para enviar a Buenos Aires la versión terminada de Cien años de soledad

A comienzos de agosto de 1966, el Gabo y su mujer Mercedes acudieron a la oficina de correos de México para enviar a Buenos Aires la versión terminada de Cien años de soledad: un paquete de 590 cuartillas escritas a máquina a doble espacio y en papel ordinario dirigidas a Francisco Porrua, director literario de la editorial Suramericana. El empleado del correo puso el paquete en la balanza, hizo sus cálculos mentales y dijo: "Son 82 pesos". Mercedes contó los billetes y las monedas sueltas que le quedaban en la cartera. "Sólo tenemos 53", le dijo. De esa peripecia surgió una anécdota que llena las tertulias y especulaciones de editores y periodistas. Sobre si exageraba o no. "Abrimos el paquete, lo dividimos en dos partes iguales y mandamos una a Buenos Aires sin preguntar siquiera cómo íbamos a conseguir el dinero para mandar el resto. Sólo después caímos en la cuenta de que no habíamos mandado la primera sino la última parte. Pero antes de que consiguiéramos el dinero para enviarla, Paco Porrúa, nuestro hombre en la editorial Suramericana, ansioso de leer la primera parte, nos anticipó dinero para que pudiéramos enviarlo. Así es como volvimos a nacer en nuestra vida de hoy".

"Paco Porrúa, nuestro hombre en la editorial Suramericana, ansioso de leer la primera parte, nos anticipó dinero para que pudiéramos enviarlo"

En Cien años de soledad, Gabriel García Márquez inventó un mundo y una forma de contarlo. Un universo familiar. Un reino de peces de oro y mariposas amarillas. Aquello que necesitamos etiquetar como Realismo mágico, pero en el que cabe un mundo propio e inventado. Alguien que hubiese nacido en un pueblo con nombre de ametralladora, como decía el periodista Cristóbal Guerra de Aracataca, no era capaz de hacer algo ordinario. El Gabo creció en aquel pueblo de la Costa Colombiana, fascinado por las fabulosas historias de espíritus que su abuela Tranquilina Iguarán Cotes le relataba "con cara de palo". Así lo contó el periodista Carlos G. Reigosa en La Galicia mágica de García Márquez (Auga Editorial) y en la que defiende la tesis de los orígenes gallegos de Tranquilina como una posible influencia sobre García Márquez. Sin embargo la historia es algo más compleja que eso. 

"Su abuelo fue el coronel Nicolás Márquez, veterano de la guerra de los Mil Días, quien le contaba al pequeño Gabriel infinidad de historias de su juventud y de las guerras civiles del siglo XIX"

García Márquez creció rodeado por sus abuelos maternos y sus tías, pues sus padres, el telegrafista Gabriel Eligio García y Luisa Santiaga Márquez, se fueron a vivir a la población de Sucre cuando el escritor  tenía apenas seis años. De aquel universo salieron buena parte de sus personajes: su abuelo fue el coronel Nicolás Márquez, veterano de la guerra de los Mil Días, quien le contaba al pequeño Gabriel infinidad de historias de su juventud y de las guerras civiles del siglo XIX, y que relataba en sus expediciones al circo y al cine. No existe una causa única que explique una obra como la del colombiano: hecha del mucho periodismo, del mucho contar la realidad, del mucho oficio, del mucho leer, del mucho vivir. El Gabo vuelca en la ficción todo lo que ha reporteado en sus años de niño fisgón que a los cinco ya sabía escribir y de seguro, contar. Todo aquello cuanto nos parece producto de la exageración o la fabulación en las páginas de la literatura de Gabriel García Márquez, puede que provenga del clavo del dato duro, golpeado mil veces por el martillo de la memoria oral. Con eso él compuso un fresco alucinado, cuya base -de seguro- existió. El resultado fue aquel Macondo que dejó en pañales al Faulkner de Yoknapatawpha: aquella región en la que el pirata Francis Drake mataba caimanes a cañonazos; el galeón plantado en medio de la selva que empujó al coronel Aureliano Buendía a atravesar la región buscando el mar; la peste del olvido o los peces de oro... 

El resultado fue aquel Macondo que dejó en pañales al Faulkner de Yoknapatawpha: aquella región en la que el pirata Francis Drake mataba caimanes a cañonazos; el galeón plantado en medio de la selva; la peste del olvido o los peces de oro...

Las  siete generaciones de los Buendía son una metáfora tan sentimental como política. El matrimonio entre los primos José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán, fundadores de Macondo, es la primera rama de una larguísima genealogía de seres increíbles: José Arcadio Buendía, atado al castaño; Remedios la bella, que se eleva entre mariposas amarillas; Melquíades, cuyos pergaminos y profecías atraviesan todo el libro; el coronel Aureliano Buendía -padre de 17 hijos- que envejece encerrado fabricando sus pescaditos de oro; Aureliano Triste, el hombre que llevó el hielo a Macondo… Los persigue a todos la profecía del niño que habrá de nacer con cola de cerdo y que se comerán todas las hormigas del mundo. Ya lo decían los manuscritos de Melquíades: "El primero de la familia está atado a un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas". Es la epopeya, la saga más completa y compleja . Sorprende, da vértigo que el gabo la haya escrito hace apenas 50 años. Da gusto que en los siglos que habitamos aparezcan milagros como éste. Nunca tendremos vida suficiente para pagarla, Gabo. Nunca.