Cultura

Mark Lilla: “La retórica de la identidad abrió paso a los demagogos”

El profesor de la Universidad de Columbia presenta en Madrid su libro 'El regreso liberal' (Debate)

Mark Lilla.
Mark Lilla. Diana Cooper

Es uno de los pensadores políticos estadounidenses más solventes y lúcidos. Se trata de Mark Lilla, profesor de la Universidad de Columbia y autor de ensayos fundamentales como Pensadores temerarios –que repasa la figura del intelectual occidental a lo largo de la historia-  o La mente naufragada –que examina el llamado pensamiento reaccionario-. En esta oportunidad, Lilla regresa con un libro realista pero no exento de polémica.

En las páginas de El regreso liberal, publicado en España por Debate con traducción de Daniel Gascón, Mark Lilla hace un análisis del ascenso de Donald Trump. Responsabiliza a la izquierda norteamericana de privilegiar un liberalismo de la identidad que propició las agendas de género, derechos civiles así como de otras minorías, que terminaron por atomizar la idea común de ciudadanía. El partido demócrata, asegura, dio la espalda a la clase trabajadora y terminó convirtiéndose en una coalición de élites. Y fue ese territorio el que los republicanos ocuparon y utilizaron. 

Responsabiliza a la izquierda norteamericana de privilegiar un liberalismo de la identidad: las agendas de género, derechos civiles y minorías atomizaron una idea común de ciudadanía

Mark Lilla no es, ni mucho menos, un hombre retrógrado, aunque ahora –dice él- las personas le acusan de estar en contra de las minorías. Aunque se asienta directamente en el fenómeno del populismo de Donald Trump y la agenda política de los Estados Unidos, El regreso liberal plantea algunos elementos homologables. El principal de ellos pasa por la idea de  una retórica de la identidad que se ha colocado por encima de un proyecto común de ciudadanía y que ha abierto paso a la demagogia, además de la eclosión de lo que él llama la anti política y la pseudopolítica.

Para Mark Lilla, el liberalismo político estadounidense en el siglo XXI está en crisis. Una crisis de imaginación y de ambición por parte de sus representantes. Una crisis, además, de vínculo y de confianza por parte del público. El discurso demócrata está agotado, asegura en una entrevista que concede a Vozpópuli durante su visita a Madrid y en la que contesta a la pregunta sobre un fenómeno paralelo en el resto del mundo.

La concepción de liberal que usted trabaja es la opuesta a la europea. Sin embargo, dice que la renuncia liberal en EEUU comenzó con los años de Reagan. Pensando en Thatcher. ¿Cómo ocurrió esto en Europa? ¿Podría establecerse un paralelismo?

Hay algunas relaciones entre ambas. En los años ochenta, tanto la izquierda americana como la izquierda europea se enfrentaron con el fin de una tradición. Aquí estaba basada en Marx y en EE UU en un cierto progresismo de comienzos del siglo XX. Existía una sensación de cansancio intelectual que colocó a ambas izquierdas ante la tarea de repensar la forma de vida de sus propios países. Eso requería ideas nuevas de lo que debía de ser la economía y la sociedad, además de plantear la forma de vida en sociedades cada vez más individualistas. Hubo otros temas: el auge de la educación y, al mismo tiempo, un peor acceso de los ciudadanos a mejores oportunidades. Lo que se requería en ambos casos era una reingeniería.

"En los años ochenta, tanto la izquierda americana como la izquierda europea se enfrentaron con el fin de una tradición. Una sensación de cansancio intelectual"

Deme un ejemplo más concreto, por ejemplo, económico.

Tras la crisis del petróleo de los años setenta, el crecimiento económico es algo que no podía darse por sentado. La clase obrera experimentó una transformación, se hizo más abundante y por tanto las políticas públicas necesitaban repensar qué posicione asumir. Eso era todavía más necesario en un contexto político como la UE, donde la idea de nación en comunitario.

Los demócratas eran el partido de la clase trabajadora, dice. Sin embargo, asegura que ese liberalismo de la identidad terminó por convertir al partido en una coalición de élites de las costas. ¿Era necesario pagar el altísimo premio de Trump para darse cuenta?

Todavía no existe ni siquiera una conciencia plena de ello. Los demócratas se alejaron de la clase trabajadora, se enfocaron en las minorías y ahí se produjo un salto.  Hubo una preocupación creciente por los marginados, por colectivos como los gais y lesbianas, y eso los empujó a convertirse en una coalición de grupos  interesados y a crear una segregación política por la vía de las identidades. La idea de pueblo que podía tener el partido demócrata le dio la espalda a las personas que trabajaban en fábricas, que estaban asociadas agremiadas. Cuando esos trabajos comenzaron a desparecer, esta gente se dio cuenta de que ya no tenía quien los representara entre, al menos entre los demócratas. Fue ahí donde los republicanos consiguieron un territorio y lo aprovecharon.

"Los demócratas se alejaron de la clase trabajadora, se enfocaron en las minorías y ahí se produjo un salto"  

Los republicanos, al menos en el caso de Trump, capitalizaron la idea de pueblo en contraposición o en contra de algo. Tampoco es la concepción común que usted plantea.

Una de las características de populismo, o una de las mayores características del populismo, es la  distinción entre el pueblo y el pueblo de verdad. Esa es una forma de apartar, de señalar a unos diciéndoles: tú no perteneces al pueblo, tú no eres pueblo. Pero sí creo que es posible tener un sentido del pueblo parecido a lo que describo en el libro: un proyecto político basado en una idea de ciudadanía inclusiva, en la que sea posible integrar todos y cada uno de las minorías y grupos, pero en un proyecto común. Y no en ese liberalismo de la identidad, que ha terminado por fragmentar el demos. La retórica de la identidad abrió paso a los demagogos.

¿Es realmente posible eso a día de hoy? ¿Cómo?

Claro que es posible. Fue esa la idea de  nación norteamericana que se concibió en los años de Roosevelt. Apela al hecho hecho de que puedes unir a las personas alrededor de un proyecto político. Los Estados Unidos tiene una diversidad asombrosa pero hubo un tiempo, previo a este populismo, que era capaz de integrar a todos, por distintos que fueran, alrededor de una idea política común.

"Las personas no necesitan compartir nada más complejo que el hecho de que son ciudadanos y tienen una concepción común de sus derechos y sus deberes"

El pensamiento progresista de la identidad –minorías de género, de raza, de religión- ha terminado por fragmentar la ciudadanía en agendas particulares, dice. Pero tampoco puede hacerlas a un lado.

Es posible compaginar las dos cosas. Se llama pluralismo democrático. Dos personas que no tienen nada que ver pueden sentarse a hablar porque descubren que tienen algo en común  o pueden incluso apelar a instituciones so principios que los acerquen. No necesitan entenderse, tampoco compartir nada más complejo que el hecho de que son ciudadanos y tienen una concepción común de sus derechos y sus deberes. Eso ha desaparecido en Estados Unidos, por una serie de desaciertos tanto de republicanos como de demócratas,  que ha dado paso a este populismo que intenta creer que sólo una parte del país es el pueblo y el resto son los enemigos del pueblo. Eso no lo habíamos visto en la política de Estados Unidos desde hacía mucho tiempo.

Pero es un fenómeno global. ¿Sería equiparable el populismo del XXI con fenómenos como el periodo de entreguerras?

No me parce que ayude demasiado pensar que la década del 30 se parece a ésta. Las condiciones eran distintas. La idea de instituciones democráticas exitosas en Europa  que han sido estables. Está la presencia de otros marcos. Sin embargo, sí que existe una especie de política de la demagogia que es eterna. Ocurre desde Grecia: figuras carismáticas que irrumpen y apelan al instinto populista, hasta el punto de convertirse en un tiranos. Trump tiene esas tendencias tiránicas que se repiten en otros países y que en el fondo son algo muy antiguas. Es una amenaza recurrente en todas las democracias.

"No se puede disociar las redes sociales del populismo tan virulento y fuerte que vivimos hoy. Forma parte de su ascenso"

Hasta comienzos del siglo XX pensamos que el gran hermano era el Estado y resulta que ahora lo son compañías que manejan datos e información. ¿Cuál es la naturaleza de este nuevo actor?

Sin duda, es  una experiencia mucho más peligrosa. Estas corporaciones te conocen mejor de lo que tú te conoces y puede controlar lo que ves. Es una situación completamente nueva que no se puede disociar del populismo tan virulento y fuerte que vivimos hoy. Forma parte de su ascenso.

En el libro plantea cosas que, en el concierto buenista, son políticamente incorrectas

La reacción en Estados Unidos ha sido bastante hostil.

Cualquiera podría pensar que está usted en contra de la multiculturalidad.

Todo el mundo piensa ahora que estoy en contra de las mujeres negras. Pero si alguien lee el libro será capaz de ver que lo que intento decir es que no podemos ayudar a las mujeres negras si primero no sostenemos una idea de ciudadanía común. La promesa de la izquierda norteamericana es una concepción evangélica, que pretende cambiar nuestras ideas culturalmente pero desatiende otros aspectos. Estamos experimentando dos revoluciones en América, de forma simultánea: una es política, y que es el populismo este de nuevo cuño, y la otra es cultural, y que tiene que ver con tolerancia y reconocimiento. Eso lleva a cosas buenas: nos hace tolerantes y podemos proteger a  muchos, pero esa reforma cultural no necesariamente ha sido capaz de contrarrestar el otro proceso paralelo. Ese ha sido su error.

"Todo el mundo piensa ahora que estoy en contra de las mujeres negras. Lo que intento decir es que no podemos ayudar a las mujeres negras si primero no sostenemos una idea de ciudadanía común"

Esa concepción evangelizadora de la izquierda americana, como dice, tiene sus réplicas en la izquierda europea, incluso con un derrotero populista.

Esto es muy curioso. Originalmente, pensaba que este era un libro eminentemente americano y que su publicación fuera de EE UU podría tener nulo interés. He descubierto, sin embargo que en un gran número de países se sienten reflejados por las ideas de este libro. Veamos, usted no me está haciendo una pregunta, me está diciendo algo que está ocurriendo. Y eso lo he sentido en otras entrevistas con otros periodistas. No conozco bien España, pero sí Francia. Y sin duda: estos temas están presentes e incluso se desplazan hacia la idea de la inmigración y la tolerancia, que es algo en lo que la izquierda francesa se afinca.

¿Es usted optimista de cara al proceso Trump? ¿Tendrá recorrido?

Lo único que me esperanza es una cosa, y es la razón por la que escribí esto: el fenómeno Trump es consecuencia de la ausencia de un proyecto nacional persuasivo y cuya ausencia de formulación proviene tanto del lado demócrata como del republicano. Se ha dejado paso a una concepción atomizada de la sociedad, sumada a un modelo económico fracasado. Esto podría durar, pero Estados Unidos, a diferencia de otros países es un proyecto de país. Hay un proyecto americano. No existe, por ejemplo, un proyecto chino  o un proyecto bangladesí. Lo que estamos esperando es un proyecto coherente y persuasivo e incluso esperanzador, porque la esperanza es indisociable de Estados Unidos, para crear una sociedad próspera y plural. Mi esperanza es que un partido u otro sea capaz de generar un proyecto político que desmonte este imperio de la anti política. Vivimos en el imperio de la antipolítica y la pseudopolítica.

Un detalle de la portada del ensayp 'Regreso liberal', de Mark Lilla, publicado por Debate.
Un detalle de la portada del ensayp 'Regreso liberal', de Mark Lilla, publicado por Debate.



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