Cultura

Mario Gas: "Renacen los tics totalitarios en España"

Es uno de los directores más reconocidos de la escena nacional. Actor y director de teatro, ópera y cine, Mario Gas es también un hombre de ideas contundentes, que comparte en esta entrevista

Mario Gas, en una fotografía de archivo.
Mario Gas, en una fotografía de archivo. Tere García

Mario Gas lleva la sal y la música en la sangre. La primera le viene del Atlántico: nació en Montevideo. La segunda, de familia. Su padre era cantante, su madre bailarina y su hermano músico. Su nombre se lo debe a su tío, el actor, poeta y torero Mario Cabré, a quien su abuela bautizó así por el Mario Cavaradossi de Tosca. Y aunque en un comienzo se resistió –quería estudiar arquitectura  primero y diplomacia después-, no pudo escapar a su destino. Alguien que nace en Uruguay mientras su padre completa una gira con el repertorio de zarzuela de Pablo Sorozábal, difícilmente puede hacer oídos sordos a la vocación.

En la actualidad, Mario Gas es uno de los directores más reconocidos y versátiles de la escena nacional. Actor y director de teatro, ópera y cine, ha sido también actor de doblaje. Ha dirigido un centenar de producciones, entre obras de teatro y ópera, así como más de 30 películas. Además, claro, de acumular en su palmarés  varios Premios Max, el Nacional y el de la Crítica. Este año estrenó la tragedia La hija del aire, de Calderón de la Barca.

Las opiniones de Mario Gas son duras en lo que a la relación entre cultura y política respecta

A lo largo de toda su carrera, Mario Gas ha combinado su trabajo como director y actor con cargos de responsabilidad institucional. Fue director del Teatro Español durante casi una década y ha sido el director de festivales como el de Otoño de Barcelona y el Olimpic de les Arts. Estuvo también al frente del Teatre Condal, del Saló Diana y del Festival Grec. Así que escarmiento no le falta. De ahí que sus opiniones sean críticas en lo que a la relación entre cultura y política respecta, así como de otros asuntos ciudadanos a los que contesta en esta entrevista concedida a Vozpópuli.

Mario Gas salió en 2012 del Teatro Español, justo al comenzar la primera legislatura de Mariano Rajoy.  Hay reproche y cierto desprecio en sus opiniones acerca de la relación accidentada que tiene en España el Estado –y los patrocinadores en general- con la cultura. Siempre quieren, cómo no, un arte blanco que no incomode, dice él. El meollo, al menos para Mario Gas, está en la verdadera capacidad para integrar y pensar lo cultural. Un asunto en el que, a decir verdad, el director va corto de optimismo.

¿A la vida política española le falta dramaturgia o le sobra teatro?

A la vida política española le falta coherencia, capacidad de diálogo y altura de miras, y le sobra enquistamiento.

Los peligros del Gobierno son similares tanto en quien desoye al pueblo como en quien lo escucha demasiado, advierte Calderón de la Barca en La hija del aire, que usted acaba de adaptar

Hay que ir con mucho cuidado con el poder, porque es muy goloso y se puede desviar hacia un lado u otro, en ocasiones hacia sitios que no convienen a la mayoría del pueblo. Ha habido épocas de totalitarismo, y otro de Gobiernos al servicio del capital, algo que está muy en boga. En ocasiones, el pueblo puede estar desmandado… Lo deseable es que la mayoría detente la razón política.  La democracia no tiene valores inmutables. Se trata de buscar la manera en que todos puedan vivir mejor y hacer posible las mayores aspiraciones espirituales, económicas y políticas.

España, que se apuntó a la Contrarreforma y vivió en el autoritarismo con breves experimentos democráticos, nunca ha acabado de levantarse del todo

¿Es el caso de España?

Estamos en un momento difícil. España, que se apuntó a la contrarreforma y vivió en el autoritarismo con brevísimos experimentos democráticos, nunca ha acabado de levantarse del todo. Ahora gozamos del periodo democrático más largo, una democracia burguesa, un tanto secuestrada, y en la que renacen ciertos tics totalitaristas. Lo que ocurre es que en la política se miente y se engaña al servicio de los grandes y los poderosos.  

Se reprocha al Estado su incomparecencia con la cultura. Sin embargo, al cambiar de Gobierno, la cultura es, paradójicamente, lo primero que toca.

Es una gran paradoja, sin duda. Eso no ocurre en otros países de mayor tradición democrática, pero aquí parece, por un lado, que la cultura es algo un tanto postizo que los políticos se creen en al obligación de incluir en sus programas. Existen muy pocos políticos a los que realmente les importe la cultura, la mayoría la utiliza como un instrumento. Por eso, en cuanto se produce un cambio de Gobierno, les sale el subconsciente y echan mano de ella, porque les sirve como arma.

El Teatro Real y el Prado presumen de autofinanciación. ¿Deben los teatros e instituciones públicas cargar con el peso de su propia financiación?

Si hubiera un concepto realmente altruista de lo que es el Estado como tutor de la formación de la población, sería normal la existencia y financiación de una cultura pública sin intervenir ideológicamente. Es curioso que los teatros que encuentran más financiación son lo que son inocuos y satisfacen los gustos del público. Son teatros blancos. Hace muchos años, en Praga, tras la caída del telón de acero un gran director Otomar Krejča, que había huido del régimen checoslovaco, me dijo: no olvide que hay un poder peor que el del Estado: el poder del dólar, que lo compra todo. Tanto el Estado como el patrocinador tienen que tener la valentía de patrocinar un arte que sea crítico y coherente. Eso es muy difícil.

Tanto el Estado como el patrocinador tienen que tener la valentía de patrocinar un arte que sea crítico y coherente. Eso es muy difícil

Vuelven a unirse el Español y Matadero, ¿es una decisión correcta?

Es muy fácil responder a eso. Con todos los respetos, el anterior consistorio, para favorecer un espacio de encuentro y un modo de entender el teatro de un modo nuevo o como ellos decían artes vivas, que eran una nomenclatura equivocada pero que estaba en permanente investigación, era posible crear un espacio nuevo y no tocar dos espacios que ya de por sí obligan a las compañías a plantearse la relación con el público, que es muy distinta de los teatros a la italiana. Sin entrar en discusiones no fue una decisión acertada. Veo con esperanza que Matadero vuelva a estar en pie y que albergue la programación del anterior consistorio.

Ha habido cambios locales y nacionales en la gestión cultural y escénica , ¿hay algo que reprochar en la elección de estos responsables?

No creo en los concursos públicos. Lo importante es la asunción de responsabilidades del político en la elección de un responsable. Eso no significa nombrar a dedo, que plantea una cierta perturbación. Creo que los teatros públicos están instalados en su propia ciudad, un ida y vuelta Madrid-Barcelona. Se hacen pocas giras y con un presupuesto cada vez más pequeño. Sería necesaria una programación más duradera en cuanto a las contrataciones de las compañías. A pesar de eso, creo que el teatro español goza de buena salud. Hay muchos actores, dramaturgos, directores, con talento e ideas. El Estado siempre es avaro con las cosas que no acaban de pertenecerle.

El problema de Cataluña hay que arreglarlo política y no judicialmente

¿El independentismo ha afectado a la Barcelona escénica?

Es evidente que, en algunos momentos de máxima tensión, ha bajado la asistencia. El problema de Cataluña hay que arreglarlo política y no judicialmente. Están enfrentados el nacionalismo español y el nacionalismo catalán. En Cataluña se hace muy buen teatro, independientemente de lo que ocurra. 

Sin embargo, hay voces que señalan un aislamiento de los proyectos culturales.

Si hay aislamiento, eso hay que preguntárselo más a lo que están fuera de Cataluña. A Cataluña hay que escucharla, el nacionalismo central no presta atención a la periferia. Hay lenguas muy importantes que no se defienden y hay que encontrar un encaje para comunidades que se sienten históricas. Está la Constitución, que es un cuerpo de leyes que puede ser incrementado o modificado adecuándose a las necesidades de la sociedad. El palo duro y el patriotismo artero no sirven para nada, se lo aseguro. 

¿Una obra de teatro que ilumine estos días de Brexit, investidura accidentada y procés?

Saldrán muchas obras contemporáneas para hablar del Brexit y del procés, y de la democracia española. Cualquier autor que conforme un compromiso sociológico como Bertolt Brecht siempre nos servirá. Europa se tambalea, la cultura occidental se tambalea y hay que ser muy serio para construir. Estamos perpetuando los errores anteriores. Decíamos que el XX era el siglo de la modernidad, pero vemos que fue un siglo cruento, lleno de violencia y donde se aplastaron distintas culturas.

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