Entrevista

Marcela Serrano: "Creo que voy a ajustar cuentas con Chile hasta el día de mi muerte"

Marcela Serrano publica su décimo libro La novena (Alfaguara), novela sobre la que habla en esta entrevista.

Marcela Serrano retratada en Madrid por Lisbeth Salas.
Marcela Serrano retratada en Madrid por Lisbeth Salas. Lisbeth Salas

El sol pega con tanta fuerza esta mañana que parece que va a derretir las gafas que le cubren los ojos. Pero no. Lo de reblandecerse no va con Marcela Serrano (Santiago de Chile, 1951). Bronca incluso hasta al reír, la escritora chilena lleva un combate en la boca. Habla asestando ganchos y cada respuesta suya tiene algo de golpe en la mandíbula. Ella es toda ímpetu. Siempre lo ha sido y  aunque se ha mitigado, esa tensión sigue presente, como un enfado que nunca la abandona. Y no es para menos. La ira que recorre a Marcela Serrano viene de muy lejos. De muy lejos.

Ella es toda ímpetu. Siempre lo ha sido y aunque se ha mitigado, esa tensión sigue presente, como un enfado que nunca la abandona. Y no es para menos

Criada en una familia donde las mujeres tenían un fuerte influjo –Marcela Serrano es la cuarta de cinco hermanas-, la chilena tuvo que marcharse de su país tras el golde de Estado contra el gobierno de Salvador Allende, en 1973. Estudió y vivió fuera durante años, aunque ella siempre ha dicho que los exilios no se interrumpen. Escritora tardía, comenzó a los 38. Se dio a conocer, en 1991, con Nosotras que nos quisimos tanto. Aquella fue su primera novela, y ésta, la que presenta en Madrid, la décima.

Curiosamente, ésta lleva por título La Novena (Alfaguara), una historia en la que  Marcela Serrano plantea un retrato de clase, una panorámica de las formas de violencia entre estamentos sociales e ideológicos durante los años del pinochetismo. También, y acaso más importe que eso, es la construcción que ha hecho la novelista para regresar a un  lugar arrancado. Y ella lo admite, mientras fuma una cigarrillo tras otro: "Las marcas de Chile son las marcas mías. Van a estar siempre presentes en mí y en mi obra".

"Las marcas de Chile son las marcas mías. Van a estar siempre presentes en mí y en mi obra".

El título de la novela se debe a una antigua hacienda familiar en la que, muchos años atrás, la madre de Marcela Serrano  hizo lo mismo que Amelia, la protagonista de La novena: acoger y dar refugio a un relegado de la dictadura, un hombre que huye y que se alojará en la hacienda mientras consigue ganar tiempo. La presencia de Miguel desatará la tensión y la hostilidad en el entorno del pueblo. Desde la perspectiva de una casa de clase acomodada, se despliega un universo femenino en el que –como casi todos los que construye Marcela Serrano- feminidad y acero guardan algunas propiedades comunes. Por eso Amelia decide seguir firme en su decisión de acoger a este hombre. Sin embargo, la vida la devolverá el riesgo en un gran y amargo revés.

"En ese libro analizo la valentía de mi madre al acoger a este personaje. A mí entonces me pareció normal que lo hiciera. Hoy miro para atrás y digo: qué valiente. Si pudiera, la felicitaría, pero ya no puedo. Eran tiempos muy  grises y ella se arriesgó”, dice con ese acento melódico que diferencia a los chilenos del resto de los habitantes de los países más al sur del continente. Marcela Serrano habla como si rallara metal. A ella, tan bronca, no le gustaba hasta hace unos años opinar sobre la literatura escrita por mujeres y si lo hacía era para soltar una de las buenas. Hoy, lo lleva mejor y hasta ríe con gusto cuando le advierte quien pregunta que, por favor, no vaya a enfadarse con el tema. Sobre ese y otros asuntos conversa en esta entrevista a Vozpópuli.

"En ese libro analizo la valentía de mi madre al acoger a este personaje. A mí entonces me pareció normal que lo hiciera. Hoy miro para atrás y digo: qué valiente"

-Amelia pertenece, como usted, a una clase acomodada. ¿Por qué decidió ubicar a su protagonista en ese registro?

-Es la primera vez que me atrevo a hablar desde ese lugar sin culpas. Como he sido militante de izquierda toda la vida, desde la universidad, rompí con el mundo de la gente rica, que se mantenía desde entonces fuera de mi actividad. Quería volver ahí, porque es un mundo y un ambiente que conozco. Al final, es mi historia. La novena es la  primera novela en la que escribo con  libertad desde ese lugar. Ya puedo reivindicarlo.

-¿De ahí que la hacienda  y la pertenencia a esa tierra, en este caso La Novena, sea la idea fuerza?

-Mi padre tenía una hacienda en el Sur. Yo crecí en ella. Ahí aprendí a escribir, a dibujar, a montarme en los árboles, a correr. Era enorme. Cuando yo tenía 22 años, la reforma agraria expropió ese campo. Intelectualmente yo estaba de acuerdo con que fuese así, porque era una persona de izquierda y pensaba como tal. Pero el dolor de la pérdida no se me pasó nunca.

"A partir de ahí he vuelto a reivindicar que hay un pedazo de tierra que forma parte de mi madre, de mi abuela, de mi bisabuela"

-¿E intentó resolverla en este libro?

-Esa tierra existe. Yo vivo ahí actualmente. Y la anécdota de la novela es un hecho verídico. Le pasó a mi madre. Ella vivía ahí cuando ocurrió algo parecido. Llegó un relegado de la dictadura y ella lo acogió. El resto de la historia de la novela ya me la inventé yo, pero esa anécdota es real. A partir de ahí he vuelto a reivindicar que hay un pedazo de tierra que forma parte de mi madre, de mi abuela, de mi bisabuela. A veces, camino entre los árboles y me pregunto cómo caminaban ellas, qué vivían, qué sentían y eso ha sido una liberación grande.

-Tomar una decisión en aquellos años tan grises era un acto de reafirmación, de libertad. En este caso, los personajes femeninos son los que asumen con mayor certeza esos gestos.

-En ese libro analizo la valentía de mi madre al acoger a este personaje. A mí entonces me pareció normal que lo hiciera. Hoy miro para atrás y digo: qué valiente. Si pudiera, la felicitaría, pero ya no puedo. Eran tiempos muy  grises, como usted dice, y ella se arriesgó. Protegió a aquella persona frente a todo el valle, porque cuando los relegados llegaban a los lugares la policía se preocupaba, la gente son quería relacionarse con ellos. Le pasó a muchos amigos míos que fueron relegados, sufrieron una enorme hostilidad mi madre fue muy valiente. La sospecha lo atraviesa todo, por eso llegamos a viejos tan cansados, cansados de ser permanentemente sospechosos.

"Todas las decisiones de mi vida giraron alrededor de aquel Golpe. Y claro que quedé con marcas, que a veces son cicatriz y a veces son heridas"

-Cuando se crece en sociedades autoritarias, que infringen heridas, estas permanecen hacen surcos entre las personas y en ellas . ¿Cuántas heridas arrastra usted de aquellos años?

-Yo tenía 22 años cuando el golpe de Estado me cambió la vida entera. Todas las decisiones de mi vida giraron alrededor de aquel Golpe. Y claro que quedé con marcas, que a veces son cicatriz y a veces son heridas. Yo sé que la marca estará ahí toda la vida. Ni siquiera pretendo liberarme de la marca, sería inútil, las tendré hasta mi muerte. Pero mi literatura y yo somos esas heridas. Mi literatura es mis heridas.

-¿La literatura realmente corrige cosas? ¿Acompaña reconciliaciones? ¿Sirve para algo o tendría que servir?

-Verbalizar es liberador. Mientras más escribamos sobre lo que pasó más sanos seremos en el futuro.

-La novena es una novela tremendamente violenta y amarga, ¿con lo que pasó en Chile existe posibilidad de redención?

-Sí, en el perdón. Cuando comencé La novena, pensé que estaba escribiendo una novela sobre la traición, pero al terminar de escribirla me di cuenta que trataba del perdón y ese perdón es clave: no por el otro, sino por uno mismo. De lo contrario, no llegas a ninguna parte, te quita una enorme energía.

La escritora chilena, durante la entrevista concedida a Vozpópuli.
La escritora chilena, durante la entrevista concedida a Vozpópuli. Lisbeth Salas

-¿De qué forma ha funcionado el género de la novela como un instrumento para dar relato a la dictadura?

-Ha sido fundamental, tanto la novela como el cine. Pescas los elementos de dolor, los ordenas, los articulas, te permite vivirlos mejor. Hay un tema de memoria, que es clave. Tengo que obligar a una parte de mis lectores, que son jóvenes, a recordar, a que no se les olvide, que esa la historia. Creo en los escritores como los que tienen que contar y desentrañar el tiempo que les tocó vivir y la novela es un gran instrumento para eso.

-La deslealtad de Miguel hacia Amelia puede no ser necesariamente ideológica, ¿o sí?

-Lo que pasa, y tuvimos la experiencia durante la dictadura, es que estos chiquillos jóvenes e idealistas pensaban que el fin justificaba los medios y no se detenían a pensar qué ocurría con la gente que se encontraban por el camino. Si tenían que esconder las armas en un determinado momento, que sería el caso, arrasaban con las personas y eso no parecía importarles.

"El ajuste de cuentas va a ser eterno, al menos desde donde yo estoy situada, que es el lugar de las víctimas de la dictadura"

-En La Novena existe, latente, el paisaje de una lucha, de un ajuste entre clase. Hasta la religiosidad en aquellos años parecía una forma de ideología. ¿Nunca va parar Chile de ajustar las cuentas?

-El ajuste de cuentas va a ser eterno, al menos desde donde yo estoy situada, que es el lugar de las víctimas de la dictadura. Creo que voy a ajustar cuentas con Chile hasta el día de mi muerte. Son marcas indelebles. Mis novelas no son políticas en el sentido exacto, pero siempre van a tener ese referente, porque es el marco de mi vida. Y los escritores escriben de lo que saben, ¿te fijas? -pregunta con ese acento chileno que demora alguna sílabas-. Las marcas de Chile son las marcas mías. Van a estar siempre presentes en mí y en mi obra.

-¿La llegada de la democracia profundizó  las desigualdades en Chile?

-La democracia ha permitido luchar contra las tremendas desigualdades de la dictadura. La democracia permitió que la clase media formara parte de un todo del que había sido excluida en la dictadura. A pesar de que la desigualdad persiste en los números, porque sí,  hay menos pobreza y diferencia social que cuando la dictadura. Pero hay que entender que Chile ha sido un país muy abusado. Nosotros, a diferencia otras dictaduras, fuimos el laboratorio donde Estados Unidos practicó sus fórmulas neoliberales de la Escuela de Chicago. Todavía hoy somos víctimas de eso, porque el abuso de esas medidas llegó hasta el presente. Hoy las pensiones son  privadas al 100%. El estado te obliga a invertir en esas empresas privadas. Fue un sistema que se produjo en la dictadura y que la democracia no ha podido corregir. Sólo para que veas cómo condiciona la herencia de la dictadura. Hay menos desigualdad,  pero es una herencia que sigue.

"Las marcas de Chile son las marcas mías. Van a estar siempre presentes en mí y en mi obra"

-Los escritores ganan musculatura con el tiempo. Esta novela es mucho más sintética y posee incluso decisiones técnicas que usted no habría empleado antes.

-No lo había pensado, pero puedes tener razón, porque al final la escritura va madurando con el autor. Quizá  ahora estaba preparada para escribir esta novela, cosa para la que podía no haber estado  hace diez años. Y sobre lo que dice de la síntesis. Eso es lo que quería: atrapar una historia, apretarla, concentrarla.

-¿Cómo dialoga esta novela con las anteriores?

-No lo sé, eso lo tienen que decir los lectores. ¿Sabes lo que siento? Que cuando uno escribe una novela, ella misma debe explicarse. Yo no quiero analizarla, quiero escribirla. Trato de inmiscuirme lo menos posible en el análisis de mis historias. Eso deben de hacerlo los lectores y los críticos.

"Lo que pasa es que esta idea de literatura femenina a veces es entendida como una sub literatura, según las categorías de los hombres"

-Lo siento, pero tenemos que caer en este tema de la literatura escrita por mujeres. La última vez que se lo pregunté, hace ya unos años atrás, se molestó muchísimo ¿A día de hoy le sigue enfadando que le hablen de literatura femenina?

-(Risas) Ya, entiendo. Lo que pasa es que esta idea de literatura femenina a veces es entendida como una sub literatura, según las categorías de los hombres. Pero, veamos, mi idea al respecto es ésta: fui lectora desde muy pequeña y desde ese entonces tuve que mamarme la historia de los hombres. Es evidente que el día que tomé el lápiz, iba  a tomar otro punto de vista, porque el masculino me tenía tremendamente cansada, además porque las protagonistas que los hombres me parecen débiles y caricaturescas. Yo voy a hablar de lo que sé: conozco el mundo de las mujeres, me interesa, las escucho, sigo de cerca la metamorfosis y las cosas que estamos ganando y voy a plasmar siempre eso.

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