Cultura

Franco, porno y regañar a feministas (así se suicida un joven filósofo)

Ernesto Castro publica una recopilación de sus textos más polémicos

El filósofo Ernesto Castro
El filósofo Ernesto Castro

Atención, pregunta: deambula usted por una megalibrería tipo moderna y termina en la sección de Filosofía. Le llama la atención un libro amarillo con una representación majestuosa del Espíritu Santo en forma de paloma. Al abrirlo, se encuentra con capítulos como “Objeciones de un pajllero ante el posporno”, “El atentado de las tetas contra Theodor W. Adorno” y “Exterminar a los carnívoros: la Solución Final animalista”. Habría que ser muy soso para no llevárselo, ¿no? Sobre todo, si viene firmado por Ernesto Castro Córboda (Madrid, 1990), que ha conseguido hacerse un nombre en el pensamiento español con cuatro ensayos de enjundia en menos de una década. Castro admite en el prólogo que su fama se debe sobre todo a las clases, presentaciones y debates que cuelga constantemente en Youtube, nueva ágora de un mundo donde se desploman las ventas de libros. La notable popularidad que ha logrado en esta red social confirma que la filosofía puede seguir viva incluso entre personas poco propensas a la lectura.

yellowcastro
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El libro amarillo del que estamos hablando se titula Ética, estética y política. Ensayos (y errores) de un metaindignado (Arpa). ¿Qué puede aportar al debate cultural? Además de la amplia formación de Castro, destaca su tremenda curiosidad y su estilo apisonadora intelectual, con el que se permite hacer enmiendas sustanciales a clásicos del pensamiento político como Francis Fukuyama, Karl Polanyi y Ernesto Laclau. Castro es culto como solo puede serlo alguien que viene de una familia culta: hablamos de uno de los hijos de Fernando Castro, prestigioso critico de arte contemporáneo que ha desarrollado su carrera en el diario ABC. “A mi padre, de quien aprendí el oficio”, explica en una dedicatoria que le honra. La mejor noticia del volumen es que, lejos de mirar el mundo desde la torre de marfil, el joven pensador se sitúa a ras de suelo para abordar polémicas que interesan mucho más allá de los círculos académicos.

"En calidad del pajillero heterosexual que soy, me resulta extremadamente difícil percibir en el posporno algo más que motivos de exégesis teórica", confiesa en un capítulo

Un ejemplo: el texto que sirve de cierre es un elogio de aquel denostado capítulo de 'Salvados' que se llamó Operación Palace, donde Jordi Évole se venía muy arriba presentando como verdadera la hipotesis de que el asalto de Tejero al Congreso el 23-F de 1981 tuvo la complicidad de todos los partidos políticos. Castro elogia la política-ficción como un ensanchamiento del campo del debate y añade que la tesis es incluso defendible a la luz del aclamado ensayo Soberanos e intervenidos (1996), una lección de geopolítica a cargo del jurista español Joan E. Garcés, parte del círculo íntimo de Salvador Allende. Se anima incluso a defender un tuit de Beatriz Talegón sobre el asunto, en la tradición de la lógica ‘contrarian’ (a la contra) -- típica de la generación milenial. Hablamos de un un estilo al que han sacado máximo partido periodistas anglosajones como Mark Greif, pero que con Castro alcanza mayor profundidad.

Copular es político

Los artículos más divertidos, sin duda alguna, son los que tratan sobre sexo. Párrafos como son prueba suficiente: “Sea como fuere, todavía queda por resolver la cuestión de si el posporno se puede incorporar a los circuitos contemporáneos de excitación y frustración masturbatoria; o si, por el contrario, la mayoría de los productos que se subsumen bajo esta noción apuntan a una economía simbólica distinta. En calidad del pajillero heterosexual que soy, reconozco mis limitaciones en esta materia: me resulta extremadamente difícil percibir en estos documentaos audiovisuales algo más que motivos de exégesis teórica”. Dicho en cristiano: el fracaso del posporno reside en que es más propicio para hacerse pajillas intelectuales que físicas. Además de con su experiencia, Castro lo verifica con varios ejemplos de pospornopedante y malrollero. Al final, como explica Slavoj Zizek, los experimentos para cuajar un porno políticamente aceptable solo han conseguido disparar el voltaje erótico de los zorrones hipernormativos de David Lynch en películas como Mullholand Drive (2001), mujeres con “cuerpo de puta y mente de chulo” que consiguen lo que buscan “con dos cojones”.

Castro satiriza la pedantería del arte contemporáneo, pero también se flagela a sí mismo con su humor implacable en la tronchante crónica de sus semanas de subidón durante el 15-M

Otro hilo narrativo que cose el libro es la impotencia del arte contemporáneo. Podemos llamarlo “naufragio”, podemos llamarlo “límites”, pero lo normal es que el lector cierre el volumen pensando que en nuestra época es un campo para jóvenes ociosos y pretenciosos incapaces de cumplir su tradicional función de hacer pensar o directamente escandalizar a las masas. Su máximo aliado parece ser una Fundación Franco dispuesta a animar el debate ‘arty’ denunciando cualquier representación peyorativa del dictador. Nuestro ‘caudillo’, mucho más inteligente y práctico que sus herederos, paseaba por las salas de artistas revolucionarios (Tapiés) comentando “mientras hagan las revoluciones así…”

Lo importante aquí es que Castro sabe convertir sus debilidades en fortalezas: pertenece al mismo ambiente social que los jóvenes artistas contemporáneos, pero anima los textos con humor implacable. No lo aplica solo a los demás, sino también a él mismo, como demuestra la tronchante crónica de sus semanas de exaltación con el 15-M, incluyendo el episodio de su detención y multa por vandalizar un cajero del Banco de Santander. “El grafiti rezaba ’Tú Botín/ mi crisis’, un juego palabras que entonces me parecía mazo rebelde y mazo creativo con el nombre del presidente de esa entidad financiera (Emilio Botín)”. En eso llega la policía, un ‘yonqui’ que espera su ‘cunda’ le avisa para que salga corriendo pero lleva tantos libros trotskistas en la mochila que la policía le pilla enseguida. Los agentes se dan una panzada de reír leyendo en alto los títulos de ensayos, distensión que no le libra de una multa de 1.500 euros. "Aquí terminó mi experiencia con la Revolución", remata.

Delirios posmodernos

El mejor ensayo, en mi opinión, es el que decida a Francis Fukuyama, autor de la exitosa teoría del Fin de la Historia. Primero porque Castro explica muy bien que quienes se ríen de la hipotesis expuesta por el autor se están riendo de algo muy distinto a los que contiene el libro, que es básicamente correcto. Más importante es que nuestro filósofo explica muy bien que la teoría posmoderna del “fin de los grandes relatos” pasa inexplicablemente por alto que el liberalismo es un discurso (gran relato) de enorme potencia que marca nuestras vidas cotidianas, con su receta de democracia parlamentaria, derechos humanos y sociedades de consumo. “El marxismo terminó entregando al liberalismo político el título de ser -según el conocido apotegma de Sartre- el ‘horizonte insuperable de nuestro tiempo’”. Como explica el autor, todas las risas y menosprecios que provocó Fukuyama entre los radicales más sofisticados de la academia francesa son mucho más aplicables a los delirios de sus propios santones de referencia, por ejemplo Jean Baudrillard y sus teorías fantasmagóricas del simulacro.

¿Se puede considerar este libro un suicidio? Diría que sí, en varios sentidos. Para empezar, el compromiso de Castro con el rigor intelectual le lleva a actitudes tan políticamente incorrectas como regañar a una feminista por domesticar el pensamiento de Valerie Solanas en uno de los parapetos de la reedición española del Manifiesto Scum (1967). Desmenuza cuatro página de los que considera “cháchara hueca, indocumentada y victimista” en un texto que podría costarle varias jornadas de linchamiento tuitero o de odio prolongado en cualquier portal de noticias ‘progre’. No hay que ser especialmente audaz para descubrir que Castro es un intelectual con alma socialdemócrata, que podría ocupar -con sus características peculiares- la misma posición que Fernando Savater en los ochenta y noventa. El problema es que no es una persona fácilmente encajable, estamos ante un pensador próximo a círculos de Podemos que se declara admirador de Gustavo Bueno (ídolo filosófico de la derecha española) y ante un vegano que pierde su puesto en campañas publicitarias de ginebra porque días antes de rodar un vídeo para la marca compara los mataderos industriales con el Holocausto nazi. Difícilmente será el pensador de referencia del #TeamProgre ni del #TeamFacha, algo que hará su vida más complicada y sus textos mucho más interesantes para los lectores (o para su numeroso público en Youtube).

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