Cultura Helena Pimenta, directora de la Compañía Nacional de Teatro: "Tenemos que construir ciudadanía"

Hace ya cuatro años, en 2011, en uno de los momentos de mayor incertidumbre, Helena Pimenta asumió las riendas de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC). Desde entonces ha conseguido revisitar autores fundamentales, aumentar el público y hacer retumbar aquello que desde hace 400 años nos habla en verso y a gritos. En la víspera de la apertura de la temporada, Pimenta habla sobre ése y otros temas con Vozpópuli.

Ella lo puede todo. A Segismundo lo transformó en una mujer, pura entraña y dolor para un ser humano a quien Calderón de la Barca le dio el valor para elegir ser bueno en La vida es sueño. Apoyó a Blanca Portillo en una relectura nada indulgente del Don Juan Tenorio. Acompañada de dramaturgos como Juan Mayorga, ha conseguido exprimir de los clásicos la gota vital, eso que permite que, aún después de siglos, sigan hablándonos en verso y a veces gritos, para que podamos escucharlos. Se trata de Helena Pimenta, directora de la Compañía Nacional de Teatro Clásico desde el año 2011, quien hace un alto en los ensayos finales de El alcalde de Zalamea, obra de Calderón de la Barca que se estrena el 16 de octubre y con la que la CNTC regresa a la que fue su sede: el Teatro de la Comedia. Nadie mejor que ella para emprender esa larga vuelta a casa.

El Teatro de la Comedia reabre animado por la fuerza de un personaje como Helena Pimenta, la primera mujer en dirigir la CNTC

Ubicado en el número catorce de la calle Príncipe, aquel enclave que ya en los siglos XVI y XVII había alojado las mejores corralas de Madrid, fue inaugurado por el rey Alfonso XII en 1875. Unos años más tarde, en 1915, quedó reducido a chamusquina tras un incendio del que resurgió con la fuerza de una carcajada en la oscuridad. Interrupciones, averías y problemas de seguridad llevaron al cierre del teatro desde 2002. Hoy, reabre animado por la fuerza y la impronta de un personaje como Helena Pimenta, la primera mujer en dirigir una compañía que desde hace 30 años ha llevado a escena las palabras de Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Shakespeare…

"Cuando trabajo una obra hay un deseo gigante de transmitir la misma emoción que siento cuando he sido capaz de entender lo que decía Calderón, o lo que decía Shakespeare, o lo que decía Lope, y hacerlo junto con los demás, junto con el público, para que el disfrute que me han prestado las palabras de otros, crezca", explica, sentada en una silla en medio de un escenario vacío, ese lugar donde monta y desmonta los mundos que habitan en la métrica de un verso.

"Cuando trabajo una obra hay un deseo gigante de transmitir la misma emoción que siento cuando he sido capaz de entender lo que decía Calderón, o lo que decía Shakespeare, o lo que decía Lope"

Nacida en Salamanca, en 1955, Helena Pimenta dejó su labor como profesora de instituto a los 21 años para dedicarse al teatro. Desde 1986 trabaja en el campo de la dirección de escena, donde ha recibido numerosos premios, entre los que destaca el Nacional de Teatro en 1993, concedido a Ur Teatro-Antzerkia, compañía que fundó en 1987. Entre los clásicos que ha dirigido destacan Molière, además de su famosa trilogía sobre William Shakespeare: Sueño de una noche de verano (1992), Romeo y Julieta (1995) y Trabajos de amor perdidos(1998), que luego amplió con otros títulos del autor británico. Pimenta ha hecho teatro ahí donde ha podido y querido: desde naves y fábricas hasta los mejores teatros.

Pero a Pimenta no sólo la respalda una sensibilidad. Ni siquiera su carácter persistente y fibroso, trabajador y -como ella dice- peleón. Una realidad más sólida la sostiene: los hechos. Aunque en el escenario del madrileño Teatro Pavón -en el que ha trabajado en los últimos cuatro años- la única cifra que se impone es la métrica de un verso, otras se abren paso con la melodía de las buenas noticias. A pesar de las condiciones adversas -la crisis, el aumento del IVA- para la temporada 2014-2015 la CNTC alcanzó 194.637 espectadores: 30% más que en 2013, cuando la taquilla había subido un 40%. Es decir, quinientas setenta y cinco representaciones; 83 funciones en giras por España así como en 5 países de Europa y Estados Unidos; 250 profesionales del teatro incorporados a la CNTC y la firme creencia de que el Siglo de Oro todavía refulge más vigente que nunca.

La suya es la más potente de las grageas para la peor de las afecciones: la indiferencia. Es un teatro de vocación política, que recupera el espacio común. Se trata de un teatro dispuesto a comunicar, a remover con la potencia de lo bello y a acercar entre sí a quienes en una sala oscura todavía pueden emocionarse con la dimensión que adquiere el lenguaje cuando se convierte en escena. "El teatro es un arma cargada de presente, porque siempre estamos buscando. El teatro es el espacio en el que no podemos renunciar a reconocernos con nuestros iguales", asegura Helena Pimenta sentada en una silla roja, presidiendo el centro de ese mundo que sólo ella conoce: un escenario vacío que habrá de llenarse de sentido.

"Hacía mucha falta, y más en un momento como aquel, mantener una actitud vocacional con respecto al teatro y, sobre todo, una actitud comprometida con el teatro público"

-Llegó a la CNTC en 2011, un año difícil. Dijo entonces que centraría su programa en los actores, la palabra y el verso. Ha cumplido, con notable. ¿Cómo han sido esos cuatro años para usted ?-Han sido rápidos e intensos. Siempre quise ser capaz de entusiasmar a la gente que trabajaba conmigo de la misma manera que yo sentía el teatro. Hacía mucha falta, y más en un momento como aquel, tener el entusiasmo de seguir adelante, de mantener una actitud vocacional con respecto al teatro y, sobre todo, una actitud comprometida con el teatro público.

-¿Qué supuso ese paso, considerando además que fue usted la primera mujer en dirigir la CNTC?-Para mí ha sido un regalo y una oportunidad conocerme a mí misma ahí, porque siempre me ha importado lo público. Han sido cuatro años que se han encadenado en un presente. Según estaba ocurriendo algo, ya estaba preparándose lo siguiente, con la misma intensidad y con un nivel de satisfacción que compensa el sacrificio. Como cuando estás enamorado. Cuando paras, te das cuenta que, física y emocionalmente, es demasiado, porque no sólo es tu equipo, es también el público, y la gira, los textos, el tiempo, los 400 años de distancia. Soy empática y eso me conmueve.

-Los clásicos hablan en verso y, a veces, a gritos, de lo contrario, no retumbarían 400 años después. Usted no ha tenido reparo en actualizarlos, tanto en sus montajes como en los de otras compañías invitadas ¿Cómo ha reaccionado el público?-El trabajo teatral se hace en equipo y es así como se crece. Cuando se está preparando una obra, cuando se está ensayando o buscando el dinero, también se crece. En ese sentido, siempre pude trasladar esa experiencia, esa filosofía, a los clásicos. He heredado treinta años de historia de una compañía que surgió cuando el público tenía un interés muy relativo por los clásicos y asistía de una forma más minoritaria e incluso exigía o requería cierto aire festivo en torno a eso. En esos 30 años se ha transitado un camino profundo desde todas las áreas: festivales como Almagro u Olmedo… Todo el país ha hecho un esfuerzo muy grande de difusión, de profundización y decodificación de los textos clásicos para ponerlos en el hoy.

"He heredado 30 años de historia de una compañía que surgió cuando el público tenía un interés muy relativo por los clásicos y asistía de una forma más minoritaria"

-Sí, pero usted, Helena Pimenta, ¿qué ha aportado en ese proceso?-En mi proyecto lo que he querido aportar, además de mi experiencia con el teatro clásico, ha sido el hecho de que otros creadores, con sus equipos, y aprovechando esta inercia de la crisis (nos necesitamos unos a otros, en lo material, lo espiritual y lo artístico), consiguiésemos avanzar. El equipo de la CNTC ha luchado por atraer y no a cualquier precio. El público ha subido en un porcentaje altísimo. Coinciden muchas cosas: una escuela que ha ido creciendo, con los actores, con los escenógrafos, los directores. A nosotros nos acompaña una cantidad de público al que yo no puedo dejar de estar agradecida. Son ellos los que dicen: ¡sigue, busca más! Hemos trabajado, por el presente, por el proyecto de cada día, por el placer de defender el teatro con vocación y eso lo ha respetado el público.

-El teatro como espacio cultural tiene una serie de características que lo diferencian: el precio, su carga impositiva, el coste de un montaje. La CNTC ha transitado ese desierto. ¿Cómo? ¿Cómo se convierte el teatro clásico en un hit?-Es cierto que he sentido la enorme felicidad de ver el cartel de las localidades agotadas muchas veces, pero hay que hacer un ejercicio de humildad, para que eso no dificulte la creatividad; para que se convierta en fuerza no en vanidad. A todos nos gusta hacer las cosas bien, pero estoy entrenada en la austeridad, en los equipos, en la palabra, en la disciplina y todo el mundo ha querido mantener ese camino. He querido compartir estas ideas con otra gente a través de una institución pública que pertenece a la ciudadanía. Tenemos que construir ciudadanía y tenemos que hacerlo con las armas que poseemos: nuestro patrimonio, tan rico, que requiere una técnica y unas lecturas muy actuales. Tampoco me sabría expresar de otra manera, mi pensamiento y mi sentimiento están más en lo que aparece en escena. Cada obra, en lugar de pensarla como un gran resultado, trato de pasarla por mi cabeza, por el estómago, por mi manera de entender el mundo. Eso me ha llevado a entender que no se puede hacer una obra por hacerla.

"Tenemos que construir ciudadanía y tenemos que hacerlo con las armas que poseemos: nuestro patrimonio, tan rico, que requiere una técnica y unas lecturas muy actuales"

-La programación de la CNTC tiene una abierta vocación política en su sentido más amplio. ¿Tiene el teatro mucho más por hacer ahora que hace 400 años?-Tiene mucho por hacer e incluso más en un momento en el que la imagen o las industrias generan una tentación muy grande de hacer sólo dinero o espectáculo. El teatro nació con esa vocación de no morir nunca, de estar siempre doliente, apesadumbrado o excitadísimo. Es un acto poético al compás de un latido común entre los espectadores y los actuantes y que ocurre a través de la palabra o imágenes concretas, además de otra serie de elementos técnicos que permiten crear metáforas. En el teatro el propio espacio es mentira: es una síntesis. Todo el mundo acepta un pacto que no necesita ser realista. Es cierto que a veces se hace un teatro de otras características que quizá tienda a quedarse en la superficie, aunque hacer reír tiene su mérito, pero creo que el teatro es un arma cargada de presente y de futuro, porque siempre estamos buscando. El teatro es el espacio en el que no podemos renunciar a reconocernos con nuestros iguales. El espectador en el teatro se reconoce en aquello que no ve a diario: hay belleza, hay pensamiento. Atraviesa experiencias que desconoce: desde las palabras del autor hasta la presencia de quien, detrás del escenario, sostiene un cuerda. Es un acto de equipo. Por eso, merece la pena saber que nos hemos comunicado con los espectadores.

-A veces con decisiones arriesgadas.-Como mujer, pienso que hacemos más silencios de los que deberíamos. Por eso siento que me expreso mejor a través del teatro. Hago un discurso más definitivo, uno que quizá no me atrevo a defender en otras realidades; y eso que soy una peleona. Pero queda mucho camino por recorrer. En el teatro, ser personaje significa ser. Cuando quise que Blanca Portillo encarnara a Segismundo, que fue un acuerdo entre ambas, fue porque creí que una mujer tenía derecho a interpretar uno de los personajes más hermosos que se ha podido hacer en la literatura dramática: un ser humano que atraviesa desde el dolor más grande hasta el perdón. Sabía que el espectador reconocería que, como mujeres, teníamos ese derecho: a hacer ese recorrido vital. Mi mayor ilusión es ver que he podido defender eso de una manera que en otros lugares quizá no podría. De otra forma estaría dando gritos todo el día. Yo soy madre, soy hija, soy esposa, soy amiga, soy directora, soy muchas cosas y sé que en el espacio del escenario puedo contar lo que siento.

"El teatro es un arma cargada de presente y de futuro, porque siempre estamos buscando. El teatro es el espacio en el que no podemos renunciar a reconocernos con nuestros iguales"

-¿Y qué pasó con la mujer de 21 años que impartía clase en un instituto y decidió dejarlo todo para dedicarse al teatro?-Eso fue en el País Vasco, donde estaba muy perdida. Siempre digo que vivir es decidir. Y decidir es perder. Siempre hay que perder algo para ganar más cosas. Debe ser que me va la marcha, la aventura -ríe, Pimenta; lo hace muchas veces a lo largo de esta conversación-. Cuando trabajo una obra hay un deseo gigante de transmitir la misma emoción que siento cuando he sido capaz de entender lo que decía Calderón, Shakespeare o Lope, y hacerlo junto con los demás para que el disfrute de que me han prestado las palabras de otros, crezca.

-Sigue usted enseñando, a su manera. Programas como Préstame tus palabras lo demuestran.

-Hay personas, desde colegas hasta profesores, que dicen que ese afán didáctico y comunicar está siempre en mi trabajo. Y hay proyectos como La voz de los clásicos o Préstame tus palabras que lo representan. En el fondo mi vocación es de enseñanza, pero quizá aquel espacio, el de un salón de clases, se me quedaría un poco estrecho y necesitaba más sitios. Pude hacerlo, quizá a lo loco… Cuando decidí dejar el trabajo en el instituto, mi hijo pequeño, que tenía seis años, me dijo: 'Amá, ¿y de qué vamos a vivir'. Calla, no sé, le respondí. Porque claro, el pobre se asustó.

-Volver al Teatro de la Comedia es, sin duda, un factor de alegría pero de enorme presión. ¿Cómo influyó eso al momento de elegir El alcalde de Zalamea como montaje inicial?-Han sido años esperando a que se abriese el telón. Nunca se tuvo del todo la seguridad. Proyectos como el de la Comedia atraviesan equipos muy diversos. Así que yo no tenía tan claro hace un año que fuera abrirse. Justamente por esa razón, dudé sobre la obra. Sabía y quería que fuese una obra que reflexionara sobre la dignidad y que fuese, claro, un gran autor. Mi problema era el espacio: no sabía si se estrenaría en la Comedia o en el Pavón. Por suerte, cuando acude a ti un título es porque lo estás viviendo en ese momento.

"Esa reivindicación de la dignidad personal, esa oposición al abuso por parte de los que creen que tienen más derechos sobre los demás que representa

El alcalde de Zalamea, era lo que necesitaba contar"

-¿Y por qué justamente El alcalde de Zalamea?

-Para mí esa reivindicación de la dignidad personal, esa oposición al abuso por parte de los que creen que tienen más derechos sobre los demás que representa El alcalde de Zalamea, era lo que necesitaba contar. He tenido que luchar contra la presión que puede suponer estrenar un espacio con un gran título. Pero la programación se ha hecho no sólo por el teatro de la Comedia, sino por el hecho mismo de seguir haciendo teatro, por la confianza que te da el público de que está preparado para más riesgo. Nunca se quiso hacer una programación extraordinaria para La Comedia, sino una programación extraordinaria para la CNTC, para su público. Hay gente en el INAEM y la Compañía que ha hecho un esfuerzo por llegar a tiempo…

-¿Se ha sentido apoyada por el INAEM o por el ministerio? En ese sentido, y sobre su independencia, ¿ha tenido que pelearla o negociarla?-Negociar hay que negociar siempre. Nunca sentí que nadie me pidiera que renunciara a mi libertad, desde el primer día. Puede ocurrir que la administración tenga un ritmo que el teatro necesita reformular y que la estructura sea más lenta. Me han ayudado mucho y he encontrado interlocutores. La maquinaria no es fácil, cuesta, pero tengo un equipo en la CNTC que es muy peleón y no aceptan un no. Eso no quiere decir que no te sientas sola. Mi padre a veces me mira y me dice: 'Elena, tener tanta responsabilidad es soledad, no te asustes'.

-¿Puede sentir miedo alguien como usted? ¿Alguien que levanta un mundo en un escenario, que se entiende con los clásicos, que es capaz de emocionar con ellos?-A veces me asusto emocionalmente, sí claro. Me digo… ¿voy a saber? ¿voy a aguantar? Querer que las cosas vayan bien significa riesgo y el riesgo duele...



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