Cultura

Los ensayos bárbaros de Jordi Soler: humanismo hooligan contra el reblandecimiento

El sello Círculo de Tiza publica Ensayos bárbaros, un libro en el que Soler rescata el espíritu del norteamericano Henry David Thoreau, precursor del “pensamiento salvaje”, para llevar a cabo una auténtica gimnasia humanista.

Portada del libro Ensayos bárbaros, de Jordi Soler, publicado por Círculo de Tiza.
Portada del libro Ensayos bárbaros, de Jordi Soler, publicado por Círculo de Tiza.

Jordi Soler es de los pocos escritores a salvo de sí mismo. Podrán pasarle muchísimas cosas, todas excepto morir a manos de su propia solemnidad. Sea cual sea su registro –novela, relato, ensayo, poesía, columna de prensa-, él siempre sabrá hacer uso de la ironía y el humor como la más civilizada de las costumbres, aunque en esta ocasión el asunto de civilizado tenga más bien poco. Se trata de los Ensayos bárbaros, un volumen publicado por el sello Círculo de Tiza en el que Soler rescata el espíritu del norteamericano Henry David Thoreau, precursor del “pensamiento salvaje”, para llevar a cabo una auténtica gimnasia humanista.

Desprovista de y pertrechada con humor y sarcasmo, la prosa de

Ensayos bárbaros reparte cera contra la medianía y el pensamiento único.

Desprovista de toda rigidez y pertrechada con buenas dosis de humor y sarcasmo, la prosa de Ensayos bárbaros reparte cera contra la medianía, la dictadura de los buenismos, el pensamiento único y la velocidad sin propósito. Para conseguirlo, Soler confecciona un artefacto de relojería que recorre el pensamiento de Thoreau y Thomas Mann, pero también el de Tony Judt, y, porqué no, el que pueda existir en Walt Disney, Eric Clapton, los Sex Pistols, y también James Joyce, el Capitán Ahab, Jung, Kerouac o Pete Townshend. Nada queda fuera de un libro que viene a preguntar cuándo y de qué forma nos vaciamos en ese tiempo que transcurre sin tregua.

Compuesto por breves ensayos, el libro alcanza su punto más alto –dependiendo de los gustos lectores, claro- en su fase final, donde Jordi Soler se prodiga, literario, a la síntesis entre lo político, lo histórico y lo libresco. Valga decir también, que el volumen cuenta con verdaderas joyitas como el texto La era del té, donde Soler exprime la versión más ácida de sí mismo. Jordi Soler, caballero de la joyceana orden de Fineganns -que reúne a escritores como Enrique Vila Matas o Marcos Giralt – es autor de once novelas, entre ellas Los rojos de ultramar, La última hora del último día y La fiesta del oso, recientemente publicó Ese príncipe que fui (Alfaguara), una historia que narra las cuitas del último descendiente del emperador Moctezuma.

-Es imposible que usted no haga uso del humor. Sin embargo, en este libro leemos a un Jordi Soler aquejado de un cierto hartazgo

-Quizá el tono, en algunos ensayos, sea el del hartazgo, pero yo no estoy harto de casi nada, ni tampoco creo que la realidad que observo, que es propiamente la materia de este libro, me haya convertido en un escritor agrio. Lo que sucede es que hay ciertos temas en los que, voluntariamente, he dejado de lado el humor, porque me parece que distrae, desenfoca, incluso suaviza algunas ideas que me interesaba transmitir con toda su aspereza.

"Tampoco tengo nada en contra de la vida sana, pero la salud como un fin, como un valor absoluto, me parece una aberración"

-El tiempo es una reflexión contante en el libro. Propone que la velocidad del avión ha impuesto su tiempo a todos: tripulación, viajeros… ¿Cómo es la versión social de esa rapidez? ¿La velocidad en la que vivimos es sólo aparente?

-Yo creo que la característica principal de la velocidad con que nos comunicamos ahora, y con la que recibimos riadas permanentes de información, es que no tiene escala humana: nos ofrecen tanta información a una velocidad tal que no nos permite asimilar más que un mínimo porcentaje. No soy un enemigo de la velocidad, al contrario, soy su usuario, bajo libros completos en mi Kindle en treinta segundos, pero luego me siento a leerlos con una lentitud propia de otro siglo. El siglo XXI nos ofrece la oportunidad de vivir a varias velocidades y me parece que desperdiciar esta ventaja, por vivir a toda velocidad, es una insensatez.

-Nunca “la vida sana” fue más peligrosa y sus profetas más radicales. Habría que hacer algo con los runners, ¿no cree?

-Sí, efectivamente, habría que hacer algo con los runners, por ejemplo, sugerirles que reflexionen si salen a correr todas las noches porque su cuerpo se los pide, o porque todos a su alrededor salen a correr todas las noches. Tampoco tengo nada en contra de la vida sana, pero la salud como un fin, como un valor absoluto, me parece una aberración; yo creo que la salud es el margen que te da la vida para que puedas vivirla plenamente. De los profetas de lo saludable que usted menciona, y de los gurús en general, desconfío absolutamente, no me gustan los jefes del rebaño, no importa que sean transmisores del mindfulness, políticos iluminados, o curas de pueblo; me molesta profundamente la gente que quiere decirnos lo que debemos pensar.  

-Sobre ese tema, y ya en serio, en su ensayo de La era del té, habla usted de la dictadura de la medianía como la verdadera amenaza de se la libertad europea. ¿Vivimos en un fundamentalismo del centro?

-Por supuesto, son fundamentalistas esos que aleccionan al que come carne, al que bebe y al que fuma, y al que no participa en ese ritual, de profunda escatología contemporánea, que es hacerse cada año la colonoscopia.  

"Por supuesto, son fundamentalistas esos que aleccionan al que come carne, al que bebe..."

-La participación y la democracia, la idea remota de tal cosa en un contexto como la UE, expresa ese entusiasmo buenista es cosas como el 15M? ¿O eso es ir ya demasiado lejos?

-Creo que la democracia es el menos dañino de los sistemas que hay para gobernar un Estado, aunque al final no gobierne el mejor, sino el más votado, el que mejor promedia las filias y las fobias del pueblo, es decir, el que mejor encarna la mediocridad del país. En general desconfío de gobernantes y políticos, todos van a la suya, la ciudadanía les importa muy poco y el poder los corrompe muy rápido.

-Thoreau es un espíritu que atraviesa las páginas de este libro; su pensamiento le da nombre. Alude a través de él al hombre convertido en esclavo de sus herramientas. La pregunta es… ¿hasta qué punto ha sido esa esclavitud voluntaria?

-Thoreau lo tenía más fácil, era un hombre del siglo XIX que batallaba contra la tecnología de aquella época que era el tren; bastaba con que se refugiara en su cabaña en el bosque, junto al lago Walden, para mantener el mundo que a él le gustaba. Hoy es más difícil sustraerse a la tecnología, basta prender el ordenador o el teléfono para que la cabeza se nos llene de información que ni necesitábamos ni queríamos. Pero esta esclavitud es, desde luego, voluntaria; una de las sugerencias que llevan mis Ensayos Bárbaros es que hay que parar, con frecuencia, ese flujo ininterrumpido de información, para sentarse a pensar, a reflexionar en silencio.

"Quizá lo que se ha democratizado es el espacio para publicar, pero ese espacio, si no tienes qué decir, ¿de qué sirve a los lectores?"

-Cada día recibimos información para creyentes , datos que resisten el análisis; dice.  ¿Cómo queda la literatura en ese catecismo? Si cada segundo nace un nuevo idiota, ¿cada día se publica un nuevo idiota?

-Hay literatura buena y mala, los crédulos leen la mala y piensan que es buena, de la misma forma en que secundan cualquier teoría disparatada que otro crédulo dice con mucha seguridad y un aplomo absoluto.

-La ausencia de silencios, de continuos, la fragmentación de la experiencia… ¿Parece que todo cuando alude (los viajes, las lecturas, el conocimiento, el propio acto de pensar) sufrió un proceso de vaciado, de extracción…?

-La ausencia de silencios se debe a la hipertrofia que produce el torrente de información; no solo de noticias, también de canciones, de películas y series, de divertimentos electrónicos; todo ese universo de inputs, que viene naturalmente del exterior, nos llena el disco duro del cerebro, que tiene espacio para una cantidad limitada de gigabytes; el problema es que el pensamiento, la reflexión, necesitan de una zona de vacío, de un espacio para poder circular.  

-El entusiasmo de las redes se trepa al podio de lo democrático, ahora todos se expresa, todos opinan… Vivimos entonces en un bingo, todo suena, todos hablan. ¿Retrocedemos entre tanto ruido?

-No creo que se retroceda, me parece que estamos igual pero con mucho más ruido. Antes había que buscarse un periódico o revista para escribir ensayos, hoy cualquiera publica sus ideas en un blog, pero lo cierto es que no ha aumentado el número de ensayistas relevantes. Quizá lo que se ha democratizado es el espacio para publicar, pero ese espacio, si no tienes qué decir, ¿de qué sirve a los lectores?

-Los últimos ensayos del libro se concentran en una materia literaria perfecta para untar en el pan duro del presente: Calvino entre saturninos y mercuriales; Jung psicoanalizando al Ulises… Y hablando del Olimpo literario, ¿se nos reblandeció también?

-No lo creo; el Olimpo solo se distingue a la distancia, lo tenemos ya aquí, pero pasarán muchos años antes de que conozcamos la alineación.

-Dígame que esto no es un Apocalípticos versus integrados. ¿No le quitan a usted el sueño estas cosas … o sí?

-No me lo quitan, y eso que soy de sueño más bien ligero.



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