Cultura

Coetzee ante la página en blanco

El Nobel de Literatura comienza su gira en España para promocionar su más reciente libro: 'Siete cuentos morales'

Coetzee este sábado, en Madrid.
Coetzee este sábado, en Madrid.

A la tarde la recorre un vapor de horno crematorio. Afuera, la Gran Vía bulle con su energía de paila y Champions League. Gente que quema dinero en el Primark. Hombres y mujeres que cargan bolsas llenas de ropa que no durará. Niños que gritan. Helados que se derriten. Dentro, en la segunda planta del Espacio Telefónica, un hombre de cabello blanco y rostro amojamado se dispone a conversar sobre su más reciente libro. No es cualquier hombre. No es cualquier libro. 

El premio Nobel de Literatura 2003 J.M Coetzee hace su entrada con su piel de aire acondicionado, con su tiempo de hombre lento. Esta es la primera de las tres presentaciones que Coetzee hará en España de Siete cuentos morales (Literatura Penguin Random House), un volumen de relatos en el que recupera a su alter-ego Elizabeth Costello y que se ha publicado primero en castellano, antes incluso que en cualquier otro idioma. Un libro como los suyos. Una pedrada que revienta en el que puede que sea su tema vertebral:  la empatía. O su total ausencia. Leyéndolo, se descubre uno cual licenciado Vidriera. Hecho pedazos.

La conversación está guionizada. Recalentada. Medida. Sin emoción. Sin matices. Sin tropiezos. Quinientos gramos de razón. Lo que pesan veinte hojas en la mano de alguien que no concede entrevistas

Esta tarde -como ocurrirá en las siguientes en Bilbao y Granada- el sudafricano conversa con Soledad Constantini, fundadora de la editorial El hilo de Ariadna y del Festival Internacional de Literatura en Buenos Aires. Ella pregunta, él responde; o eso parece. Coetzee lleva en la mano un legajo de folios impresos. La conversación está guionizada. Recalentada. Medida. Sin emoción. Sin matices. Sin tropiezos. Quinientos gramos de razón. Lo que pesan veinte hojas en la mano de alguien que no concede entrevistas.

Severo como un sacerdote, Coetzee toma asiento. Apenas bebe agua. Viste traje oscuro. No lleva corbata y algo parecido a una férula cubre la muñeca de su mano izquierda. Constatini comienza por el primero y más político de los temas posibles: el lenguaje y el escepticismo cada vez más profundo que siente el autor de Desgracia por el inglés, un tema que viene de lejos en la biografía del Nobel. "El tiempo que pasé como estudiante en Texas refleja el proceso de un hombre joven que creció en Sudáfrica. Después de dejar la escuela, quise ser matemático y me licencié en matemáticas. Entonces entendí dos cosas, una, que no estaba tan seguro de las matemáticas y lo segundo, que quería dedicarme en literatura".

En 1969, con 29 años, J.M Coetzee se marchó a la Universidad de Texas. No a estudiar matemáticas, sino a doctorarse en lingüística. "No fue la mejor educación que haya podido recibir, pero en la biblioteca de la universidad descubrí los manuscritos de Samuel Beckett. Así que debo a los Estados Unidos haberme dado la oportunidad de leer muchas de las cosas que necesitaba leer". Y así fue: su tesis doctoral la dedicó al autor de Esperando a Godot

Para hablar de sí mismo, Coetzee pone en marcha una rara transacción. Se transfiere a una tercera persona inusual, no del todo megalómana, pero sí gélida

Su escepticismo con el inglés fue producto de lo que él llama una alienación creciente con los Estados Unidos. "Es difícil hablar de un idioma con el cual tengo una relación profesional (…) Hoy albergo reservas personales, ideológicas y políticas con el inglés". De ser el autor sudafricano que quería ser leído en Londres y Nueva York, Coetzee pasó a una relación áspera y desconfiada con aquel idioma, suyo acaso por la vía del 'apartheid'. A raíz de la publicación de Esperando a los bárbaros-un libro cuya acogida en la crítica fue unánime-, comenzó a preguntarse cómo serían sus libros en otros idiomas.

Para hablar de sí mismo, Coetzee pone en marcha una rara transacción. Se transfiere a una tercera persona inusual, no del todo megalómana, pero sí gélida: “ese joven que” o “aquel escritor cual…”. Coetzee habla de él como si fuera otro, mientras pasa las páginas impresas examinándolas con la mirada. Al ser preguntado por Constantini acerca de la lectura religiosa de sus recientes novelas La infancia de Jesús (Penguin Random House) y Los días de Jesús en la escuela (Penguin Random House), el escritor elabora una respuesta escurridiza. Protagonizada por una familia desarraigada -Simón, un estibador de mediana edad; David, un niño que él ha conseguido en el puerto y e Inés, una mujer fría y reservada- las últimas novelas de esta saga propician la interpretación de una alegoría sagrada que Coetzee despeja sin aclarar del todo. "Sin ser creyente, me siento influenciado por el pensamiento cristiano".

Los siete cuentos que componen este libro resucitan -como una voz autobiográfica- a su personaje más díscolo: Elizabeth Costello

Los siete cuentos que componen este libro resucitan -como una voz autobiográfica- a su personaje más díscolo: Elizabeth Costello, una novelista australiana que apareció Hombre lento y que se reveló con sus ocho conferencias a través del libro que lleva su nombre. En aquel entonces, aquella voz indómita -y un tanto esclerótica- intervenía “sin ser invitada ni autorizada” -aclara Coetzee-, empujando como una dureza vital y de una lucidez ponzoña. Es ella quien regresa en estos relatos: una mujer, aún más enloquecida en su lucidez exacerbada -hasta el punto de llegar a la extravagancia-, que sirve a Coetzee para enfrentarse a la hendidura moral de todo cuanto se vuelve en residual: la expiración, la senectud, la empatía que se manifiesta en los siete relatos de este volumen, y cuyo elemento unificador son los temas que orbitan en la obra de Coetzee: familia, la infidelidad, los derechos de los animales, la lucha entre padres e hijos.

La tarde descerraja con una respuesta. La última. ¿En qué se parece rezar a escribir? "En ambos casos es difícil determinar quién es el destinatario. En los dos casos, la escritura o en la oración, puede que no estén dirigidas a nadie. Ambas disciplinas, orar y escribir, se parecen.  Te sientas ante la página en blanco y esperas, pacientemente una respuesta. A veces la página en blanco no te responde y es ahí cuando conoces la desesperación". Una cortina de aplausos cubre la paila de este sábado, que salpica como el aceite ardiente de una vida sin propósitos en la que los helados se derriten y la vida caduca; se pudre, desaparece. De aquí nadie sale sin cicatrices, de estas páginas tampoco.



Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba