Antonio  Muñoz-Molina.
Antonio Muñoz-Molina. Iván Giménez

Cultura

Baudelaire paseaba, Muñoz-Molina caza Pokémons

El académico de la lengua y premio Princesa de Asturias de las Letras presenta su más reciente libro: 'Un andar solitario entre la gente' (Seix Barral).

Algo en este libro serena e inquieta, al mismo tiempo. Un narrador sin nombre recorre la ciudad con una grabadora. También con un lápiz y una libreta en la que apunta todas las expresiones que escucha en los vagones del metro, en las calles, los anuncios televisivos, la radio, la prensa. Las palabras escritas llegan a él como sonidos de voces. Los signos de puntuación acumulan su propia sinfonía. "Los enchufes oyen, dice Gómez de la Serna", escribe Antonio Muñoz Molina (Jaén, 1956) nada más arrancar Un andar solitario entre la gente (Seix Barral), un libro que se comporta como un ensayo, una novela, un dietario o una bitácora. Un mapa del lenguaje que se derrama sobre las cosas pero también desde el interior de ellas hacia el mundo.

El relato es el recorrido. Es la propia ruta quien escribe. Muñoz-Molina recupera la figura y el arbitrio del flâneur. Lo amplifica

Un andar solitario entre la gente está escrita en dos partes: Oficina de instantes perdidos y Don nadie, dos retablos en cuya bisagra el escritor y académico de la lengua reparte una forma de escribir que arranca el texto previamente escrito en el mundo. El relato es el recorrido. Es la ruta quien escribe. El alter ego de Muñoz-Molina -este narrador anónimo del que sabemos muy poco- recupera la figura y el arbitrio del flâneur e incluso lo amplifica: entregarse al viaje, sin rumbo, sin (aparente) propósito. En estas páginas están presentes Thomas de Quincey, Charles Baudelaire, Walter Benjamin, James Joyce. A medida que avanza la lectura, el acto de moverse ocurre dos veces: en el hombre que se desplaza y en el registro que hace de su propio movimiento. Una palabra lo lleva a la siguiente y aunque no tengan ninguna conexión, todas ellas componen su propia coherencia.

"Ya no hace falta elegir y renunciar a lo que no se ha elegido. Ahorra mientras gastas sin remordimiento. Adelgaza comiendo"

El resultado es un libro que podría comportarse como un cadáver exquisito -un quebrantahuesos, como lo llamaban Nicanor Parra y Vicente Huidobro- y que, aun participando de ese elemento, consigue que el resultado final perfeccione y complete la mera pirotecnia del invento surrealista -frases fulminantes, hermosas- en algo mucho más complejo, algo que depende de la corriente de fondo que lo guía.  Las frases que nacen de la indicación robótica e ininterrumpida de la realidad explotan en un mosaico de sentido, incluso crean un alegato moral en un mundo acumulativo: "Cierro los ojos para escuchar mejor y me dejo llevar por el impulso del tren. La ciudad te lo promete todo simultáneamente. Elige todo. Disfruta cuando quieras donde quieras. Ya no hace falta elegir y renunciar a lo que no se ha elegido. Ahorra mientras gastas sin remordimiento. Adelgaza comiendo".

Existen algunos elementos que enmarcan la acción en un perímetro autobiográfico. Pero el libro no pretende agotarse en sus límites

Existen algunos elementos que enmarcan la acción en un perímetro autobiográfico. Sin embargo, el libro no pretende agotarse en esos límites ni ahondar sólo en ellos. Ese territorio compete al narrador y constituye un pacto de verosimilitud con el lector. Es el artificio necesario para emplazar lo que ocurre. La primera parte, Oficina de instantes perdidos, ocurre en Madrid durante el verano de 2016 y está compuesta por cien secciones cortas, entradas de un dietario a las que las une un hilo de fino y obsesivo estambre: la melodía del lenguaje. “Yo buscaba una música de las palabras que fuera al mismo tiempo la de la poesía y la del habla cotidiana y la de los anuncios y los periódicos y las revistas y los mensajes eróticos y las profecías del horóscopo: una música transparente que se respirara como el aire y que sin embargo nadie hubiese imaginado ni escuchado nunca”.

En el caso de Muñoz-Molina, cazar un Pokémon puede ser, como decía Kafka sobre los libros auténticos, el hacha que rompe el mar helado dentro de nosotros

En esa primera parte es posible, por ejemplo, recomponer la realidad de aquel año por los titulares o eslóganes transcritos y cuyo efecto se agiganta con respecto al (entonces) presente de donde Antonio Muñoz-Molina los extrajo. El verdadero fin de ese collage es fabricar un territorio en prosa todavía mayor. A diferencia de aquella primera mitad, Don nadie, la segunda parte del libro, ya no ocurre en Madrid, sino en Nueva York, una ciudad en la que el narrador ha vivido largos años y a la que regresa. A pie, recorre desde el South Ferry hasta el Bronx. Y ya no lo hace con la intención acumulativa y archivológica de la primera, sino como un río. El flujo de conciencia de un hombre que es la sumatoria de las ciudades en las que ha estado.

Este libro transcurre en flujo de conciencia de un hombre que es la sumatoria de las ciudades en las que ha estado

Todo eso ocurre en la reflexión culta del lenguaje. En la concatenación de lecturas e interpretaciones. Momentos de excepcional quietud relevados por otros de todavía más excepcional lucidez. De ahí que este libro serene y a la vez inquiete, porque eso, a fin de cuentas, es lo que producen las imágenes hermosas, las frases hermosas, las melodías hermosas... No sería una exageración afirmar que, en el caso de Muñoz-Molina, cazar un Pokemon puede ser, como decía Kafka sobre los libros auténticos, el hacha que rompe el mar helado dentro de nosotros. Todo depende del tamaño del naufragio de quien lee.

Un detalle de la portada del libro de Muñoz-Molina.
Un detalle de la portada del libro de Muñoz-Molina.

Escribir es una tarea de frontera”, escribía Antonio Muñoz Molina en las páginas de Como la sombra que se va(Seix Barral),la novela que precede a este libro y en el que el autor cruzaba esa barrera que separa lo imaginado de lo escrito; lo vivido de lo percibido; una ciudad de otra; al hombre que vive de aquel que recuerda. Porque las novelas “siempre están a punto de no existir”, decía Muñoz Molina. Acaso por eso lleva una vida entera escribiendo. El Premio Príncipe de Asturias de Letras 2013 empezó primero como articulista. Fue justamente El invierno en Lisboa (1987), la que le dio a conocer más firmemente y concedió peso a su obra gracias a los premios Nacional de Narrativa y la Crítica que recibió el libro. Suyas son también El jinete polaco, premios Planeta y Nacional de Narrativa en 1991 y 1992, respectivamente; o Plenilunio (1997), que obtuvo en 1998 el Premio Fémina a la mejor novela extranjera. Su obra, como las páginas de este libro, guarda el eco vital. Las lecturas que, como las cicatrices en el rostro, imprimen edad a la prosa. Esta novela es eso, ese lugar que reúne lo imaginado y lo escrito. 



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