Cultura

Augusto Ferrer-Dalmau, pintor de batallas

Si existe una obra que retrate la España de los últimos cuatro siglos es la suya. De los Tercios de Flandes a la Armada Invencible, de las Guerras Carlistas a Afganistán.

Si Augusto Ferrer-Dalmau (Barcelona, 1964) deseó ser jinete, fue acaso porque para él era tan natural treparse a la grupa de un potro como mirar a su madre dibujarlos. No lo dirá hasta la última pregunta de esta entrevista, pero conserva aún en la memoria los bocetos a plumilla con los que ella espantaba la nostalgia que todavía sentía por el Norte de África, donde vivió y trabajó durante años. Lectora voraz y huérfana de un comandante de la Caballería española en la campaña del Rif, de ella parece venir lo esencial en la biografía de este hombre: fue quien le inculcó el amor por la historia, la que desató su fascinación por los desiertos y los ejércitos. Pero Ferrer-Dalmau no se hizo jinete, tampoco militar. Se hizo pintor... de batallas.

Ha pintado desde los Tercios derrotados en Rocroi hasta patrullas de soldados españoles en Afganistán

Desde Rocroi. El último Tercio, el lienzo que retrata a la infantería española durante aquel áspero episodio de 1643 –sus veteranos, destrozados y a punto de capitular aunque con picas en alto, esperan el ataque final de la caballería francesa en los bosques de Ardenas–, hasta la imagen solitaria de un contingente del ejército español que patrulla una agreste estepa afgana. Augusto Ferrer-Dalmau ha dibujado tantas batallas como soldados, ya estén en el Flandes del siglo XVII o en el Líbano y el Afganistán del XXI. Suyo es también El último combate de El Glorioso, un cuadro que cuelga de las paredes del Museo Naval de Madrid,  en cuyas salas tiene lugar esta conversación, y que aparece en el vídeo de Javier Martínez que acompaña esta entrevista. 

A las seis de la tarde de un martes, los últimos visitantes del día se detienen ante El Glorioso. Permanecen mucho tiempo con la mirada fija en esos hombres que caen al mar como astillas. Una leyenda escrita a mano permanece oculta ante sus ojos: "Solo, contra todos. También eso, a menudo, fue España". La frase -del puño y letra del escritor y académico Arturo Pérez-Reverte- alude a aquel navío de 70 cañones que, en 1747, de vuelta desde Cuba cargado de oro, libró tres combates contra 12 barcos enemigos, de los que hizo volar uno y hundió otro. Si a los barcos -como a las naciones- pueden atribuirse acciones, habría que decir que El Glorioso murió matando. 

Esta semana se ha publicado un libro que recorre la trayectoria pictórica de Augusto Ferrer-Dalmau . Comienza con sus primeros paisajes urbanos y de la costa catalana, inspirados en Antonio López, y en los que ya se anunciaba el detalle de una pincelada que se haría rotunda al desembarcar en la pintura histórica y militar. El género planteaba, sin embargo, algunos reveses. Se trataba de un arte con gran tradición y que había sido cultivado por los franceses Detaille, Meissonier y Neuville o los españoles Fortuny y Cusachs, pero que en el siglo XXI lucía desubicado y extemporáneo. A Ferrer-Dalmau le dio igual. Desde la infancia había llegado su fascinación por los desiertos, los jinetes y la pintura. Si fue el viento materno o la vocación la que los empujó hasta su adultez, eso sólo lo sabrá él. Por algo lo llaman el pintor de batallas.

La batalla y el héroe atraviesan toda su obra.  Hoy son dos elementos desparecidos o, peor aún, denostados. ¿Por qué pintarlos?

Lo que me atrae es la imagen del soldado. Esos hombres que fueron a luchar y de los que nadie se acuerda. No es el hecho de ir a pegar tiros y espadazos, sino de retratar a aquellos hombres que acudían a su destino: las armas. Esa idea de ‘mi vida son las armas’. Muchos luchaban por una paga. En los Tercios fue así, por ejemplo. Otros lo hicieron por otras circunstancias, por defensa o por conquista. Eso es lo que me seduce. Estos hombres que sólo tenían su vida, su espada y el arcabuz. No tenían nada más. Ni presente, ni pasado, ni futuro. Hicieron verdaderas heroicidades y murieron en el anonimato. Nos olvidamos de miles y cientos de millones de españoles que han combatido para ser lo que somos hoy en día. Victorias o derrotas, heroicas o no. Me interesan los combatientes de esas batallas.

"Estos hombres sólo tenían su vida, su espada y el arcabuz. No tenían nada más. Ni presente, ni pasado, ni futuro"

En el prólogo de este libro Arturo Pérez-Reverte se refiere a usted con el título de una de sus novelas: el pintor de batallas. ¿Pintar batallas es de fachas?

¿Cómo va a ser de fachas pintar batallas? Si es pintar la historia, pintar soldados. ¿Entonces qué, en el siglo XVI y en el XVIII eran fachas? Si esa palabra no llegó a existir hasta hace dos días.

En un mundo higiénico y obsesionado con la corrección como éste, muy bien visto no está.

Hay cierta gente que todo lo que sea un arma, un fusil o una espada, lo asocia con militarismo. Más que hablar de facha hablan del militarismo. Que si esto es una apología a las armas o el ejército… y no es verdad. La humanidad se ha creado a base de guerras. Forman parte del ser humano, desde el inicio de los tiempos. Llevamos dos generaciones sin guerras, es cierto. Incluso puede que sea la primera vez en la historia de España en que dos generaciones no hayan visto ninguna, pero la llevamos dentro. El ser humano es así.

"La historia de la humanidad se hizo a base de guerras. Puede que sea la primera vez en la historia de España en que dos generaciones no hayan visto ninguna, pero la llevamos dentro"

Dar la espalda a la historia militar es una forma de dar la espalda a la historia. Cervantes y Lope de Vega, además de hombres de letras, fueron hombres de armas.

Hay un olvido de todo. De la historia, de la literatura, de la iconografía. La gente no sabe quién es Cervantes, o los Tercios. Es una incultura que viene de las escuelas. Es cierto que a muchos chavales, porque les gustan los cuadros que hago, ahora se interesan por conocer qué es un Tercio. Y si mañana ven un cuadro de Napoleón y les interesa, llegarán a descubrir que hubo franceses en España. La imagen es importante y genera interés al momento de enseñar la historia. Con un libro a palo seco, le dices a un chaval: toma, léete el Quijote o Las Guerras púnicas. Te va a decir: 'tu madre, ¿dónde están las imágenes?'.

¿En qué se diferencia narrar batallas de pintar batallas?

Es lo mismo. Es necesario primero leer sobre la batalla, informarse y documentarla. El escritor no inventa una batalla, la interpreta. Yo hago lo mismo. Al momento de plasmarla, el escritor usa las palabras, yo uso los pinceles. Él la describe, yo la pinto.

La patrulla, de Augusto Ferrer-Dalmau.
La patrulla, de Augusto Ferrer-Dalmau. Augusto Ferrer-Dalmau.

Ha retratado la guerra contemporánea. Estuvo en Líbano y Afganistán, de ahí viene su lienzo La patrulla

He estado dos veces ya en Afganistán y Líbano. Es diferente, porque para documentar las guerras existe la fotografía. Yo lo que intento es plasmar secuencias, a la manera de un boceto, con pinceladas que aporten  más movimiento. Así genero imágenes mucho más amables que la fotografía. Por eso procuro ir al detalle. He pintado afganos, soldados españoles, a la población. Me gusta el boceto para pintar la guerra actual. En el lugar hago apuntes y bocetos en blanco y negro. Cuando llego a la camareta les doy color.

¿Ir a la guerra ha cambiado su percepción de ella?

Acudir a una guerra no tiene nada que ver con ninguna otra experiencia. Tampoco con el servicio militar. Es una sensación. Para explicarlo uso la pintura. Me cuesta mucho más decirlo con palabras. Si ves La patrulla, comprenderás lo que intento describir. Esa sensación es enriquecedora y me ayuda al momento de pintar soldados de esta época o la anterior: es  muy similar a lo que debieron vivir estos hombres hace 200 años.

¿Hoy existe el oficio de pintor de batallas?

En otros países sí. En Estados Unidos existe esa profesión. El cuerpo de marines de los Estados unidos tiene un departamento de pintores de guerra. Rusia también tiene su departamento de pintores de guerra. Trabajan para el Estado, porque se han dado cuenta, desde hace ya muchos años, cómo a través de la pintura se pueden transmitir muchas cosas a la población. La cartelería y la propaganda siempre han usado dibujos. Yo pertenezco a la sociedad de los artistas de guerra, que se dedican a esto como profesión.

"Yo pertenezco a la sociedad de los artistas de guerra, que se dedican a esto como profesión"

Su familia tiene tradición militar. Sin embargo, usted como pintor no comenzó directamente con este tema. ¿Qué lo llevó a dedicarse a esto?

Una vez que me abrí paso en el mundo del arte y cuando había encontrado mi espacio, el cuerpo me pidió pintar este tipo de imágenes. Quería hacerlo. Se lo propuse a mi galería e hicimos una exposición que funcionó. Me costó mucho hacer entrar en razón a las galerías y explicarles que era un producto que podía gustar, ya que es historia y eso despierta el interés. En las primeras exposiciones se formaban filas de personas que entraban sólo por curiosidad, se preguntaban si eran cuadros antiguos o modernos .

Sus cuadros, por cierto, tienen una impronta cinematográfica muy marcada.

Las antiguas batallas se pintaban desde perspectivas muy lejanas. En un mismo plano había que meterlo todo: soldados, cañones. Ahora hablaríamos más bien de una secuencia de la batalla. Yo no quiero plasmar toda la batalla, quiero un trocito de ella. Eso es algo mucho más moderno, más cinematográfico, que forma parte ahora de la pintura militar.

Augusto Ferrer-Dalmau.
Augusto Ferrer-Dalmau. Javier Martínez.

¿Con un estilo realista... o hiperrealista?

Hiperrealismo es cuando  pintas con una fotografía enfrente y reproduces hasta la gotita de agua. Yo no llego a ese punto. Hago realismo. Es intentar buscar un momento del pasado y reconstruirlo, lo mejor posible y lo mejor documentado, para que la gente pueda verlo y decir: esto fue así.  Que la personas se pregunten, por ejemplo, por qué iban descalzos, pues porque no tenían botas. Es fotografiar el pasado.

El pasado, un asunto problemático. 

Los españoles no somos de estudiar el pasado. Lo borramos. Del pasado, acaso, nos interesan las cosas malas y las buenas las olvidamos. En ese sentido somos un país ingrato.

¿Qué batallas pintadas por usted podrían resultar iluminadoras en el presente?

Hay tantas... El pasado es un reflejo del presente. La gente no conoce las Guerras Carlistas, por ejemplo. Fueron tres guerras civiles tremendas, de las más crueles en la historia de España. Ni siquiera fusilaban, mataban pegándoles con piedras para ahorrase el plomo. Ocuparon todo un siglo, desde 1830 hasta comienzos de siglo, algo que la gente ignora.

Ha pintado poco de Guerra Civil. ¿Qué otros periodos de la historia de España le faltan?

Hay muchos. De la Guerra Civil he pintado un par de cuadros, pero prefiero no hacerlo. Es polémico. Si pintas a un bando, mal. Si pintas al otro, mal. Hasta que no entierren de una  vez por todas la Guerra Civil, no se podrá pintar.

Ferrer-Dalmau ante su lienzo sobre El Glorioso, en el Museo Naval de Madrid.
Ferrer-Dalmau ante su lienzo sobre El Glorioso, en el Museo Naval de Madrid. Javier Martínez.

Las batallas navales son importantes en su obra. El Glorioso es de sus cuadros más conocidos. ¿Cuál es la naturaleza de la guerra en el mar?

Las batallas en el mar eran más sanguinarias que en la tierra. Cada vez que soltaban una bomba con cañones saltaban astillas. La cantidad de daño y mutilaciones que provocaban eran enormes. No había escapatoria. En la tierra te puedes esconder, puedes huir, pero cómo huyes de un barco. El tema del mar hay que pintarlo. La historia de España es la Armada, que  es la gran  olvidada. Fuimos amos del océano durante muchos siglos. El XVII y el XVIII fueron los siglos de la hegemonía española en el océano. Hay mucho que recuperar. Muchas historias que la gente desconoce. La mar está llena de huesos de marinos.

¿Por qué es tan importante El último combate de El Glorioso para usted?

Porque es una victoria-derrota. Derrotamos a muchos barcos pero perdimos mucho. Es emblemático, la defensa numantina del español. Numancia, Sagunto... Es algo muy español. Grandes defensas, solos, contra todos. Yo esto -Ferrer-Dalmau señala el óleo que preside la sala-, sin Arturo (Pérez-Reverte) no lo pinto. Tuvimos que hacer una maqueta de un barco, desarbolarla con un taladro, dejarla como debía quedar tras un ataque así.

¿Un taladro?

Sí, sí – Augusto Ferrer-Dalmau ríe-. Un taladro. Fue Arturo (Pérez-Reverte) el que se puso con el taladro a destruir la maqueta. Como si fueran disparos de cañón. Todos esos agujeros que hay son reales. Los hizo Arturo, uno por uno: el mástil para que cayera y empujara el otro, y otra vez a taladrar –explica mientras reproduce la onomatopeya de aquel destrozo, sin evitar una risa-.

¿Adónde nos conduce la historia de nuestra forma de pelear?

Las guerras que vemos hoy son económicas. El que manda es el dinero y cada quien combate de una forma distinta. La prensa es un poder, un arma de guerra. Se acabaron las guerras de tiros y trincheras. Ahora están en los bancos, en las multinacionales. No hay ninguna épica.

¿Qué batallas resumen su obra?

Rocroi, el último Tercio, porque fue el primer cuadro en el que abordé la infantería. Cada pincelada la saboreé y la disfruté muchísimo. El milagro de Empel también es importante, por la carga ideológica y porque tiene elementos muy míos: la pobreza, la miseria de la guerra y eso que al mismo tiempo comporta algo de grandeza. También La patrulla, un cuadro que me trae muy buenos recuerdos. Es de los momentos que más he disfrutado con las tropas españolas.

Rocroi. El último Tercio, de Augusto Ferrer-Dalmau.
Rocroi. El último Tercio, de Augusto Ferrer-Dalmau.

Llegar al final... para entender

Segundo de cinco hermanos del matrimonio entre un industrial catalán y una joven española hija de un oficial de caballería, Augusto Ferrer-Dalmau nació en el seno de una familia de la burguesía catalana vinculada al Carlismo –es sobrino bisnieto del historiador Melchor Ferrer-Dalmau-. Sin embargo dejó Barcelona hace ya casi diez años, harto de esas dinámicas con las que los lugares expulsan a quienes crecieron en ellos. Acaso por eso, por obvia, la pregunta sobre el ‘procés’ está de más... aunque toque. Mientras las cosas estén así, no regresará, dice el pintor.

Augusto Ferrer-Dalmau es un hombre joven, de buena planta. Ríe a menudo. Tiene sentido del humor y el saber estar de los que manipulan con igual elegancia una ironía que el gesto de abrir una puerta. En la sala de armas del Museo Naval por la que ya no pasea ningún visitante –ha cerrado sus puertas hace ya una hora-, Ferrer-Dalmau pasa revista a su biografía. También a los sables y pistolas expuestas. Repara de pronto en una de ellas, un revólver. "Mi abuelo tenía una igual a ésa", dice. Su abuelo fue comandante de Caballería, así que no cabe duda de cuán lejos viene su atracción por los jinetes y los caballos, a los que ha dedicado estampas de una belleza y soledad (lector, por favor: busque El último de Gibraltar) que sobrepasa a la de cualquier carga de infantería.

Hay en el tratamiento de sus cuadros una mirada lectora, la del que cuenta batallas con el ritmo de quien las ha leído. Miguel de Cervantes nunca había sido captado en el fragor de la batalla de Lepanto, y él lo hizo. Acaso porque sus lienzos reescriben páginas que ya muy pocos leen, consiguen retratar ese lugar en el que desesperación y miseria hacen bisagra con la heroicidad o la capacidad de resistir, aun cayéndose a pedazos. Ha tenido que llegar el final de la tarde para averiguar cuál es el vínculo tan sólido que lo sujeta con el pasado, porque Augusto Ferrer-Dalmau más que recrearlo, parece recordarlo o tocarlo con la palma de la mano... de quienes lo antecedieron. 

¿Cuál es el recuerdo militar más temprano que conserva?

¿Recuerdo militar?

Sí, eso. Un recuerdo militar.

Una película, seguro, no sabría cuál de John Ford, pero una película seguro. También un fuerte comanche de soldaditos de plástico. Quizá sea de las primeras que puedo recordar.

Es también un gran lector. ¿Cuál es el primer libro que recuerda haber leído?

Tenía quizá 9 años cuando empecé a leer un libro de (Fernando) Vadillo: A orillas del Voljov. A mi madre le gustaba mucho leer. Fue ella quien me dio ese libro. Ahí descubrí lo que era la División Azul. Me fascinó. Me leí toda la obra de Vadillo. El cine nos había vendido a los americanos como la repera. Yo descubrí a nuestros ejércitos en esos libros. Pasé luego a los Episodios Nacionales, de Galdós, que deberían estudiar en todos los colegios de forma obligatoria. Ahí está todo.

Ahora que habla de su madre y la lectura, ¿cuál es su relación con Marruecos? Se percibe mucho en su obra, aún si aparecer.

La relación que tengo con Marruecos viene de mi madre. Ella trabajó en Asuntos Indígenas durante mucho tiempo. En  mi casa se hablaba mucho de las campañas de Marruecos, porque mi abuelo estuvo en la Caballería. En mi casa se hablaba siempre de África. Mi madre solía añorar el cielo de África, el ruido de África, el olor. Le ocurre a los que han estado en África: la añoran. Así que África representa a  mi madre. Ella era pintora. Hizo muchas pinturas de las campañas de África. La recuerdo pintando aquellos cañones...

Hemos tenido que llegar a la última pregunta para saber que en usted guerra y pintura vienen del mismo sitio: su madre.

Sí, de mi madre. Pintaba muy bien. Ella fue la que me metió en esto. Fue la responsable de lo que soy. Me inculcó la llamada de África. Con aquellos tambores con los que dibujaba a los marroquíes, los jinetes en África. Ella también pintaba sus batallas. Dibujaba a plumilla. La recuerdo. Yo me quedaba mirándola mientras pintaba. A veces le copiaba. Ahí me enganché: el mundo de la batalla, de la pintura, de mi madre. Mi padre no, él era un industrial catalán, el asunto le hacía gracia pero  hasta ahí. La llamada de África me vino de mi madre. Tendría diez o doce años. En mi casa se escuchaban marchas militares. Éramos cinco hermanos y mi madre nos dirigió como a un cuartel. Ella era el sargento mayor, el capitán y el general.

Portada del libro Augusto Ferrer-Dalmau. El pintor de batallas.
Portada del libro Augusto Ferrer-Dalmau. El pintor de batallas.



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