Cultura

Pérez-Reverte 'sabotea' al Guernica: "Picasso nunca fue a una guerra"

Este 3 de octubre el escritor publica ‘Sabotaje’ (Alfaguara), la novela que cierra la serie de espionaje protagonizada por Lorenzo Falcó. Desde París, la ciudad donde se ambienta la historia, Pérez-Reverte habla de esta nueva entrega de la Europa de entreguerras  

El escritor Arturo Pérez-Reverte en París, esta semana.
El escritor Arturo Pérez-Reverte en París, esta semana. JEOSM

Es la tercera y última novela de la serie, de momento. “Esto es como la vida. Hay cosas que acaban así, con asuntos por cerrar”, asegura Arturo Pérez-Reverte ante una mesa del café Les Deux Magots, en el número seis del Boulevard Saint Germain, en París, la ciudad donde transcurre Sabotaje (Alfaguara), la nueva entrega de la saga literaria que el escritor ha dedicado a Lorenzo Falcó, su criatura más reciente: unmercenario astuto, elegante y seductor, un hombre sin escrúpulos que trabaja como espía para el aparato de inteligencia de la Falange, aunque en realidad podría moverse a sus anchas en cualquiera de los dos bandos.“La novela cierra la trilogía, pero no está cerrado el personaje. Tengo proyectos para Falcó”, apostilla Pérez-Reverte, que tiene otros libros en la cabeza, el más urgente de ellos una próxima novela histórica de la que no quiere dar detalles. “No sé cuánto me queda como escritor activo y si me engancho a un personaje,  no podré avanzar. Si vivo lo suficiente, habrá más Falcó y Alatriste”.

Falcó tendrá que destruir el Guernica, el cuadro que el gobierno de la República ha encargado a Picasso para el pabellón español en la Exposición Internacional

Si en el primer volumen de la saga, que comenzó en 2016, Lorenzo Falcó debía rescatar a Primo de Rivera de la cárcel de Alicante y en Eva, la segunda novela del ciclo, tenía que traer de vuelta el oro del Banco de España que permanecía en un barco de la República fondeado en Tánger, en esta ocasión la misión será doble. Falcó tendrá que tender una trampa al intelectual francés leal a la República, Leo Bayard, y destruir el Guernica, el cuadro que el gobierno de Negrín le ha encargado a Picasso para el pabellón español en la Exposición Universal.

Todo ocurre en la primavera de 1937, en el París de las vanguardias, una ciudad en la que se mezclan escritores, intelectuales y no pocos artistas comprometidos, o que dicen estarlo, junto a una potente red de espías en la que se solapan agentes de la Alemania Nazi con británicos, soviéticos, falangistas y republicanos.En estas páginas aparecen desde reporteros y escritores como Gatewood, trasunto del norteamericano Ernest Hemingway –a quien Falcó propina una buena paliza en los baños de un cabaret de Pigalle- hasta figuras que hicieron de la militancia una pose artística. Esta novela es, en toda regla, un retrato demoledor de los falsos compromisos o incluso del papel que jugaron el arte y la literatura como modalidades de propaganda. En Sabotaje el lector se topa con André Malraux, Peggy Guggenheim o Pablo Picasso, pero también con Marlene Dietrich y los habitantes de aquel mundo en el que glamour, militancia y cultura formaban una extraña encrucijada.

El escritor en el número siete de la Rue des Grands-Augustins, el lugar donde Picasso pintó el Guernica.
El escritor en el número siete de la Rue des Grands-Augustins, el lugar donde Picasso pintó el Guernica. JEOSM

“Lo más importante de esta novela era retratar el París de los años treinta. Es una ciudad que conozco muy bien, pero a la que quería recuperar. Revivir el París de las lecturas, el de Hemingway y Fitzgerald. Quise hacerlo sacándola de los tópicos. Ese era el desafío topográfico: retratar esa Francia cobarde que se encamina hacia la Segunda Guerra mundial. Aquí están Hemingway, Peggy Guggenheim o Malraux, sólo que aparecen de otra forma. Los nombres reales me condicionaban tanto, que no me permitían actuar con la libertad del novelista. A diferencia de la historia, la novela necesita un rigor distinto, el que te permite situar un barco en determinado lugar o tiempo al mismo tiempo que te permite manipular otros hechos. Lo divertido es poder hacer cosas como ésa: que Falcó le pegue una paliza a Hemingway en los servicios y luego se bese con Marlene Dietrich. Eso no puedo hacerlo con la historia, pero sí con la novela”.

Arturo Pérez-Reverte contesta a las preguntas de un grupo de periodistas que han viajado desde Madrid para conocer los escenarios de la novela.  Sentado en una de las sillas que presiden la pared acristalada de Les Deux Magot, Pérez-Reverte tiene a su lado una fotografía del autor de Adiós a las armas, Ernest Hemingway, un habitual de este café  de Saint-Germain-des-Prés, lugar de encuentro del París intelectual de finales del siglo XIX hasta mediados del XX y que aún mantiene sus puertas abiertas. Hemingway vivió en aquel ambiente de entreguerras. El corresponsal era un habitual de aquellas terrazas y bares por donde paseaba presumiendo de sus incursiones en las trincheras de la Guerra Civil española. Era, pues, un imprescindible en este libro. Y si algo no cabe duda es que tanto Falcó como Pérez-Reverte se han quedado a gusto con el Big Papa.

"Yo he hecho más guerras que Hemingway, así que sé lo que es ir a la guerra. Por eso sé que es un fanfarrón"

"Lo que más placer me ha dado al escribir esta novela ha sido la paliza a Hemingway” dice Pérez-Reverte riendo. No hace falta pincharlo demasiado para que se desquite, aunque no sin matizar antes, y con cierta cortesía: "Me parece un novelista formidable. Adiós a las armas es muy buena. Por quién doblan las campanas es mejor todavía. Sus cuentos son formidables. Creo que su mejor libro es París era una fiesta, sus memorias, sus falsas memorias parisienses –añade, no sin intención-. Son magníficas. Pero él era un fanfarrón. A ver, no vayáis a titular por ahí, porque tampoco se trata de eso, pero yo he hecho más guerras que Hemingway, así que conozco lo que es ir a la guerra. Por eso sé que es un fanfarrón y esa parte suya, de presumir de cómo se comía las balas sin pelar, de cómo ayudaba y enseñaba a los soldados americanos a manejar el fusil, no me gusta. Como no me caía bien Hemingway como persona, decidí que en esta novela Falcó le diese una paliza en los lavabos de un cabaret de Pigalle. Tenía mis cuentas pendientes con él”, zanja el escritor. Sobre la mesa, junto a los micrófonos y grabadoras de los periodistas, ha quedado un ejemplar del menú del local. Hay un Petit Dejeuner dedicado a Hemingway y otro a Sartre. Curioso, excepto por el yogurt, apenas y se distinguen.

Si para Arturo Pérez-Reverte Hemingway nunca pisó una guerra, queda más que claro que Picasso tampoco. “El Guernica es una alegoría, pero hay mucha más guerra en pintores anónimos del siglo XX. Esa pintura tiene una carga simbólica espectacular que la ha hecho importante.Pero como cuadro  de guerra no es de mis favoritos”, contesta Pérez-Reverte a las muchas preguntas sobre el mordaz perfil que hace del artista, que en estas páginas sí aparece con su identidad real, hasta el punto de llegar a retratar a Falcó, quien, haciéndose pasar por un multimillonario coleccionista, merodea el número siete de la Rue des Grands-Augustins, el lugar donde Picasso pintó el Guernica y vivió durante casi veinte años: desde el inicio de la Guerra Civil, en 1936, hasta 1955, un periodo que incluye no sólo la derrota y caída de la República, sino también los largos y oscuros días de la ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial, un tiempo en el que Picasso se jactaba de su exilio, al mismo tiempo que guardaba silencio ante la invasión.  

Arturo Pérez-Reverte en el café Les Deux Magots junto a un grupo de periodistas.
Arturo Pérez-Reverte en el café Les Deux Magots junto a un grupo de periodistas. JEOSM

 “Yo no critico a los intelectuales de aquella época. Lo hacen mis personajes”, aclara Pérez-Reverte mientras se ajusta los puños de la camisa blanca. El académico y escritor lleva su acostumbrado corte de cabello al ras, pantalones de pinza, americana oscura y un delgado  plumas  a manera de chaleco –en París hace rato que el verano se ha marchado-. “Hubo intelectuales que no pisaron el frente nada más que para hacerse fotos. Se pasearon con pistolas por los bares y los cafés. Eso ocurrió en los dos bandos. Que si Alberti, que si Miguel Hernández. No todos ellos estuvieron luchando o pegando tiros, estuvieron en otros sitios. El problema que tiene toda guerra, y las civiles más, es que al final se la apropian otros. Ocurrió. En una guerra como la española protagonizada por la gente o los desgraciados (el campesino, la gente inculta, la que pelea en un bando porque le ha tocado ahí), una vez pasado el conflicto, es el intelectual quien se adueñó de eso, porque quien pasa a la memoria histórica son sus rostros  y no los rostros de los que combatieron en El Ebro. Quedan los Alberti, Sánchez Mazas o La Pasionaria, pero no el soldadito  con su fusil de asalto. Y ahí hay una injusticia”.

A lo largo de los 18 capítulos de Sabotaje, Arturo Pérez-Reverte pinta la Francia gobernada por el Frente Popular encabezado por Léon Blum, que desaparecería al poco tiempo tras la ocupación nazi hasta transformarse en la República de Vichy. “La Francia de esa época era muy fascista, hasta tal punto que se dejó vencer por el fascismo y que luego quiso justificarse con la ficción de la resistencia a los alemanes”, asegura Pérez-Reverte para dar luces sobre ese París que protagoniza este libro y donde coinciden espías británicos del M16, los servicios de inteligencia rusos, los agentes nacionales y republicanos españoles, así como las mentes oscuras de movimientos nacionalistas y de ultraderecha.  Huele a guerra, cada vez más cerca, en esta novela y sin embargo todo parece una fiesta. El mundo de estos personajes se va a acabar, pero ellos parecen no saberlo.

"Hubo intelectuales que no pisaron el frente nada más que para hacerse fotos. Se pasearon con pistolas por los bares y los cafés"

Mientras unos beben champagne y hacen su propia revolución en restaurante Le Dôme, en Montparnasse, se mueven por detrás personajes oscuros. Los fascismos, el comunismo y las revueltas son una realidad en España y el resto de Europa. Los vascos urden planes de nacionalismo entre San Sebastián y Hendaya –el carlismo, de fondo-  y los catalanes se cobran su propia carnicería, mientras los Nacionales y Republicanos se desangran en una contienda que apenas cumple el primero de sus tres años. Stalin perpetra sanguinarias purgas entre trotskistas y anarquistas y Alemania ensaya su arsenal en una España que libra una cruenta guerra, ésa que servirá de laboratorio en el bombardeo en la localidad de Guernica, en abril de 1937.

 “Me interesaba mucho remarcar esa falsa seguridad que se respiraba entonces. Lo que venía era muy gordo y no todos lo pudieron ver, excepto aquellos lúcidos como Falcó”, explica Arturo Pérez-Reverte. “Entre el París del año 37 y la Europa del 2018 he querido establecer algunos vínculos. Entonces, como ahora, pensamos que estábamos a salvo. Que los alemanes iban a parar, que no pasaría nada. Nos equivocábamos. Siempre pasa. Con eso no pretendo cambiar la percepción de nadie.  En mis novelas  y en ésta en especial, intento recuperar la naturalidad del horror como un elemento natural. Parece que lo tenemos muy lejos de aquí, de este café, les Deux Magots. Pero de pronto llega un yihadista, pega cuatro tiros y lo veremos”. Las palabras de Arturo Pérez-Reverte sobre esta última entrega de Lorenzo Falcó dejan muy claro cuál ha sido su propósito al momento de crearlo.

El autor de la serie Falcó, de la que esta semana publica la tercera novela.
El autor de la serie Falcó, de la que esta semana publica la tercera novela. JEOSM

Además de una recreación histórica que cuida cada detalle, en Sabotaje el lector se topa  con un Falcó más violento, más cínico. Hay más sexo, pero también más velocidad e incluso humor. No falta violencia e incorreción al protagonista. “Falcó siempre fue cruel. Lo que ocurre es que el lector ya se ha acostumbrado. Le voy subiendo la dosis, sexual, de violencia, de amoralidad, de crueldad. Porque puedo jugar con su complicidad.Quería conseguir que el lector tragara con algo así y tragó”. Por si queda alguna duda, el escritor añade: “Yo quería hacer a un perfecto hijo de puta y para eso lo doté de los elementos que lo definirían como tal. Lo introduje en el bando fascista para que fuese completo. El truco fue no hacerlo ideológicamente fascista. Falcó trabaja para ellos, pero no es de ellos. Es un hombre que hace su propia guerra. Es un mercenario y puede cambiar de bando en cualquier momento. Lo que ocurre es que ahora todos los héroes son republicanos, demócratas, feministas avant la lettre, moralistas y buenos”.

En la obra de Arturo Pérez-Reverte los personajes lo son todo. Se trata de hombres y mujeres cuyas fisuras y zonas oscuras han terminado por convertir los apellidos del escritor en un atributo: lo perez-revertiano, ese territorio construido a partir de los grandes relatos de las pasiones y miserias humanas. Él las conoce, de primera mano. Fue reportero de guerra durante 21 años, desde 1973 hasta 1994. Buena parte de esas experiencia irrigan su obra, desde su primera novela El húsar (1986) y a la que siguieron El maestro de esgrima (1988), La tabla de Flandes (1990), El club Dumas (1993) o El pintor de batallas (2006), hasta El tango de la Guardia Vieja (2012) u Hombres buenos (2015). A esas se suman las siete novelas de Las aventuras del capitán Alatriste, serie dedicada al soldado español de los tercios de Flandes Diego Alatriste, una segunda serie a la que se suma Lorenzo Falcó, una criatura incómoda de la Europa de entreguerras que Arturo Pérez-Reverte ha dejado suelto, acaso para que hacer saltar de su sillón a más de un lector del siglo XXI.

Un detalle de la porta de 'Sabotaje'.
Un detalle de la porta de 'Sabotaje'.



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