Atención, pregunta, al estilo de Mario Vargas Llosa: ¿cuándo se jodió el 15-M? Hay muchas respuestas posibles. Una de ellas consiste en recordar a los diputados de Podemos gritando "Sí se puede" cuando Pedro Sánchez ganó en 2018 la moción de censura a Mariano Rajoy, tan lejos de aquel lema quincemero que rezaba "PSOE y PP, la misma mierda es". Un segundo momento, que analiza el filósofo Ernesto Castro en Memorias y libelos del 15M (Arpa), tiene que ver con la placa conmemorativa que colocó Manuela Carmena en la Puerta del Sol, más parecida a una lápida que al tótem de un nuevo tiempo político. El tercer barranco podría ser el ambiente de funeral que rodea el décimo aniversario de aquella protesta popular, que llegó a registrar niveles de apoyo entre los españoles que rebasan ampliamente la mayoría absoluta, alcanzando el 71% dos años después de su máximo punto de ebullición.

En marzo de 2021, nadie defiende ya que el 15-M siga vivo, excepto bajo formas retorcidas: "Resulta irónico que un movimiento social cuyas consecuencias más palpables a medio plazo fueron finiquitar el bipartidismo PPSOE y 'vacunar a este país contra la extrema derecha', según el tópico podemita, cumpla diez años cuando España previsiblemente se encamina hacia un sistema político tripartidista donde le tercero en discordia es -!sorpresa¡- la extrema derecha", resume Castro. Y luego nos recuerda el dato de que en los últimos años la expresión "15-M" se ha usado sobre todo para describir manifestaciones de derechas, por ejemplo la revuelta de los balcones del 1 de octubre de 2017 o las protestas contra el confinamiento sanchista llevaron la etiqueta de "15-M facha". Pocas veces hemos asistido a una derrota más completa de un movimiento de protesta ciudadana.

Portada del libro que publica Ernesto Castro

Ideales e intereses

Como en toda recopilación de materiales diversos -crónica, ensayo, reseña...-, el resultado es irregular, especialmente por la gran altura de la parte más personal. Estamos ante un reseñista brillante, armado de amplia cultura y criterio implacable, pero lo que brilla aquí es su capacidad para rescatar recuerdos relevantes, algunos que rayan en la autolesión emocional. Por ejemplo, azota sin piedad a los "aliades feministas", pero tiene la honestidad de exponer también sus miserias, hasta el punto de narrar el encuentro con una prostituta de la calle Montera tras un intento de ligue fallido -o no tanto-, donde flota la creciente tensión del cortejo en tiempos de hegemonía feminista. Al narrar este episodio, Castro menciona incluso el modesto tamaño de su pene, un comentario kamikaze de mayor voltaje antimachista que cien cursillos de deconstrucción.

La conclusión de Castro es que el 15-M se hunde por su incapacidad para hacer reclamos ambiciosos (la PAH se conformaba con la dación en pago) y de superar los horizontes sociales marcados por el franquismo

Ojo a esto: "Me juego la mano izquierda a que, en el último quinquenio de hinchazón autoficcional y feminista, no se ha publicado ni una sola obra en que un autor famoso y respetable confiese haber pagado por follar", escribe. Unas páginas después, cuando un amigo le trata de 'perdedor' por haber pagado por sexo, Castro replica lo siguiente: "Un hombre incapaz de hacerse una putada a sí mismo es un hombre incapaz de sacrificio. Un hombre sin sentido del absurdo. Un hombre sin ideales, solo intereses. Un hombre de mal perder y peor ganar. El homo economicus de la literatura española reciente", añade. Un problema parecido tienen gran parte de las oleadas activistas actuales, que ponen la exhibición de alma inmaculada por encima de la estrategia de combate. Castro carga contra ellas, especialmente contra la vertiente pija-woke-capitalina, a menudo tan endogámica que llega a bromear con que "Madrid no es un pañuelo, sino los mismos mocos".

Desclasamiento fallido

La conclusión de Castro es que el 15-M se hunde por su incapacidad para hacer reclamos ambiciosos (la PAH se conformaba con la dación en pago) y de superar los horizontes sociales marcados por el franquismo (casa, coche y puesto fijo). Entre los ejemplos que aporta, hay uno especialmente contundente, copiado de su amiga Rocío Lanchares Bardají. "Rocío convenía en que la acampada se había lumpenizado en sus últimos momentos; pero, en vez de desdeñar dicha lumpenización como una deshonra, como una mácula en el palmarés quincemero, estimaba que era su rasgo más valioso e idiosincrático. A su juicio, el 15-M fue un proceso de desclasamiento fallido, en el cual la clase media española ocupó las plazas para gimotear sus neuras, solo para a continuación escuchar que había gente pasándolo mucho peor que ella", recuerda. Este es un factor que raramente se maneja en lo análisis de aquellas protestas.

Diría que estamos ante un libro necesario para comprender el 15-M, que evita el error más frecuente de los textos sobre aquello, normalmente relatos con tintes heroicos donde el protagonista busca cimentar su reputación como 'activista relevante'. Castro, que ha salido escaldado del activismo a pesar de su entusiasmo, acierta al citar la lucidez de muchos asistentes anónimos, que contrasta con las miserias intelectuales de Stepháne Hessel, abuelo espiritual del movimiento por insistencia de los medios de comunicación. Mi consejo para comprender aquella insurgencia efímera de hace diez año es combinar la lectura atenta de este libro con el informe para la Fundación Rosa Luxemburgo que firmaron los sociólogos Jorge Sola y César Rendueles, ya comentado en mayo de 2019 en Vozpópuli. En fin, son muy aprovechables las vibrantes docientas primeras páginas del libro de Castro, acompañadas luego por tres ensayos cortos y enjundiosos, más once 'reseñas antiposmodernas', que confirman la capacidad de análisis del autor, algo de lo que no vamos sobrados.