“No somos de derechas ni de izquierdas, somos de lo nuestro” es el mensaje machacón de un discurso que no quiere situarse en la ultraderecha, su lugar natural, sino que busca apoyo en una base social que se define en otro eje: el del miedo.

Y está convenciendo. Este discurso apela a la identidad: “somos europeos”; al proteccionismo: “estamos contra la globalización”; a la clase: “las élites nos oprimen”. Hasta aquí, son mensajes que hemos escuchado en la izquierda anticapitalista, por ejemplo. Está claro que tienen una lucha pero ¿cómo definen al enemigo? Es ahí donde interviene el miedo al otro: “somos europeos contra nuestro enemigo musulmán”, “aislamos nuestra cultura frente a la invasión extranjera”, “protegemos nuestra riqueza de las manos del inmigrante”.

De esta manera, de tuit en tuit, en cada barra de bar, entre clase y clase, este relato avanza, con su brutalidad y su espesura, con sus banderas amarillas y sus líderes amables.

Las encuestas de cara a las elecciones alemanas del 24 de septiembre prevén que el partido Alternativa para Alemania (AfD) doblará su apoyo respecto a 2013. Eso supone contar con el 10 por ciento de los votos, convertirse, quizá, en tercera fuerza más votada y, lo que es maś relevante, entrar por primera vez con asientos en el Bundestag, donde se exige un mínimo del 5 por ciento.

De esta manera, de tuit en tuit, en cada barra de bar, entre clase y clase, este relato avanza, con su brutalidad y su espesura, con sus banderas amarillas y sus líderes amables.

La socialdemocracia de Martin Schulz no motiva a los alemanes. Merkel sigue contando con respaldo y no se cuestiona su liderazgo. La izquierda crece muy lentamente. Con este panorama, AfD es la opción del voto descontento contra lo establecido, decepcionado, abstencionista, de primeros votantes y transversal: no habría pasado del 5 al 10 por ciento previsto si solo les votaran los neonazis y ultraderechistas germanos.

Si hay hay un tema capital y sin fisuras en el discurso de AfD es su postura sobre la inmigración: un no rotundo. Alemania es el país europeo más expuesto a la llegada de solicitantes de asilo. En los dos últimos años han acogido a más de un millón de personas, pero el discurso antinmigración ha calado transversalmente en la sociedad y en los partidos. Desde la inicial euforia de la Wilkommenskultur (cultura de acogida) se pasó a una cierta decepción, intoxicada por las campañas xenófobas que relacionaban a refugiados con violencia sexual, un tema clave que utilizan blogs, medios y redes sociales para voltear la opinión pública.

El uso de los bulos y las noticias falsas para generar un estado de opinión contra la inmigración en Alemania tuvo su momento más representativo en los incidentes del 1 de enero de 2016, en la celebración del fin de año en Colonia. Una campaña masiva de desinformación responsabilizó a grupos organizados de solicitantes de asilo de agresiones sexuales, masivas, a mujeres. La propia Policía y el Gobierno, que habían alimentado la sospecha, tuvieron que reconocer que tan solo tres de los agresores habían hecho esa solicitud (dos sirios y un iraquí). Además, de las 1.054 denuncias recibidas, 600 estaban vinculadas únicamente con robos y no con abusos sexuales. Pero el daño ya estaba hecho y se desató una ola xenófoba y contraria a la política de la canciller Merkel.

AfD, por supuesto, se alimenta de todo esto y lo fomenta, encabezando una fuerte campaña que identifica Islam con terrorismo, y apela, evidentemente, al miedo.



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