La explosión de contagios en esta quinta ola del coronavirus están afectando de forma muy significativa a la población joven, la menos vacunada. Uno de cada 30 jóvenes residentes en Cataluña (de entre 15 y 29 años) se ha contagiado en los últimos 14 días. Y en este contexto de alarma, se está señalando una y otra vez a los botellones nocturnos y a los tres macrofestivales que se celebraron días atrás. Con la diferencia de que los primeros son espacios de ocio no reglado y los segundos, recintos que desde hace meses se han promocionado ante su público potencial y el resto de la sociedad como espacios seguros.

Tras el repunte de contagios en julio y las quejas del mundo sanitario por la celebración del festival Cruïlla (el último de los tres, una semana después del Vida y Canet Rock), la Generalitat se ha comprometido a realizar estudios de incidencia; algo que no estaba previsto y que el propio Cruïlla aplaude. Mientras llegan esos resultados, es muy difícil que una persona mínimamente cercana al mundo de la música, ya sea como profesional o aficionada a los conciertos, no conozca uno o varios casos de gente que asistió a uno de los tres festivales-prueba (Vida, Canet Rock y Cruïlla) y que ha contraído el virus o haya tenido que confinarse por ser contacto directo con alguien que sí lo ha contraído.

En este clima de escalada de contagios que se está traduciendo en nuevas medidas de control en los eventos culturales (y en la vida social en general), son numerosas las voces que lamentan la celebración de estos grandes eventos con decenas de miles de espectadores. Son quejas que llegan desde festivales pequeños y también desde las fiestas mayores y el ámbito de la cultura popular. Nadie puede acusar a estos festivales de haber provocado una ola de contagios porque aún no hay cifras que lo certifiquen, pero sí se cuestiona la permisividad del gobierno catalán hacia estos macroeventos cuando había una probabilidad razonable de que eventos de pequeño formato y fiestas mayores dispuestas a cumplir los protocolos de aforo y distanciamiento sufrieran las consecuencias de la quinta ola. Y así está siendo ya.

En este contexto tan incómodo y en el que los intereses y los nervios están tan a flor de piel, crece la sensación de que los test de antígenos de los festivales, esos que tenían que garantizar que los recintos eran espacios seguros, han sido un coladero de positivos. El caso de Guillermo L. tal vez sea el más irrefutable. Estuvo tres días en el festival Vida. Volvió sin síntomas, pero el jueves a las 16.15 fue al CAP para hacerse una prueba PCR porque había sido contacto directo con un positivo. Cuatro horas después se hacía el test de antígenos a la entrada del festival Cruïlla. Como dio negativo, pudo entrar al festival pero, por prudencia, tuvo la mascarilla puesta en todo momento y se mantuvo alejado de la muchedumbre. Ni siquiera bebió nada. Solo quería ver a Kase-O. Lo vio y volvió a casa. El sábado a las 16.39, unas 48 horas después, tal como le habían informado, le llegó un aviso con el resultado de la PCR: era positivo.

Manel Cervantes es el máximo responsable del departamento de enfermedades infecciosas del Hospital Parc Taulí de Sabadell. Es una de las muchas voces autorizadas que consideraban peligroso celebrar estos macrofestivales en un momento en que los contagios estaban repuntando de manera tan alarmante. Las cifras recogidas tras el final de curso de los estudiantes y la verbena de Sant Joan ya advertían del repunte. Además, el fin de semana del 26-27 de junio fue el primero en que el Procicat retiró la obligación de llevar mascarillas por la calle si se podía mantener la distancia. Ese es el caldo de cultivo de la quinta ola unido a la expansión de la variante Delta. Las cifras recogidas el lunes 28 de junio marcaban índices muy preocupantes. Se publicaron el 1 de julio. El 1 de julio empezaba el Vida. Demasiado tarde para cancelarlo, quizás.

En aglomeraciones importantes de más de diez mil participantes, los casos que se escapen pueden ser docenas cuando el virus está circulando mucho como ahora

Las imágenes que se vieron en el festival de Vilanova i la Geltrú, con tantísima gente junta y sin mascarilla fueron tan preocupantes que hasta el conseller de Salut, Josep Maria Argimon, se escandalizó y pidió que no se repitieran. Eran aspavientos con efectos retardados que, en realidad, estaban transmitiendo otra información: el festival Cruïlla se celebraría a pesar de todo. El tema era, ¿cómo controlas que 20.000 personas lleven la mascarilla puesta a media noche y en un clima de alegría y despreocupación? Y aquí viene uno de los problemas que señala Cervantes y que no se han cansado de repetir los profesionales sanitarios: un test de antígenos no tiene una seguridad del 100%. “Para descartar la infección cuando (la persona) no tiene síntomas, hay varios estudios que oscilan entre el 60% y el 80%. Cuando hay pocos casos circulando (en la ciudad) y para una actividad recortada en el tiempo, con una participación relativamente poco amplia (de mil o cinco mil personas), los posibles casos que se te escapen serán pocos y tendrán poca trascendencia. En aglomeraciones importantes de más de diez mil participantes, los casos que se escapen pueden ser docenas cuando el virus está circulando mucho como ahora”.

Bastoncillos usados para hacer los tests

Cervantes, por contra, no concede mayor importancia al grosor de los bastoncillos utilizados en estos festivales y que tanto alarmó a algunos asistentes e incluso a auxiliares y enfermeras. “Existe la creencia de que para que un test sea fiable tiene que doler, pero un barrido superficial en la nariz es suficiente. Y para eso no hace falta introducirlo mucho”. Es comprensible, explica, que si el público y las auxiliares llevan meses cribando con bastoncillos finos se extrañen de ver que en estos festivales se hayan hecho con bastoncillos gruesos. Cervantes destaca que en el festival de Cannes ya se están haciendo tests de saliva. Tal vez ha habido un problema de “pedagogía”, indica. De explicar, tanto al público como a las personas que realizaban los tests en los tres festivales, que aquellos bastoncillos gruesos no eran menos fiables que los delgados.

Y pedagogía, insiste, es algo que también ha faltado a la hora de explicar las condiciones de seguridad en que se han celebrado estos eventos. No eran espacios totalmente seguros desde el momento en que las pruebas no eran fiables al 100%. En este sentido, Cervantes se sorprende de que a los asistentes al Canet Rock se les pusiera una pulsera con la expresión ‘Covid Free’ una vez daban negativo en el test. Así se les hacía creer que estaban sanos y que entraban en un recinto lleno de gente sana. Y no era cierto. Era imposible demostrar eso. Pero, una vez recibes este mensaje, tu comportamiento es mucho más relajado que si te dicen: hay un 20% de posibilidades o más de que el test haya fallado contigo y con toda la gente con la que te vas a relacionar hoy en el festival. Y aquí el mensaje que se ha querido transmitir era: ven y pásatelo como no te lo has pasado en el último año y medio. Y otro más pernicioso que se ha ido colando de fondo: los festivales privados son seguros; la fiesta en la calle, no.

Llegados a este punto, no está de más rescatar unas declaraciones a El Confidencial de Jordi Herreruela, director del festival Cruïlla. Son de mayo de 2020, cuando ya se daba por perdida la temporada de festivales: “La tecnología actual para hacer tests no aguanta la masificación porque tiene una fiabilidad del 90%. Pongamos que la mitad de ese margen de error son contagiosos. Si juntas 20.000 personas, ya tienes a mil con capacidad de contagio. Mil personas paseando de escenario en escenario durante horas. Ahora mismo es impensable juntar tanta gente en un concierto”. Han pasado 14 meses desde entonces. Casi el 50% de la población catalana está vacunada, aunque el grueso de gente sin vacunar es de la franja más joven y más festivalera. Pero cuanto más altos sean los índices de contagio en el exterior, más probabilidades hay de que se te cuelen positivos en el recinto porque la tecnología sigue siendo la misma: unos tests de antígenos cuya fiabilidad no es, ni de lejos, del 100%.

A mediados de la semana pasada, cuando la quinta ola ya era una realidad, las autoridades sanitarias catalanas miraron para otro lado. Se limitaron a insistir en que el público tenía que ir con mascarilla en el Cruïlla, pero en ningún momento se plantearon suspender el festival. Hoy, en declaraciones a Cataluña Ràdio, el conseller de Salut Josep Maria Argimon ha bajado del burro: “Ahora no lo repetiría”. La periodista Laura Rosel le ha preguntado directamente si ha sido un error celebrarlos. Y con la mascarilla puesta ha contestado: “Sí”.