A contracorriente

La hora zombi: el nacionalismo toma posesión del cuerpo de Podemos

El nacionalismo, como doctrina política, se basa en anteponer la tribu a los individuos, en fomentar identidades y sentimientos colectivos y situarlos por encima de los derechos básicos de los ciudadanos. De forma más o menos encubierta bajo todo nacionalismo subyace una defensa de la supremacía racial, religiosa, social o económica del pueblo “elegido”, lo cual es una forma indirecta de alabar la vanidad individual de todos y cada uno de sus miembros. El nacionalismo mira a los ojos a la gente y les dice “tú te mereces más”. Y, claro, si por una casualidad no tienes lo que crees que mereces, no es culpa o responsabilidad tuya: es simplemente porque otros te lo han quitado, te han robado (¿les suena?). Es una doctrina política que ha causado atraso, pobreza e incontable sufrimiento a la humanidad (dos guerras mundiales el pasado siglo sin ir más lejos), por su terrible capacidad de expansión y contagio, derivada de la simpleza de su mensaje y de su inmenso poder de seducción.

El nacionalismo a la postre se convierte en un proceso de discriminación social, profesional y económica, especialmente en aquellos lugares con lengua cooficial “propia”

En España el nacionalismo ha sido y sigue siendo un mal endémico. Franco fue un acérrimo nacionalista, pero con el advenimiento de la democracia, y por pura reacción al régimen franquista, ese nacionalismo de ámbito nacional desapareció, o más bien mutó en otros de signo periférico, que bajo el bonito discurso de la diversidad y pluralidad de España en realidad predicaron e impulsaron lo contrario en sus respectivos ámbitos territoriales, en los que han practicado un sistemático proceso de unificación, de “normalización” (que parte de la perversa premisa de que los ciudadanos no son “normales”) y de construcción identitaria, que a la postre se convierte en un proceso de discriminación social, profesional y económica, especialmente en aquellos lugares con lengua cooficial “propia”, en los que una importante parte de la población que no la entiende o domina no puede acceder al empleo público e incluso al privado en condiciones de igualdad con los bilingües.

Este proceso en España ha sido promovido no solo por los partidos nacionalistas, sino también por los partidos nacionales, el acomplejado PP (en sitios como Galicia, Valencia o Baleares) y, especialmente, por el PSOE, cómo máximo representante de una mal llamada “izquierda”, que lejos de ser progresista e internacionalista (“proletarios del mundo, uníos”) abrazó los casposos dogmas del nacionalismo periférico e incluso los privilegios de los que disfrutan algunas de las CCAA más ricas, como País Vasco y Navarra, poseedoras de inexplicables “derechos históricos”.

Todo este proceso de exaltación de las diferencias y de persecución de cualquier cosa que pudiera considerarse “española” ha incrementado la desigualdad y llevado a nuestro país a una situación límite. Pero, como suele decirse, toda situación desesperada es susceptible de empeorar y esos nacionalismos periféricos que, hasta la fecha, habían quedado recluidos en sus respectivos ámbitos de actuación (aprovechando coyunturalmente la aritmética electoral para incrementar sus ventajas y prebendas a través del PNV y CiU) han colonizado un partido político nacional, Podemos. Y es que en su proceso de expansión nacional, dicho partido ha sido invadido por un aluvión de colectivos, mareas y formaciones nacionalistas de variado pelaje, que amenazan con fagocitar al nacionalismo clásico, inclusive a los herederos de ETA, en franca decadencia tras el fin de la violencia terrorista que los protegía.

Era simplemente cuestión de tiempo que el populismo viera la utilidad que, para alcanzar el poder, tiene la poderosa simpleza del mensaje nacionalista

¿Cuáles son las consecuencias de esta colonización? Pues que la prioridad de Podemos ha dejado de ser la justicia social (su particular entendimiento de ese concepto, más bien) para pasar a ser el sentimiento identitario y, a la postre, antes o después, la ruptura de España, potencialmente mucho más peligrosa para la sociedad del bienestar (no digamos ya para los derechos fundamentales) que cualquier otra medida que pudieran haber planteado la formación populista. Y es que era simplemente cuestión de tiempo que el populismo, que no consiste en otra cosa que dar soluciones simples a problemas complejos, viera la utilidad que, para alcanzar el poder, tiene la poderosa simpleza del mensaje nacionalista, del “España nos roba”, que hoy ha tomado cuerpo en un partido político nacional que, por fin, puede hacer realidad sus sueños (más bien pesadillas) identitarias, desvertebradoras de España, aunque para ello su líder máximo tenga que renunciar a ser presidente de un país y conformase con serlo, en su caso, de sus jirones.


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