OPINIÓN

Tanto dolor por tres consejerías

¿Cuándo el socialismo asumió como propios todos los postulados del nacionalismo? ¿Dónde quedan la igualdad, la solidaridad o el internacionalismo que alumbró en su origen dicho movimiento político?

Idoia Mendia se reúne con el Lehendakari Urkullu.
Idoia Mendia se reúne con el Lehendakari Urkullu. PSE

Estos días ando yo un poco atribulado, como abrumado. En parte creo que es por la lectura del magnífico libro de Fernando Aramburu, titulado “Patria”. Y es que cada vez que lo cojo me sumerge en el tenebroso territorio de la reciente historia de mi tierra natal, el País Vasco, marcada a sangre y fuego por el terrorismo de ETA. Es un lúcido retrato, seco, austero, no exento de ironía, de las cicatrices de toda una sociedad: de las familias destrozadas por los asesinatos, reventadas por dentro, de las amistades rotas para siempre, de la lacra social de ser víctima (apestados sociales a quienes sus vecinos les esquivan, les retiran el saludo), del sufrimiento de las familias de los propios asesinos, arrastradas al siniestro mundo de la violencia por sus seres queridos. Va más allá del drama íntimo y personal de los protagonistas de la novela, es una radiografía de la corrupción moral de toda una sociedad. El terrorismo es un disolvente de los valores democráticos, que lleva inexorablemente a una degradación moral colectiva, que es la herencia que hemos recibido del fin (si es que puede hablarse de un fin) de ETA.

Tenía que ser alguien como Aramburu, que vive en Alemania, quién pudiera coger la distancia suficiente para narrar tanto sufrimiento, con un estilo que me recuerda al también memorable libro “cinco horas con Mario” de Miguel Delibes o al mejor Pío Baroja. Este relato tiene más Verdad (con mayúsculas) y autenticidad que mil estudios sociológicos, barómetros sociales o encuestas de opinión que se vaya podido realizar en todo esta historia reciente. Esa es precisamente la grandeza de la literatura.

El pacto de gobierno PNV-PSE es la plasmación de una gran parte de esa degradación moral que tan bien describe Aranburu

Pero hete aquí que, estando yo un poco tocado con mis esporádicas inmersiones en el sufrimiento vasco (olvidado en mi vida cotidiana madrileña, uno de los pocos lugares de España todavía libre de la lacra del regionalismo identitario), me encuentro de repente con el pacto de gobierno PNV-PSE, que es precisamente la plasmación de una gran parte de esa degradación moral que tan bien describe Aranburu.

Vaya por delante que nada tengo que objetar a la existencia de un acuerdo de gobierno entre ambos partidos, que teniendo en cuenta el resultado electoral se presentaba como una opción razonable, más respetuosa que otras con la tan cacareada (pero nunca respetada) pluralidad de la sociedad vasca. Pero una cosa es esa y otra es firmar una infamia como la de ese acuerdo, en el que directamente se claudica ante las tesis del nacionalismo, cuyo fanatismo tanta sangre ha vertido por las aceras de toda España.

Hay muchas formas de corrupción. La corrupción económica es la más conocida y denostada en nuestros días. Pero está también la corrupción moral (la que practica Podemos, p.e., cuando se ausenta airadamente de un acto de pésame a un político fallecido), a la que normalmente se llega previamente por la corrupción del lenguaje. El pacto firmado es un buen ejemplo de eso.

Nuestro terrorismo vasco, el de aquí, no es tal, es mejor llamarlo “violencia” o “actividad armada”

Para empezar, para nuestros nuevos jeltzales (entre los que incluyo a los reconvertidos socialistas) el único fenómeno que merece el calificativo de “terrorismo” es el “islamista” o el “internacional”. Nuestro terrorismo vasco, el de aquí, no es tal, es mejor llamarlo “violencia” o “actividad armada” que, por supuesto, ha generado víctimas de todo tipo, cuyo reconocimiento ha de estar basado en el “principio de igualdad y no discriminación”.  No vayamos a generar desigualdad entre un etarra fallecido durante la manipulación de una bomba lapa o una víctima de accidente de circulación camino de la cárcel de Estremera y una persona asesinada de un tiro en la nuca delante de sus hijos, precisamente por defender la democracia.

Todas las víctimas son iguales, pero unas más que otras, como se suele decir. La prueba es que ese impulso igualitarista no alcanza a las “víctimas de la violencia contra las mujeres”, que curiosamente sí se identifican claramente, sin ambigüedades.  ¿Se imaginan que el documento extendiera el concepto de víctima de la violencia género al cónyuge que se suicida tras el asesinato de su pareja? O que conminara a ambas partes (asesinos y asesinados) a una pacífica convivencia (en este caso supongo que familiar), dedicando varias páginas a proponer medidas para garantizar el bienestar carcelario de los agresores… No ¿verdad?

El documento, cómo no, consagra el milenario agravio sufrido por el pueblo vasco que requiere inmediatamente una “Ponencia de Autogobierno” para discutir a fondo el “reconocimiento de Euskadi como nación” y “del derecho a decidir del Pueblo Vasco”. Todo ello, por supuesto, aderezado con toda la retórica nacionalista respecto al euskera, la lengua “propia” de Euskadi. A continuación, en un alarde de generosidad, se afirma que “el euskera convive con la otra lengua que también es de Euskadi: el castellano”. La diferencia no es baladí: el euskera es propio de Euskadi, el castellano un incómodo inquilino que está por allí….hasta que el propietario lo desahucie, claro.

Por transferir proponen hasta la cesión de la competencia sobre “meteorología”, no vaya a ser que desde Madrid nos cambien nuestro soleado tiempo por alguno más brumoso

Como no podía ser de otra manera el pacto está lleno de bienintencionadas propuestas económicas y sociales. Pero, más allá de las habituales promesas, si destaca por algo es por su desconfianza hacía España (perdón, hacia el Estado español). “Constatamos con preocupación la existencia en el Estado de un fuerte impulso recentralizador”, afirma lapidariamente. Y, tras ello, se conjuran para “poner especial celo en denunciar y evitar las actuaciones del Estado que supongan una intromisión”, denunciando “la activación de las competencias de coordinación” o que “el Estado ha promulgado numeras Leyes Básicas que han afectado negativamente al autogobierno vasco”. De la solidaridad, la igualdad y otros principios hablamos casi otro día.

Todo ello con un objetivo: reclamar a continuación la transferencia de todas las competencias imaginables (algunas que incluso desconocía que existieran), inclusive todas las relativas a la Seguridad Social (esa de la que tanto han alardeado los socialistas precisamente como instrumento de vertebración de nuestro país). Por transferir proponen hasta la cesión de la competencia sobre “meteorología”, no vaya a ser que desde Madrid nos cambien nuestro soleado tiempo por alguno más brumoso que retraiga el turismo de fin de semana.

¿Cuándo el socialismo asumió como propios todos los postulados del nacionalismo? ¿Dónde quedan la igualdad, la solidaridad o el internacionalismo que alumbró en su origen dicho movimiento político? ¿Para qué dieron su vida tantos socialistas valientes si no fue para defender la Constitución, la Ley y la igualdad de todos los españoles?

Tanto sufrimiento baldío. Moneda de cambio de tres consejerías.


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