A contracorriente

Malos tiempos para la solidaridad

Lejos, muy lejos, queda el famoso ¡Proletarios de todos los países, uníos! del manifiesto del partido comunista de Marx y Engels. Muy lejano suena también la corriente de solidaridad internacional que alumbró la Organización Internacional del Trabajo en 1919, tras la Primera Guerra Mundial, o la misma creación de la Comunidad Económica Europea en 1957, en un desesperado intento de que los nacionalismos europeos no volvieran a provocar una matanza como la que supuso la Segunda Guerra Mundial.

La solidaridad no está de moda y vuelve, lenta pero inexorablemente el más rancio de los nacionalismos

Hoy, desgraciadamente, la solidaridad no está de moda y vuelve, lenta pero inexorablemente el más rancio de los nacionalismos, disfrazado con nuevos ropajes pero tan retrogrado y peligroso como siempre. Bajo una ligera capa de barniz irrumpen en muchos lugares del mundo nuevas teorías de sustrato supremacista, en cuya virtud hay que evitar que los vagos y maleantes del sur se aprovechen de los trabajadores norte: dícese tanto de perezosos griegos o españoles frente a eficientes alemanes, como de vividores andaluces frente a laboriosos vascos o catalanes.

Prueba de lo anterior lo encontramos, sin ir mas lejos, en España, en la que la otrora solidaria e internacionalista izquierda ha abrazado de forma entusiasta los postulados del más rancio nacionalismo regional, que antepone los derechos de los “pueblos” (lo que tal concepto signifique) al de las personas o que aboga por el llamado “derecho a decidir”, que no es otra cosa que levantar fronteras, separando casualmente las zonas más ricas de España de las más modestas. En otros lugares mas lejanos prosperan tipos como Donald Trump, con un mensaje de corte xenófobo, que se puede resumir en el tradicional “los americanos primero”, que garantiza seguridad y proteccionismo a la industria americana frente a la competencia de los países emergentes, prometiendo medidas para acabar con la deslocalización de empresas (si es que tal cosa es posible) o medidas que, directamente, garanticen a los WASP (blancoanglosajón y protestante) una preponderancia social cada día más cuestionada, frente, sobre todo, a la pujante comunidad hispana.  

También en España encontramos partidos que apuntan a este proteccionismo de nuevo cuño. Hace bien poco, en un reciente mitin de Podemos (al día siguiente de haber disfrutado de su ya célebre caldereta de langosta) nos ilustraba Irene Montero sobre su particular concepto del patriotismo, indicando que "ser patriota es defender a tu gente frente a los intereses de las empresas extranjeras". Frase que rezuma a iguales dosis paternalismo y xenofobia (en un mundo globalizado ¿qué entiende por empresas extranjeras?) y que podría haber dicho sin despeinarse la mismísima Marine Le Pen, lider del poderoso Frente Nacional Frances, cuyas coincidencias con Podemos no son de ahora (les animo a que cotejen los últimos programas electorales de ambas formaciones populistas).

El populismo no es patrimonio ni de la izquierda ni de la derecha ni es precisamente nuevo

Y es que el populismo no es patrimonio ni de la izquierda ni de la derecha ni es precisamente nuevo, sino tan viejo como las sociedades humanas. Es el discurso del odio (los X nos roban, nos quitan lo que nos pertenece), de la diferencia (lo de aquí frente a los de fuera) y, en definitiva, el discurso del miedo (Y o Z se apropian de “nuestros” trabajos o ponen en riesgo nuestra seguridad).

Hasta tal punto se ha perdido la batalla de la solidaridad y la igualdad en nuestro país que si en algo ha habido unanimidad desde el advenimiento de la democracia (coinciden sospechosamente en ello PP, C’s, PSOE, Podemos y los partidos nacionalistas, con la notable excepción del partido magenta) ha sido precisamente en preservar a toda costa los “derechos históricos” de algunas comunidades como País Vasco y Navarra que, siendo de las regiones mas ricas, se encuentran sobrefinanciadas y doblemente favorecidas con un sistema foral, fiscal y competencial privilegiado del que carecen las restantes, generando crecientes desigualdades en función del lugar de nacimiento.

Vivimos, en definitiva, malos tiempos para la solidaridad. La demostración de ello es el inminente referendum británico de pertenencia a la Unión Europea. Basta con echar un vistazo a los términos en que se ha desarrollado la campaña electoral para comprobar que lo que quieren los partidarios del Brexit son cosas tan concretas como que los inmigrantes no puedan repatriar a sus países de origen las ayudas y prestaciones sociales que reciben del sistema social ingles o que, directamente, no puedan acceder a créditos fiscales y otros beneficios sociales. Y estos nuevos separatistas abogan por algo tan moderno como un mayor proteccionismo para la City, para lo cual no dudan en incitar los más bajos instintos identitarios, aunque para ello tengan que resucitar el añorado imperio británico.

Siempre pensé que los líderes políticos estaban precisamente para guiarnos a una sociedad mejor y no para hacer el trabajo sucio

Probablemente sea culpa de mi limitada capacidad de entendimiento, pero si hay algo que no puedo comprender es a los dirigentes políticos como Cameron que plantean referéndums en los que no creen y en los que hacen campaña en contra de lo mismo que están preguntando a los ciudadanos. Algo que por cierto me recuerda al mismo Pablo Iglesias que promete consultas sobre el “derecho a decidir” en prácticamente todas las Comunidades Autónomas en las supuestamente abogará por el amor y fraternidad entre españoles. Siempre pensé que los líderes políticos estaban precisamente para guiarnos a una sociedad mejor y no para hacer el trabajo sucio precisamente a lo que quieren que volvamos a los tiempos oscuros de la supremacía racial, nacional, social o identitaria y del rancio nacionalismo que tanto dolor ha causado a la humanidad. Está visto que mi ingenuidad no tiene límites.


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