Utrimque Roditur

¿Y si hiciéramos un escrache al juez Sexmero?

A lo largo de mi vida política he padecido un par de escraches. El primero fue a comienzos de los años ochenta cuando un grupo de energúmenos, gritando “ETA mátalo”, apedrearon mi casa, rompieron los cristales del portal, abrieron la puerta de entrada y, como signo de sus buenas intenciones, tiraron dentro dos cócteles molotov. Hecho esto trataron de acceder al interior. Los invasores no contaban con que custodiaban mi domicilio dos ángeles de la guarda uniformados, que ante el cariz que tomaban los acontecimientos se vieron obligados a disparar al aire para dispersar a los agresores. En aquellos momentos yo me encontraba en mi despacho de la presidencia de la Diputación Foral y en mi casa solo estaban mi mujer y mis seis hijos.

El otro escrache no fue violento pero no por ello menos agresivo. Un buen día, a mediados de los noventa, aparcaron frente a mi casa una camioneta especialmente adaptada para mítines callejeros. A las ocho de la tarde, ante medio centenar de personas, un individuo de la izquierda aberzale proetarra leyó un comunicado. En él se decía que “el señor que vive en frente” es el “mayor enemigo del pueblo vasco” y además un auténtico “genocida cultural” por practicar una política de exterminio del euskera. Dicho esto los congregados levantaron el campamento y se fueron. Como en la visita anterior, en mi casa sólo estaban mi mujer y mis hijos, pues yo me encontraba en el Congreso de los Diputados. Esto ocurrió en los años de plomo, cuando los pistoleros de ETA tenían a los políticos del PP en su punto de mira.

La verdad es que no se me ocurrió denunciar a los participantes en ninguno de esos singulares escraches, palabreja importada de tierras americanas con la única intención de dulcificar lo que pura y llanamente en el idioma de Cervantes se llama acoso y coacción. El intento de asalto a mi casa pasó inadvertido para los medios ‘nacionales’, porque en aquella época en las calles del País Vasco y de Navarra los cachorros de ETA campaban a sus anchas. Pamplona era escenario, un día sí y otro también, de violentas algaradas callejeras, de eso que más tarde se dio en llamar kale borroka.

La resolución del juez

Todo esto me ha venido a la memoria a cuenta de la resolución de un juez de Madrid que considera que el acoso sufrido por la vicepresidenta Sáenz de Santamaría en su domicilio, protagonizado por los agitadores que utilizan la tragedia de los desahucios como arma arrojadiza contra el Gobierno, no puede considerarse como tal porque los políticos no son iguales ante la ley y han de soportar que sus derechos fundamentales a la inviolabilidad del domicilio, al honor y a la intimidad queden minimizados ante el ejercicio de la libertad de expresión. En este caso, los manifestantes sólo causaron pequeñas “molestias” en el tráfico (sin estar amparados por la legislación reguladora del derecho de manifestación) y algunas “incomodidades” al tener que oír algunas “ofensas” que no pueden considerarse violencia sino seráficas muestras de la libertad de expresión. Prueba del pacifismo de los manifestantes es que “no portaban armas”. Así tal cual.

El seráfico juez Sexmero no ha tenido en cuenta que vivimos en una sociedad crispada, donde es muy fácil que de las palabras se pase a los hechos. No sé qué pensaría –e incluyo también al presidente del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Supremo, señor Moliner, que fue el primero en dar carta de naturaleza al acoso domiciliario- si supiera que un grupo de indignados, con la loable intención de protestar por el lamentable estado de la Justicia o por alguna de sus resoluciones judiciales, organizara una visita a su domicilio para hacer un escrache, pacífico y por supuesto sin armas, en ejercicio de la sacrosanta libertad de expresión. Me gustaría que quienes se muestran tan comprensivos con el desafuero callejero experimentaran qué pasa por la mente del acosado y de su familia cuando ven que se acerca una cuadrilla de gente vociferante, cuyas intenciones desconocen, que comienzan por empapelar la fachada de la casa con pasquines para que todos se enteren que allí vive un enemigo del pueblo, que gritan contra el escrachado, le ponen de chupa dómine e incluso insinúan que es un asesino, y que no saben si se irán pacíficamente o pasarán a mayores. Que supieran qué se siente al estar sitiado por un grupo de energúmenos y, si tiene hijos menores de edad, quitarles el miedo y explicarles que su padre ejerce una profesión honorable y que hacer justicia es una de las más nobles funciones de la sociedad.

Los políticos tienen el deber de soportar estoicamente la crítica de los ciudadanos. Pero también son, al igual que los jueces, titulares de derechos fundamentales inviolables (honor e intimidad). Y que una de las conquistas de la democracia es que los cargos públicos puedan ejercer sus responsabilidades con total libertad, sin temor a ser agredidos, coaccionados, insultados, vejados o calumniados en su ámbito personal y familiar por quienes discrepen de sus actuaciones políticas.


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