OPINIÓN

¿Para cuándo la revolución catalana?

¿Cuántos años llevamos hablando ya "en serio" de la independencia de Cataluña? ¿Casi siete, después de la decisión del Tribunal Constitucional sobre el estatuto catalán de 2006? ¿Casi cinco, después de la reunión entre Artur Mas y Mariano Rajoy en Moncloa en 2012, en la que el Presidente le dijo al President que "no"?

¿Para cuándo la revolución catalana?
¿Para cuándo la revolución catalana? EFE

Cataluña y España no son Escocia y el Reino Unido, por mucho que se hayan emocionado en Barcelona la semana pasada al anunciar Nicola Sturgeon que su gobierno regional va a pedir otro referéndum sobre la secesión de Escocia a raíz de lo del Brexit. Nótese el verbo «pedir», que significa, igual que la otra vez en 2014, que ella sola, por su cuenta, no puede montar ninguna consulta de nada, y aquí hallamos el punto central que a los forofos se les olvida cuando comparan los procesos independentistas en Escocia y en Cataluña. Allí, dicen los independentistas catalanes, hay democracia y bondad, y aquí represión y maldad. No. Allí hay unas formas constitucionales, unas leyes y normas, y aquí hay otras. En cada país, existe un poder real y las constituciones describen cómo se puede emplear, y por quién.

En ambos sistemas, español y británico, corresponde al presidente o primer ministro de la nación decidir, en última instancia, qué hacer

Corresponde en ambos sistemas al presidente o primer ministro de la nación decidir, en última instancia, qué hacer. Aquí Rajoy decidió, como todos sabemos, que la respuesta fue, es y será que «no», que de ninguna manera. Eso a uno le puede gustar más o menos, puede apoyarlo más o menos, o creerlo más o menos sensato desde las múltiples perspectivas que hay sobre algo tan complejo, pero Rajoy ha defendido su «no» y lo ha hecho desde el principio con argumentos constitucionales, eso de «la indisoluble unidad de la Nación española». Allí David Cameron decidió que «sí», que venga, que por qué no, sólo es una votación, porque también le correspondía esa decisión dentro del sistema constitucional británico. Ya verán como esta vez Theresa May decide que no es una propuesta tan interesante. El jueves, May ya dijo que «ahora no es el momento» para otra consulta. ¿La respuesta de Sturgeon? Que esa actitud es «¡un disparate democrático!». ¿Les suena de algo?

¿Cuántos años llevamos hablando ya "en serio" de la independencia de Cataluña? ¿Casi siete, después de la decisión del Tribunal Constitucional sobre el estatuto catalán de 2006? ¿Casi cinco, después de la reunión entre Artur Mas y Mariano Rajoy en Moncloa en 2012, en la que el Presidente le dijo al President que "no"? Muchos, en todo caso. Si contamos desde la sentencia del TC en junio de 2010, llevamos hablando de la posible secesión de Cataluña más tiempo que lo que duró la Segunda Guerra Mundial, desde la invasión de Polonia en septiembre de 1939 hasta que los japoneses firmaron la rendición en septiembre de 1945.

Instalados en la retórica y el insulto, ni los independentistas avanzan más allá de las banderas, las camisetas o algún informe o documento medio secreto, ni los unionistas consiguen desactivar la trama

¿Y dónde estamos tantos años después, tras varias romerías separatistas organizadas cada 11 de septiembre, que si una gran "V" urbana (de "vía", que no "victoria"), una cadena humana por toda "la nación" (la "Vía Catalana hacia la Independencia"), o una "Vía Libre a la República Catalana", segmentada por tramos temáticos tipo democracia, justicia, diversidad e igualdad (nótese la ausencia de los tramos de "corrupción", "Espanya ens roba" o "el 3%")? Hablando estamos, no obstante alguna sentencia nueva del Tribunal Constitucional o alguna declaración separatista del Parlament (no son más que maneras de conversación—o de bronca—institucionales). Instalados en la retórica y el insulto, ni los independentistas avanzan más allá de las banderas, las camisetas o algún informe o documento medio secreto, ni los unionistas consiguen desactivar la trama o convencer a sus conciudadanos con ninguna propuesta política brillante nueva.

Yo no digo nada sobre la legitimidad política—que no constitucional—de la visión compartida del país de las maravillas con la que sueñan los independentistas catalanes. Que cada uno fantasee con lo que quiera. Está claro, sin embargo, que así no lo van a conseguir. El Estado español es algo muy real, aunque no solemos darnos cuenta más allá de los aspectos que nos tocan en el día a día (la sanidad, los colegios, el paro, los impuestos, etc.). Al Estado le corresponde casi todo el poder "duro": Defensa, Justicia, Interior, economía, la moneda, Asuntos Exteriores, infraestructuras del Estado, etc. A las comunidades autónomas, Cataluña incluida, les tocan los aspectos "blandos": urbanismo, montes, agricultura, pesca, ferias, cultura, artesanía, etc. En los artículos 148 y 149 de la Constitución tienen las listas completas, que son ilustrativas desde esa perspectiva. Por mucho que los independentistas quieran sentarse a hablar de la Cuenca del Ebro, de la red eléctrica o de las bases militares, si el Estado no envía a nadie a las «negociaciones», Puigdemont y Junqueras estarán hablando con las paredes.

Dibujar de nuevo el mapa de la Península Ibérica y llevarse la quinta parte del PIB sería, efectivamente, una revolución. Posible –son posibles– pero la historia nos dice que no salen gratis

No es que no hayamos visto en esos mismo años a pueblos capaces de lograr grandes, y antes impensables, cambios históricos. Los dos ejemplos que se me ocurren son Egipto y Ucrania. La Plaza Tahrir y la Plaza Maidán. En tres semanas en 2011, los egipcios lograron quitar a Mubarak, quien llevaba 30 años instalado en el poder. En tres meses en el invierno de 2014, los ucranianos lograron quitar a Yanukovych. En Egipto se habló de varios centenares de muertos y hasta 3.000 heridos. En Ucrania, decenas de muertos y centenares de heridos. En ambos casos, duros enfrentamientos con la policía. En Kiev, los manifestantes se plantaron y aguantaron todo un invierno de frío y nieve. No por nada se habla de la revolución egipcia de 2011 o la revolución ucraniana de 2014.

A finales de septiembre de 2014, antes del 9-N, el Tribunal Constitucional anunció que la gran consulta no se podía celebrar y se convocaron manifestaciones independentistas para las siete de la tarde. Fue en teoría un momento digno de novela: el malvado tribunal español ha dicho que no podemos votar, habrá que plantarse, llenamos las calles, protestamos, etc. En la Plaça de Sant Jaume, se congregaron varios centenares de personas. Llovía, pero cantaron Els Segadors unas cuantas veces bajo los paraguas. Si la memoria no me falla, había fútbol ese día. Para las ocho, como muy tarde, la plaza estaba vacía. Dibujar de nuevo el mapa de la Península Ibérica después de 300 años y llevarse la quinta parte del PIB o la cuarta parte de turismo del reino sería, efectivamente, una revolución. Posible –son posibles– pero la historia nos dice que no salen gratis.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba