OPINIÓN

La peligrosa retórica de Puigdemont

El lunes por la mañana, Puigdemont echó en cara al Estado los atentados terroristas de agosto y criticó la "deslealtad" de los servicios de información: "no sabemos si habríamos podido evitar un atentado y más muertos".

La peligrosa retórica de Puigdemont.
La peligrosa retórica de Puigdemont. Europa Press
"Verdugo". "Verdugo" quien ejecuta a presos. "Verdugo", encapuchado feroz y ominoso. "Verdugo" escribió Puigdemont en Twitter la otra noche. "Verdugo" es España, decía Carles Puigdemont, el expresidente de la Generalitat fugado, desde Bruselas, el 20-N, el aniversario de la muerte de Franco. "El verdugo se apropia del relato del inocente" fue la frase completa; y siguió: "Los fascistas herederos del Movimiento dicen nazis a los nietos de los fusilados". "Si lo consentimos", concluía: "desapareceremos". En otro tuit el mismo día, habló de que el Gobierno busca "erradicar el autogobierno" catalán, quiere "forzar el exilio" a Bruselas, o procede contra Barcelona y la adjudicación de la Agencia Europea de Medicamentos (EMA) "con violencia".
La retórica puede ser varias cosas. Puede ser la repetición o el estilo que uno emplea al hablar o construir frases (como lo que he hecho en el primer párrafo con "verdugo", o aquí con "puede ser"); puede ser la construcción de un argumento sobre un tema determinado (Pablo Iglesias y "la casta"); puede ser el uso de esos argumentos, sobre un tema determinado, en un espacio público (el juego de Rufián con la impresora en el Congreso); puede ser la manera que tiene uno de hablar en público frente al estilo de otro (el populismo enojado de Iglesias frente al pasotismo del Rajoy lector de Marca); y puede ser por último el enfrentamiento de todas esas ideas en el mismo espacio público: la manera que tenemos de hablarnos todos, en algún espacio más o menos compartido.

El político hábil emplea cada uno de esos aspectos del discurso público constantemente, incluso cuando nos dice que no lo está haciendo

El político hábil emplea cada uno de esos aspectos del discurso público constantemente, incluso cuando nos dice que no lo está haciendo. La retórica del anti-político, del "hombre auténtico", del pueblo, sigue siendo una presentación pública, un intento de cazar votos o vender un programa, promocionar una ley, o generar entusiasmo hacia cualquier actuación política. Incluso el silencio se puede interpretar como retórica, al estar cargado de significado en cierto momento clave. Miren si no estamos todos más pendientes durante las crisis de lo que vaya a decir el Presidente del Gobierno o el Rey o el líder del partido en apuros. Se hacen de rogar a sabiendas.
La retórica es una herramienta pero puede ser un arma, y peligrosa. El camino hacia el precipicio psicológico está ya muy estudiado, desde los nazis hasta la ex-Yugoslavia o Ruanda. Los pasos son crear una comunidad moral diferente, confrontar esa moralidad con otra, demonizar al otro, fomentar la sensación de peligro o amenaza que sale de ese otro—si puede ser con un elemento de asco o suciedad de por medio—y por fin aumentar la creencia compartida de que es aceptable alguna respuesta violenta frente a ese peligro para el grupo moral. El "ellos contra nosotros" llevado a un extremo. Los nazis describían a los judíos como "ratas" en Der Stürmer, su tabloide; los hutus etiquetaban a los tutsis de "cucarachas" en Ruanda en Radio Télévision Libre des Mille Collines. En ambos casos se trataba de exterminar la plaga.

¿En qué momento se pasa de unos informativos aún descriptivos pero "emocionantes" a noticias o columnas que sugieren o promueven el conflicto con el otro como una opción legítima?

Nótese que es una escala, un camino de un extremo a otro, y que tanto el papel de los medios como el lenguaje que se usa en ellos son fundamentales. No se trata sólo de los políticos sino de sus mensajes y el estado de ánimo que infunden en las poblaciones. Si la C-SPAN estadounidense—que se limita a retransmitir las sesiones legislativas públicas sin comentarios—fuera el cero más neutral y aburrido, el Der Stürmer nazi o la Radio Mille Collines hutu serían el 10 más extremadamente genocida y demencial. En medio están todos los demás pero es harto difícil especificar dónde está el cinco: ¿en qué momento se pasa de unos informativos aún descriptivos pero "emocionantes" a noticias o columnas que sugieren o promueven el conflicto con el otro como una opción legítima?
Entre el 0 y el 10, y seguramente más allá del 5, estarían los populistas pendencieros tipo Pablo Iglesias, Julian Assange, Donald Trump o Nigel Farage, siempre dispuestos a pasarse tres pueblos en el enunciado con tal de generar más titulares o conseguir unos segundos adicionales en los telediarios (o coparlos enteros en el caso de Trump), siempre provocando, normalmente con ideas ilusorias que poco tienen que ver con la realidad, actual o futura. Ahora Puigdemont se encuentra en ese grupillo. 
Mientras termino la columna esta semana, leo que la Junta Electoral Central ha prohibido a TV3 decir "Presidente Puigdemont" o "consejeros encarcelados" durante la campaña, por no ser términos lo suficientemente neutros y descriptivos: tendría que ser "expresidente Puigdemont" o "antiguos consejeros", en todo caso. Los lectores separatistas ya están denunciando la "censura" en Twitter. El lunes por la mañana, Puigdemont echó en cara al Estado los atentados terroristas de agosto y criticó la "deslealtad" de los servicios de información: "no sabemos si habríamos podido evitar un atentado y más muertos". Las palabras, su uso y las ideas que sugieren importan más de lo que solemos pensar. La crisis se puede describir perfectamente como un duelo entre dos moralidades o comunidades de creencias distintas. Que lleven cuidado.

Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba