OPINIÓN

DMax y las incoherencias del asesino Rabadán

El documental optó por un sensacionalismo atroz. Abre con la catana ensangrentada encima de la cama donde Rabadán la dejó. Se ven los charcos y regueros de sangre e incluso muestran los cadáveres ensangrentados de mamá y papá, inmóviles y sin vida en el piso donde ocurrió el crimen.

DMax y las incoherencias del asesino Rabadán.
DMax y las incoherencias del asesino Rabadán. Michael Wuensch
En los primeros minutos del documental de DMax sobre José Rabadán, "Yo Fui Un Asesino", un proyecto true crime que se gestó durante cinco años y que se emitió la semana pasada en dos capítulos, sale otro murciano, José Moreno Muñoz, que también sería asesinado en el año 2007 en otro oscuro delito en un barrio cercano al lugar donde ocurrió el crimen de la catana en el año 2000. 
Moreno trabajaba en una funeraria y sale en las imágenes de entonces sacando los cadáveres de Rafael Rabadán Tovar (51 años, padre), Mercedes Pardo Pérez (54, madre) y la pequeña María (9, hermana menor) de la casa familiar en la que su hijo y hermano les había asestado, según el forense que sale en el programa, entre 90 y 100 sablazos con una espada samurai y un machete. A Moreno le mató uno, Manuel Sánchez, que era entonces amante de su mujer, Mari Cruz Alburquerque, en la puerta del garaje de la funeraria donde trabajaba, y en confabulación con la esposa. Al final a ella le cayeron más años de cárcel, 18, que al amante, quien colaboró con el Fiscal y vio reducida su sentencia a 16 años.

DMax mezcla las entrevistas con el asesino, los policías, los forenses, los periodistas y los abogados con la recreación de los momentos del homicidio, esparciendo sangre falsa en habitaciones oscuras al sonido de sablazos y machetazos

El documental optó por un sensacionalismo atroz. Abre con la catana ensangrentada encima de la cama donde Rabadán la dejó (las imágenes reales, el vídeo de la Policía, no una recreación). Se ven los charcos y regueros de sangre e incluso muestran los cadáveres ensangrentados de mamá y papá, inmóviles y sin vida en el piso donde ocurrió el crimen. Al mismo tiempo, como si lo anterior no fuera lo suficientemente hiriente, DMax mezcla las entrevistas con el asesino, los policías, los forenses, los periodistas y los abogados con la recreación de los momentos del homicidio, esparciendo sangre falsa en habitaciones oscuras al sonido de sablazos y machetazos. De las figuras en las infografías que representan los cadáveres dentro de la casa, emana tinta roja.

Unos meses en la cárcel, cinco añitos en un centro de menores, dos de libertad vigilada y ala, a vivir

El programa dedicó la mayor parte del tiempo en pantalla a la figura del asesino, quien se dice rehabilitado pero quien no quiere hurgar en las partes más oscuras de su interior—"dónde no tengo intención de sacarlo"—para ver si es verdad. La juventud de Rabadán, el crimen de Rabadán, la huida de Rabadán, el juicio de Rabadán, la cárcel de Rabadán, Rabadán en el centro de menores, la rehabilitación de Rabadán, el regreso de Rabadán, los amigos nuevos de Rabadán en Santander y por fin la esposa y la hija de Rabadán, felices todos ahora en una pradera bucólica en el norte de España, lo cual contrasta con el pasado malvado, terrible, doloroso y desértico en una ciudad del sur. Familia asesinada, familia creada; unos meses en la cárcel, cinco añitos en un centro de menores, dos de libertad vigilada y ala, a vivir.
Los comentarios de los expertos en el documental dan a entender que la sentencia fue escandalosa, que hubo acuerdo con el Fiscal que no juicio, y que sólo dos doctores, Barcia y García Andrade, creyeron lo del episodio epiléptico. El resto, se nos da a entender, incluida toda una sociedad de neurólogos, como que no. Uno llega a describir a Rabadán como un "psicópata narcisista sádico", que visto los 90 a 100 sablazos a mamá, papá y la hermanita con síndrome de Down, en los 15 o 20 minutos que duró el baño de sangre aquella noche mientras dormían, tiene a primera vista más sentido.

El conjunto de elementos o excusas que se nos presental no explica por qué lo hizo, y el documental no profundiza

El conjunto de elementos o excusas que se nos presenta—y que se presentó en su momento durante el proceso judicial—no explica, a mi modo de entenderlo, por qué lo hizo, y el documental no profundiza, no hurga, lo suficiente, en ello. Una afinidad hacia las artes marciales, un descontento con la actitud de los padres, los videojuegos, un libro satánico, cierta rabia o frustración hacia la Iglesia, Dios y los progenitores, u horas pasadas en un chat de Internet con una amiga virtual de Barcelona son todos elementos que podrían aparecer en el relato vital de cualquier adolescente normal sin que desencadenaran en un asesinato feroz y atroz. También hay contradicciones en el relato que sí quiere hacer público: en un momento dice que el libro satánico "fue un mal principio de un camino que no tenía que haber cogido nunca" pero en otro asegura que el síndrome de Down de su hermana "fue el detonante principal de que yo me alejase de Dios". No puede haber dos detonantes, dos momentos iniciales. 
Si no quiere llegar hasta el fondo del asunto y hay incoherencias en lo que relata, ¿cómo podemos creer su versión de los hechos? ¿Y hasta qué punto todo esto de Dios y la religión—"Cristo me compró con su preciosa sangre"—es fruto de su vida posterior en Santander mezclada con sus intentos de encuadrar lo que hizo, 17 años después?

Dice que su padre le infundía temor y le pegaba, pero los vecinos describen a un niño más bien mimado o consentido

Varios expertos comentan la constante frialdad del personaje, su falta de emoción y lágrimas, tanto entonces como durante, y aún a día de hoy, y de hecho, durante las partes de las entrevistas que salen en el programa, sólo se emociona—y eso sólo un poquito—cuando habla de su hermanita. Dice que su padre le infundía temor y le pegaba, pero los vecinos describen a un niño más bien mimado o consentido, y el mismo asesino se contradice durante el programa, describiendo cómo su padre le había ido a recoger, desconsolado, una vez que se escapó de casa y cómo le había dado a elegir luego entre un ordenador y una moto para un regalo. Habla de su madre como una mujer sencilla, buena y agradable, su "escudo" y su "paño de lágrimas", pero luego es a mamá a quién propinó más puñaladas, 48 del total, según los datos que salen en pantalla, esa noche a oscuras en casa. A papá y a la hermana les pone después una bolsa de plástico en la cabeza y les lleva al cuarto de baño, lugar de limpieza. A mamá no. A mamá, nos dice el policía, volvió después para clavarle el machete, cuando se le rompió la catana.
Incluso ahora, 17 años después, sigue recordando ese momento con distancia mental o disasociación. La espada "bajó sola", según él, "con mi brazo, pero bajó sola". "En ese momento no fui yo, fue mi cuerpo, no fui yo". No sé qué dirán los psicólogos, pero eso a mi, de la boca del propio asesino, no me suena a rehabilitación; ni siquiera a reconocimiento. 

Los medios de comunicación tienen un poder y un deber enormes cuando se tratan cierto temas que pueden impresionar e influenciar mentes ajenas

Si este ejercicio televisivo—sensacionalista e informador pero profundamente perturbador—trataba de presentar o realzar la figura de Rabadán—asesino convicto de su padre, madre y hermana—a la sociedad española como un rehabilitado exitoso alejándose de su pasado, creo que no ha logrado su fin, al menos a mi juicio. Los medios de comunicación tienen un poder y un deber enormes cuando se tratan cierto temas que pueden impresionar e influenciar mentes ajenas: véase el crimen de las chicas de Cádiz que sale en el mismo programa. Y sobre la transformación del asesino, háganse la pregunta: después de ver el documental, ¿dejarían que durmiera en su casa esta noche con una catana y un machete, con su esposa e hijos en la habitación de al lado?

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