Tribuna de Santiago Cervera

De la burbuja a la catarsis

La historia de la economía recoge muchos capítulos dedicados a las burbujas. Procesos especulativos que han tenido lugar una y otra vez, de lerda recurrencia, y que sorprende contemplar retrospectivamente por demostrarse que en todo siguen la misma pauta. Hubo una burbuja con las acciones de las compañías que comerciaban con las Indias, tras el descubriendo de América. Otra, que afectó a las empresas que construyeron el ferrocarril en los Estados Unidos. Incluso alguna que alzó irracionalmente los precios de los bulbos del tulipán holandés. Más recientemente, la burbuja de las "puntocom" en el inicio de este siglo y, claro, la gran burbuja inmobiliaria en España, origen de tantos males como los que ahora nos afligen.

Generar riqueza sin esfuerzo sale muy caro

Perspectiva histórica que se hace necesario tomar para señalar una de sus características. Las burbujas sólo se producen cuando todos los actores están dentro de ellas. Sólo se hinchan si sus participantes acceden a una suerte de confabulación general para ganar riqueza de forma rápida. Todos la inflan, todos buscan el beneficio. Sean ferrocarriles, tulipanes o pisos. Esto es, ni más ni menos, lo que ha pasado en nuestro país en las pasadas décadas a cuenta del ladrillo. Todos a una, haciendo de la propiedad inmobiliaria el nuevo maná. Y todos es todos. Los constructores y promotores, sin duda. Las entidades financieras, imprescindibles. Las administraciones públicas, liquidando tributos a saco y alojando actuaciones corruptas. Y también, aunque incómodo sea recordarlo, todos cuantos ciudadanos de a pie pensaron que el nuevo paradigma de la riqueza era merecedor del arrojo de su inversión. Todos cuantos pensaron que "el ladrillo nunca baja" y que "al cabo de poco tiempo lo vendes y sacas el doble". Igual que siempre pasó, se trataba de un aire económico insuflado en la esencial inestabilidad de lo improductivo. Una embolia que puede, ahora, acabar con la economía de un país que creyó poder vivir fuera de la lógica de la creación de la riqueza basada en el esfuerzo, y porfió en la retroalimentación de la codicia.

Dos terremotos imparables

España vive días de tormento. Nos damos cuenta de que una fatal encrucijada de la historia ha hecho que se junten dos seísmos imposibles de parar. Uno, de raíz esencialmente patria, es haber abierto en canal la situación de las entidades financieras, aquellas que plagadas de gabinetes de estudios de primer nivel no supieron ver lo que tenían delante de sus balances: una burbuja de libro que no sólo no quisieron disipar sino que contribuyeron a cebar. El otro terremoto, de dimensión europea, es comprobar que hemos creado una moneda única sin el fundamento de lo que verdaderamente tiene que suponer una moneda, esto es, la riqueza que los mismos billetes representan. El Euro, primer proceso de convergencia monetaria de la historia, es poco menos que un proyecto fallido. Y lo es porque sólo se montó con la base de algunos pocos parámetros de la economía publica (datos de deuda, déficit e inflación en el momento de su fundación), pero no con raíces que estuvieran hundidas en lo más real de la economía, como la productividad, la salubridad finaciera o la ponderación del esfuerzo fiscal. Dos serios problemas estructurales, cada uno de ellos capaz de anular el futuro de varias generaciones, y que juntos nos han puesto ante una verdadera encrucijada histórica, y sin que podamos tomar camino guiados por mapas que se han quedado desfasados.

El espejismo de la prosperidad común

Tanto en la habilitación europea del crédito a parte de nuestro sistema financiero como en las sacudidas de los mercados, contemplamos la gravedad de nuestro reto histórico. Agotada nuestra capacidad de recabar dinero a precio razonable emitiendo bonos, acude en nuestro auxilio una Europa que, al mismo tiempo, sabe que no puede seguir instalada en su endeblez política y económica. Y aparece así la mayor dimensión del drama, que es la perentoria necesidad de tomar decisiones muy relevantes en muy poco tiempo. Quienes pensaron que con los engolados tratados de Niza o Lisboa teníamos expedita la vía de la prosperidad común, ven que todo fue un espejismo. Ahora toca decidir si los europeos queremos compartir un proyecto más sólido y real, como alternativa a una Europa de andamiaje, de burocracia y cartón piedra.

No solo hay que sanear los bancos

Y mientras, en España convendría no perder de vista el propio bosque por mucho que nos adentremos en él y los árboles nos cerquen. Lo que nos está pasando no sólo es un gravísimo desequilibrio en los fundamentales económicos, consecuencia entre otras cosas de la ficción de una burbuja más en la historia del mundo. Es, sobre todo, el fracaso de una actitud pública. En el modelo de la especulación hemos estado todos, con el bolsillo y el sentimiento, y no saldremos definitivamente de él sólo saneando las entidades financieras que lo han hecho mastodóntico. No es casualidad que justo ahora estemos viendo lo que vemos en relación con tantas cosas, verbigracia la familia real, el presidente del Tribunal Supremo, la crisis de los medios de comunicación o esos aeropuertos peatonales que pueblan la piel de toro. Aceptemos que no es sólo cuestión de revisar los balances de los bancos. Aceptemos que toca ejercer cierta actitud catártica.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba