Tribuna de Santiago Cervera

Recordando a "mister Lisboa"

La tarde del 24 de marzo del año 2000 terminaba el Consejo Europeo de Lisboa con la aprobación de un documento que se presumía era el que debía marcar la senda del futuro desarrollo económico y social de los europeos. Sea por el impulso milenarista, sea por el optimismo que afloraba como consecuencia de un adecuado nivel de confianza política entre los países, lo cierto es que en aquellas conclusiones se aceptaba la idea de que la globalización debía tener una respuesta proactiva desde Europa, basada en la evolución de nuestro modelo económico hacia la productividad y las actividades basadas en el conocimiento. Un texto en el que se hablaba coherentemente de investigación, reformas, mercados financieros transparentes, calidad de las finanzas públicas y modernización del capital humano. 

No era aleatorio ese ejercicio de introspección. Si China competía con mano de obra barata, y norteamérica mostraba la fortaleza propia de su mercado interno, Europa debía mejorar su productividad -por ende, su presencia económica en el mundo- orientándose hacia la creación de productos más innovadores, en los que se viera depositada toda un tradición de cultura industrial renovada con el impulso de las nuevas tecnologías. Interesante idea, sin duda. Fue la denominada “Agenda de Lisboa”.

En el año 2005 hubo un nuevo Consejo Europeo, esta vez en Bruselas, en el que se evaluaban los avances de esa estrategia. Recuerdo una imagen de los jefes de gobierno sentados en una gran sala, circunspectos ante la ocasión, y en la que los monitores que auxiliaban las presentaciones eran de la afamada marca asiática Samsung. El detalle parece baladí, pero no lo era. El suministro electrónico llegaba de nuevo de fuera. Algunos tal vez recuerden además que entonces se habló de revitalizar la Agenda creando la figura de “mister Lisboa”, a la sazón un responsable de coordinar en cada estado lo correspondiente al empeño. Y en España, el honor y el boato de tal figura correspondió a Miguel Sebastián, por aquel entonces jefe de la oficina económica de Zapatero, y que gracias a la encomienda -acuerdo del Consejo de Ministro mediante- tuvo la ocasión de prodigarse en encuentros eruditos con no pocos potentados locales.

La Europa que pudo ser

Todo fue muy bonito mientras duró. Hoy parece una fotografía de la primavera contemplada bajo un temporal de invierno. Esa era la Europa que pudo ser pero no es, la Europa que supo por un momento mirarse a sí misma con realismo frente a la Europa que hoy se muestra fracasada y sin un horizonte que pueda ser tenido como tal. Elaboramos un diagnóstico obvio de qué era lo que teníamos que ir haciendo, y al final hemos sucumbido a la procrastinación. Y especialmente en España. Desde el 2000, al gobierno socialista han correspondido 7 de los 10 años en los que se cifraban aquellos objetivos, y lo único que supo hacer fue surfear petulante sobre la ola de la burbuja financiera e inmobiliaria, para acabar maltrecho en una playa.

Ni se tomó en consideración la mejora de la productividad económica, ni se reforzó un sentido civil basado en la laboriosidad, el esfuerzo y la mirada larga. Por contra, cada vez más españoles acabaron persuadidos de que el modo habitual de encontrar un trabajo o hacer un negocio era a través de la recomendación o la amistad, en lugar de tener que avalar méritos o mejorar productos. Y para quien no supiera valerse, la dádiva pública proveerá.

Volviendo la mirada de nuevo a Europa comprobamos que incluso la hoy denostada Italia, en todo este periodo, ha tenido menores incrementos de los precios y mayores incrementos de la productividad y el PIB que los españoles. La tara que hoy nos pesa para recuperarnos en esta crisis no es sólo el de nuestra solidez financiera -en el el área pública y en la privada- sino la carencia de un paradigma de desarrollo en el que podamos confiar. No es sólo que se haya acabado la fiesta: es que hay que comenzar a reinventar un futuro.


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