Tribuna de Juan Zamora

Para tratar el incendio del 'Oleg Naydenov' nos iría bien un poco de cordura

Resulta atractiva la posibilidad de construir el relato de una noticia o de un comentario relacionándolo con hechos más o menos similares acaecidos en otro tiempo o en otro lugar. Utilizado con rigor, el método es útil para extraer alguna opinión sobre la naturaleza o las causas de los hechos analizados. Por desgracia, la frivolidad dominante suele actuar con muy poca seriedad y escasísimo rigor, metiendo en el mismo saco hechos inconexos, mezclando situaciones que nada tienen que ver unas con otras y convirtiendo la información o el comentario en un barrizal que enturbia la comprensión de la realidad

Lo urgente, lo importante con el incendio a la vista y los riesgos analizados, era tomar las decisiones que minimizaran los daños previsibles

Hablemos del incendio del buque factoría ruso Oleg Naydenov. Con la información de que disponían los técnicos de la Capitanía Marítima de Las Palmas, marinos profesionales la mayoría, el buque presentaba un riesgo cierto de explosión, pequeño, pero real; también contemplaban la posibilidad de que el humo provocado por el incendio constituyera un peligro para la salud de las personas del puerto y de la ciudad de Las Palmas. Por qué la dotación del buque no logró controlar el incendio con los medios certificados existentes a bordo; o por qué la información a las autoridades se hizo tarde y de forma deficiente son extremos que habrá que dilucidar en la posterior investigación del siniestro. Lo urgente, lo importante con el incendio a la vista y los riesgos analizados, era tomar las decisiones que minimizaran los daños previsibles.

De la misma forma que cuando se recibe una llamada telefónica avisando de la colocación de una bomba las autoridades optan por desalojar el lugar (he vivido esa experiencia en la isleta donde se erige la estatua de la Libertad, en Nueva York), aunque la veracidad de la alarma sea débil, en el caso de un buque incendiado en puerto con riesgo de explosión o de generar una nube tóxica, lo razonable y obligado es alejar la fuente de peligro. En el caso de una amenaza en tierra, se aleja a la población. En el caso de un buque, se aleja el peligro. Así se actúa en todos los países con autoridades eficaces.

Y así se hizo en el incendio del Oleg Naydenov. Se rescataron los tripulantes y se optó por  sacar el buque remolcado de puerto. Se estudió la posibilidad de llevarlo a otro muelle, más alejado de los centros habitados, pero se descartó esa opción por la exigua mejora que suponía. No se contempló, por absurda, la posibilidad de permanecer inactivos y dejar que el incendio se consumiera. Había demasiados riesgos en juego como para barajar esa posibilidad.

Cuando el buque sale de puerto tiene ya una escora de casi 10 grados, probablemente debida al agua  utilizada por los bomberos para sofocar el fuego y al daño estructural provocado por éste. ¿Debieran los servicios de extinción de incendios de Las Palmas disponer de espumógeno para casos como el del buque factoría ruso? Seguramente sí, pero lo cierto es que los bomberos utilizaron agua.

Decidieron llevarlo a una zona donde el riesgo de contaminación por el combustible y los aceites minerales de lubricación fuera el mínimo posible

Los técnicos que tomaron las decisiones para gestionar el suceso –sacar el buque, extinguir el incendio y remolcarlo de vuelta a puerto– eran conscientes de la posibilidad de que el buque se hundiera a resultas del agua embarcada y de los daños causados por el fuego, de modo que decidieron llevarlo a una zona donde el riesgo de contaminación por el combustible y los aceites minerales de lubricación fuera el mínimo posible. El buque, viejo, construido en 1990, no aguantó y se hundió en una zona con sondas de entre 2.200 y 2.400 metros.

Hasta aquí la gestión náutica del accidente del Oleg Naydenov. ¿Una gestión acertada? A mi juicio, una gestión prudente y atinada. Se optó por el mal menor y se ejecutaron las decisiones con talento y habilidad. Ignoro cómo hubiera podido hacerse mejor con los medios disponibles y, desde luego, desconozco qué hubieran hecho quienes critican las decisiones de la Administración marítima.

La segunda parte del siniestro, la gestión de las consecuencias para el medio ambiente marino, constituyen una historia bien distinta. Los políticos del Ministerio de Fomento desembarcan en Las Palmas, apartan a los profesionales que habían gestionado hasta ese momento el accidente, y actúan en función de sus miedos históricos, sus intereses electorales –lo que ellos creen sus intereses– y el vocerío supuestamente ecologista. Aparece la sombra del Prestige, un caso sin parangón con el del Oleg Naydenov; sale a la palestra la pobre tortuga petroleada, que recuerda aquel cormorán que exhibieron los catastrofistas por el vertido de crudo que se produjo en el Golfo Pérsico durante la guerra de Kuwait, una foto que después se demostró que era falsa; y aflora el nerviosismo de unas autoridades temerosas y débiles, angustiadas por la pesadilla que vivieron durante el accidente del Prestige, que no dudan en tirar la casa por la ventana creando comités, comisiones, grupos de trabajo, reuniones, encuentros y todo eso, y que no contentas con tanto trajín se gastan una millonada en traer un submarino de bolsillo para explorar la extracción del combustible que pueda quedar en los tanques del Oleg Naydenov.

La contaminación creada por el despliegue de medios supera con creces la eventual contaminación provocada por el buque hundido

Huelga decir que esas autoridades de Fomento ordenan alistar los medios a su alcance, barcos, aviones, personal y material contra la contaminación, todo es poco para aquietar el alarmismo ecologista. Una locura. La contaminación creada por el despliegue de medios supera con creces la eventual contaminación provocada por el buque hundido. Un ejemplo de la histeria que conduce a matar moscas a cañonazos.

La flaqueza evidente de los políticos, tan pródigos con su miedo, es aprovechada por los diferentes intereses para criticar y sacar tajada de la situación. Las distintas congregaciones ecologistas pugnan por colar en la opinión pública un cuadro apocalíptico que sólo existe en su imaginación, pues incluso el vertido de las 1.400 toneladas de fuel que almacenaba en sus tanques el Oleg Naydenov constituye un daño ecológico menor. Soportamos impasibles derrames mayores a lo largo del año. Deberían saber que muchos petroleros limpiaban sus tanques en aguas cercanas a Canarias, vertidos muy superiores al que puede provocar el factoría ruso, una práctica ilegal no del todo erradicada. El Gobierno canario aprovecha la confusión para atizar al proyecto extractivo de Repsol. Los diferentes grupos de empresas más o menos relacionadas con el turismo utilizan los aspavientos ambientalistas para exigir nuevas ayudas, más subvenciones y beneficios.

Lástima que a ese coro no le oponga el Gobierno una actuación seria y responsable y una pena que algunos profesionales se hayan sumado a la fiesta mezclando el incendio del Oleg Naydenov con el naufragio del Prestige o con el reciente siniestro del Sorrento. Nos iría bien un poco de cordura y algo de perspectiva. El capitán y los tripulantes del factoría ruso han sido tratados con respeto, a la espera de que concluya la investigación técnica en marcha. Un avance de enorme importancia por el que deberíamos felicitarnos.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba