Tribuna de Juan Zamora

La soledad de Graça Simbine, viuda de Mandela

Graça Simbine siempre ha sido una mujer alta, bien formada, con una cabeza llena de discreción, valor y compromiso. Universitaria, algo excepcional para una mujer africana y negra, logró seducir a un personaje retorcido y resabiado que venía de un matrimonio fallido, Samora Machel, investido al poco tiempo primer presidente de la República Popular de Mozambique.

El presidente Samora Machel vivió su etapa palaciega, 1976-1986, en una burbuja de fantasía, dando órdenes y consignas continuamente mientras a su alrededor crecía la corrupción y la guerra civil que le enfrentaba con la Resistencia Nacional Moçambicana (Renamo), los bandidos armados en la información oficial del régimen. Samora era un histrión que arruinó el país en pocos años, un personaje que vivía su propia comedia y que sumió a Graça Machel, su esposa, en una profunda soledad.

El presidente de Mozambique murió en un extraño accidente de aviación que nadie se tomó la molestia de aclarar. Para qué. Su muerte facilitó el entendimiento con su vecino del sur, Sudáfrica, el gran satán para los comediantes que rodeaban a Samora. Y facilitó también el cambio gradual del régimen, de una dictadura marxista en agraz a una imperfecta sociedad de mercado donde primaban los contactos sobre las ideas y el nepotismo descarado sobre el trabajo y el esfuerzo. La soledad de Graça Machel dejó de ser íntima para ser social, salpicada por el progresivo menosprecio de su marido por las elites dominantes. Pero Graça seguía siendo una gran dama.

Liberado en 1990 de la prisión de Robben Island, donde en los últimos años había gozado de una posición privilegiada, pues sus carceleros sabían o intuían que aquel personaje de palabra magnética acabaría presidiendo la República Sudafricana, Nelson Mandela coincidió en un acto protocolario con la viuda de Samora Machel y se quedó prendado.

Mandela venía también de un tormentoso matrimonio con Winnie, una mujer sin escrúpulos que en los últimos años de prisión de su marido se rodeó de un clan de matones y asesinos, alguno de los cuales le alegraba el frío de las noches. Cuando libre y camino de la presidencia, Mandela leyó los pormenorizados informes policiales sobre las actividades de su esposa, sobreponiéndose al horror, una de sus muchas habilidades, decidió terminar con ese pasado.

Madiba y Graça, se casaron con cierta prisa. Él era consciente de que el tiempo se le echaba encima y ella sabía que compartir la vida, siquiera a pedazos, con Nelson Mandela constituía un gozo impagable.

Como Mandela había previsto, la vida se le echó encima y le atropelló. Convertido en un tótem, el emblema protector de la Sudáfrica multirracial, Mandela se vio rodeado de la extensa familia construida con su exesposa. Un cerco asfixiante del que Graça era sistemáticamente excluida. Para el vasto linaje de Mandela, Graça era una extraña sin derechos, un bicho ajeno a la tribu, un estorbo.

Graça Mandela ha vivido la larga agonía de su egregio esposo en una espesa soledad compensada por la mirada dulce y agradecida de Mandela, una mirada cada vez más escasa, cada día más tenue. Hasta que el día 5 de diciembre de 2013 se apagó del todo.

Queda ella, Graça, de soltera Simbine, ex Machel, ex Mandela, una mujer excepcional, más alta que sus dos maridos, en centímetros y en valor, una mujer sola con el corazón acostumbrado a la soledad.


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