Tribuna de Juan Zamora

El 'caso Prestige': un juicio tardío y sin sentido

Finalizados en La Coruña los interrogatorios a los acusados por el desastre del Prestige, y con la vista oral suspendida hasta el próximo 11 de diciembre, es hora de hacer un primer balance sosegado del proceso.

La línea de los acusadores públicos, fiscal y Abogacía del Estado, contra los marinos del buque siniestrado se ha dado de bruces contra todas las evidencias que demuestran de forma indubitada que la desobediencia del capitán Mangouras es un invento atribuible a la falta de juicio y la estulticia del ex director general de la marina mercante, José Luis López Sors, que ha arrastrado consigo a organismos e instituciones del Estado ignorantes de cuanto afecta a la seguridad marítima.

También los delitos ecológicos que se les imputan constituyen delitos imposibles. Ni el más mínimo indicio de que los acusados pretendieran la contaminación del medio marino. Al contrario, dieron pruebas de un gran coraje y de una alta profesionalidad para evitar el desastre. En este marco, los interrogatorios a que fueron sometidos apenas tenían nada que ver con el objeto del proceso. Por ejemplo, el fiscal llegó a preguntarle a Apóstolos Mangouras por su sueldo y por el sueldo de los marineros del barco hundido. Algo más finos, los abogados del Estado tiraron también de preguntas obvias y sin sentido: ¿en qué fecha embarcó? ¿No vio desde el puente la abertura del casco…?

Unido a lo anterior, el fiscal y los abogados del Estado no lo tienen mejor para probar, como es su objetivo, que el petrolero estaba en malas condiciones. A la impecable documentación que exhibía el Prestige, emitida en nombre del pabellón del buque por una de las mayores clasificadoras del mundo, recientemente exonerada de cualquier negligencia por un tribunal de los Estados Unidos, hay que unir el hecho probado de que el petrolero aguantó en pie un calvario de más de cincuenta mil olas que lo azotaron de todos lados, y que el Estado guarda celosamente el resultado de las mediciones de las planchas del casco y de los mamparos del buque porque éstas, efectuadas a espaldas del proceso -una palmaria ilegalidad-, prueban que los espesores superaban ampliamente los estándares legales.

Si no disponemos de un diagnóstico cierto sobre las causas que provocaron la primera avería del buque, ello se debe a la grotesca gestión del accidente por parte de la autoridad marítima, sólo preocupada por detener al capitán Mangouras y colarle un remolcador que iba pintado con los colores de una empresa pública, pero que se comportó (y ha cobrado por ello) como un remolcador privado al servicio de los salvadores contratados por el armador del Prestige. A López Sors le tenían sin cuidado el estado del buque y la catástrofe que estaban provocando sus decisiones.

La defensa de López Sors merece un capítulo aparte. El fiscal y los abogados del Estado, acusadores de los marinos y defensores del citado, han demostrado ser capaces de soportar el papelón de una acusación que saben imposible, pero tengo dudas en cuanto a su capacidad para sostener con un mínimo de decoro la defensa del ex mandamás de la Marina Mercante. En definitivas, ellos son profesionales del derecho, pero no carecen de inteligencia. Las historias que cuenta Sors para justificar el evidente desastre de su gestión, capaz de convertir un accidente en una catástrofe, están basadas en mentiras, medias verdades, clamorosos olvidos, silencios interesados y datos tergiversados de forma pueril.

Un culpable llamado López Sors

Sus contradicciones resultan tan evidentes que el interrogatorio a que le sometieron los abogados del Prestige acabó convertido en un drama creciente del que el arrogante funcionario salió muy perjudicado. Razón por la cual al día siguiente se negó a responder a los abogados defensores del capitán Mangouras y del jefe de máquinas, Argyropoulos, hurtándonos a quienes seguimos el proceso de unos interrogatorios imprescindibles.

El fiscal y los abogados del Estado saben que López Sors decidió hundir el petrolero sin evaluar los daños (“Desde el primer momento, yo ya sabía qué hacer”); se obsesionó con una supuesta desobediencia del capitán, a quien estuvo a punto de detener dentro del buque con un retén de guardias civiles que estuvieron prestos a desembarcar en el petrolero; marcó el peor rumbo posible para el estado del buque y luego consintió que se paseara frente a las costas gallegas, ya muy dañado y vertiendo el fuel de la carga en grandes cantidades; retuvo en La Coruña de forma injustificada a los salvadores contratados por el armador; obró y decidió lo que quiso, ignorando olímpicamente lo dispuesto en el Plan Nacional de Contingencias por contaminación marina accidental.

Añadan a estas grandes líneas un sinfín de detalles, hechos, fotografías y conversaciones grabadas, bien conocidas por quienes han manejado el sumario, que aún avergüenzan y asombran. Cuesta creer tanta estulticia e idiotez sin que saltaran los resortes del Estado. Pero es así. Lo superiores de López Sors, presidente del Gobierno y vicepresidente, ministros, secretarios de Estado, delegados y subdelegados del Gobierno, elegidos por su lealtad al líder y no por su mérito y capacidad, se mantuvieron al margen, pugnando para que no llegara hasta ellos el chapapote, incapaces de detener el desastre que estaba provocando tan pretencioso personaje. De ahí que ahora el acusado que representa a la Administración sufra la soledad de un apestado sin remedio. Como guinda final, la ignominiosa detención de Apóstolos Mangouras, una canallada imperdonable. El capitán del Prestige fue el único actor del siniestro que obró con sensatez, hasta donde le dejaron, y que dio pruebas de un coraje y de una profesionalidad excepcionales.

Ya he escrito en Vozpópuli que la vista oral que se celebra en ExpoCoruña se parece a la justicia como la música militar se parece a la música. Un juicio tardío, innecesario, donde a nadie le interesa saber la verdad de aquella catástrofe, y con algunos interrogatorios que simplemente ofenden al sentido común. ¿Qué sentido tiene el espectáculo montado en ExpoCoruña? ¿No tenemos bastante en España con Belén Esteban, los Matamoros y las interminables historias de corrupción de los políticos? Por lo que pueda quedarle de prestigio a la Administración de Justicia, sería de agradecer que alguien pusiera fin al esperpento de La Coruña.


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