Tribuna de Juan Zamora

Juicio del Prestige: los testimonios de los profesionales del salvamento marítimo

Tras el apagón navideño, la semana recién terminada se reanudó la vista oral del juicio sobre el Prestige. Si a mediados de diciembre apuntábamos que el juicio decaía a ojos vistas, lo visto y oído a primeros de este nuevo año ha avivado de nuevo el proceso. Declararon dos testigos de importancia capital para entender lo que sucedió desde el 13 al 19 de noviembre de 2002, con el petrolero abanderado en Bahamas que sufrió una avería estructural, por causas todavía hoy desconocidas con certeza, cuando navegaba con rumbo sur por el dispositivo de separación de tráfico de Finisterre.

El primero, Wytse Huisman, fue el capitán de salvamento que la empresa Smit Salvage, contratada por el armador del Prestige para hacerse cargo del salvamento, puso al frente de las operaciones a bordo del buque accidentado. El segundo, Geert Koffeman, fue el coordinador del salvamento que operaba desde tierra, en La Coruña. Ambos, pero sobre todo Koffeman, atesoraban en aquel momento una experiencia impresionante como salvadores profesionales de la, probablemente, mejor empresa de salvamento del mundo. Ambos poseen la mayor cualificación náutica y ambos respondieron ante el tribunal a todas las preguntas que les formularon, en un inglés impecable y con una exquisita elegancia, incluso a las claramente impertinentes, capciosas y sin sentido que les formularon los defensores de las tesis oficiales sobre el siniestro.

Los defensores del ex director general de la marina mercante, López Sors, basan su defensa en la tesis de que el buque navegaba en malas condiciones, chatarra flotante en manos de piratas griegos, y que la decisión de hundir el buque, alejándolo de la costa, era preferible a la de refugiar el buque para que naufragara cerca de la costa. Tesis que sólo sostienen quienes participaron en las decisiones y quienes por razón del cargo se ven obligados a forzar la verdad de los hechos para que, como sea, encajen en el relato.

Los capitanes Huismans y Koffeman explicaron una y otra vez que el salvamento del Prestige exigía llevarlo a aguas abrigadas

Las declaraciones de los testigos Huisman y Koffeman, que en materia de salvamento serían comparables a lo que Messi, Cristiano, Iniesta o Falcao significan para el fútbol, o Vargas Llosa, Marsé y Marías para la literatura en lengua española, tuvieron el valor incalculable de la lógica y del sentido común. Nada que demostrar respecto a las condiciones de buque, pues además de los certificados emitidos en nombre del Estado de bandera por la mayor sociedad clasificadora del mundo, ABS, su resistencia queda más que probada por los días que aguantó a flote, seriamente dañado y soportando miles de impactos de la mar. Lo del capitán Mangouras y su tripulación, a quienes ministros y altos cargos no dudaron en calificar de piratas, hay que entenderlo en la situación desesperada que vivían los políticos, aterrorizados ante el desastre provocado por su desidia y su incompetencia.

Los capitanes Huismans y Kofferman explicaron una y otra vez que el salvamento del Prestige exigía llevarlo a aguas abrigadas, fondearlo y alijar la carga contaminante que transportaba en sus tanques en una operación de transbordo buque a buque. La operación de llevar el buque a un lugar de refugio no era fácil y conllevaba serios riesgos, por supuesto, pero era la única opción para evitar la catástrofe. Mandar alejarlo a un rumbo noroeste, contra la mar de fondo y directos a la zona por donde venía una borrasca anunciada por todos los servicios meteorológicos, no tenía sentido y garantizaba el naufragio de la nave y una catástrofe ecológica. Las opciones disponibles no consistían, como pretenden los defensores del Estado, en hundir el buque cerca de la costa o alejado de ella. Ese dilema es tramposo. La alternativa en realidad consistía en hundir el buque y causar una gran catástrofe, o intentar su salvamento y evitar el desastre ecológico, opción que precisaba de un lugar de refugio donde protegerlo y permitir la operación de trasvase de la carga.

Un autoritario Fernández Mesa, entonces delegado del Gobierno en Galicia, mandó callar al capitán Koffeman, le negó la oportunidad de proponer un puerto o un paraje abrigado

¿Qué lugar de refugio? El capitán Koffeman repitió una y otra vez que eso es lo que él pretendió debatir con las autoridades españolas en la mañana del día 15 de noviembre, valorando los riesgos e intereses en juego y decidiendo de forma conjunta la mejor opción. Pero no pudo ni hablar. Con amargura confesó que ni siquiera le dejaron abrir la boca. Un autoritario Fernández Mesa, entonces delegado del gobierno en Galicia, quien llevaba la voz cantante según el testigo (y quien se zafó de la imputación penal declarando en el Juzgado que él de buques y navegación no sabe absolutamente nada, que todas las decisiones las tomaba López Sors), le mandó callar y marcharse a 120 millas de la costa española (en el documento escrito pone a 240 millas de la costa, que conste una vez más). Le negaron la oportunidad de proponer un puerto, una ría, una ensenada o un simple paraje abrigado para refugiar el Prestige.

Ante la contundente lógica de Koffeman, las preguntas del fiscal y de los abogados del Estado resultaban ridículas, innecesarias o claramente improcedentes. Que si sabía cuántas bateas hay en la ría de Vigo, o cuantas barreras anticontaminación y de qué tipo había disponibles, o si ya tenía los nombres de los barcos necesarios para el trasvase de la carga. Les faltó marear al testigo interrogándole sobre los nombres de los alcaldes de Galicia, para concluir ante la obvia ignorancia del capitán Kofferman sobre tales extremos, que en realidad ni el testigo ni su empresa tenían ni idea de lo que se traían entre manos. En fin, que no tenían un plan de salvamento encuadernado, en colores y con el visto bueno de las administraciones competentes.

El paciente holandés, como había hecho Huismans el día anterior, explicaba que tenía una idea clara de cómo salvar el petrolero averiado y que los detalles concretos se ejecutan en paralelo a la situación del buque a salvar. Eso es lo que se hace, lo que la empresa Smit Salvage viene haciendo con éxito rayano en el 95 por ciento desde hace muchos años. Y afirmó que de haberse ejecutado su plan, con el que los técnicos más cualificados del salvamento marítimo español estuvieron de acuerdo, el Prestige se habría salvado y los daños por contaminación se hubieran limitado a unos pocos millones de dólares. Pero el tándem López Sors-Fernández Mesa, un prejuicioso y un ignorante autoritario, no quisieron siquiera escucharle. “¡Out, a 120 millas de la costa española!”, le conminaron.

Los defensores de López Sors y de las tesis oficiales le oían impertérritos, sin querer enterarse, insistiendo en que las autoridades españolas defendían la costa gallega y por eso ordenaron al Prestige “alejarse y rezar para que se hunda”, provocando así la mayor catástrofe ecológica sufrida por las costas españolas, en tanto que Smit Salvage sólo pretendía hacer negocio y arruinar la economía pesquera de Galicia. Realmente patético, una ofensa para la inteligencia.

A destacar, por último, el visible nerviosismo que durante estos días ha puesto en evidencia a la defensora de López Sors, continuamente chasqueando los dedos como si pasara cuentas de un rosario y perdiendo los papeles en diversas ocasiones. Su tarea, en verdad, supera los límites del Derecho.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba