Tribuna de Jesús Santaella

El alguacil, alguacilado, por fin...

Muchos no lo creían posible. Otros todavía recelaban de las consecuencias de nuevas y sobrevenidas recusaciones. Algunos, incluso hasta ayer mismo, no descartábamos una súbita “enfermedad diplomática” del sujeto que le permitiese otra vez sustraerse de momento a la implacable acción de los Tribunales. Al final, desconfianzas absurdas de viejos descreídos. Uno, que ya frisa los 60, reconoce que vuelve a reconciliarse con la Justicia en escasos 30 dias sin que ahora pueda eso atribuírsele, como hace ya treinta años, a un pecado de juventud. Sí, del Rey abajo, porque sólo él no lo es, todos somos iguales ante la Ley. También su yerno y además Baltasar Garzón, un Duque -nada menos que casado con una Infanta de España- y un Juez -nada menos que el “Campeador”-, hermanados por la común condición de imputados en la comisión de eventuales delitos de fraude al erario o de prevaricación, se advierten ante la opinión pública como paradigmas del principio de igualdad básico de nuestro Estado de Derecho y son llamados a responder de sus conductas, también en la plaza pública.

Chapeau por este país llamado España. Porque, por fin, también Garzón, no sólo el Duque, el paladín de la ley, no sólo el deportista, el implacable ejecutor y aplicador de la ley, por fin –él también-, se ha visto sometido a la ley.

Siempre se ha dicho que un juicio es una suerte de representación teatral. Máxime cuando le ha precedido otro paralelo en los medios de comunicación. Por eso no es fácil que coincidan, en la experiencia que almacenan mis recuerdos, la verdad material, la verdad informativa y la verdad procesal. Pero también es cierto que una imagen vale más que mil palabras. Y el juicio que acaba de comenzar, televisado en directo, resume en una sucesión de imagenes todo su significado. Me explico.

El Tribunal aquí es la cúspide en materia penal de nuestro poder judicial. La Sala Segunda del Tribunal Supremo, integrada para enjuiciar el caso, según la imagen que permanece en mi retina, no por cinco sino nada menos que por siete Magistrados. Garzón recusó, si la memoria no me traiciona, a prácticamente dos tercios de la Sala por unas u otras razones. Para que no haya duda sobre la imparcialidad objetiva de ese alto Tribunal aquí y ahora –si nos queres caldo toma duas tazas, dicen en mi tierra adoptiva-, a los cinco que la ley establece se añaden dos en superior garantía de los derechos del imputado. Porque, ¿qué superior garantía existe a que te juzguen más excelentísimos magistrados de los que por ley te garantiza la ley…? Me ha gustado la “finezza” de la Sala con ese gesto. Y que presida el Tribunal Joaquín Giménez, no recusado por Garzón aunque Magistrado especialmente sensible en materia de proscripción de ilegalidades sobre interceptaciones telefónicas –véase las relativas al juicio del 11-S instruído casualmente por Baltasar-, es nuevamente una imagen que siempre recordaremos todos.

Otra imagen que conservará mi retina es la del intrépido Juez, parapetado en su toga con “puñetas, en los bancos de la defensa, de la que debe despojarse cuando declara, eso sí. Cuando de lo que se le acusa es de cercenar en su aspecto nuclear –el secreto de las comunicaciones entre abogado y cliente- el derecho de defensa, resulta que, para eludir el banquillo, don Baltasar, en una suerte de su pristinación de su condición de “rey mago”, se trasmuta de Juez en abogado. Porque el artículo 38.3 del Estatuto de la Abogacía es el precepto que ampara al “abogado imputado”, que no al Juez, revestirse de toga, compartir estrados con su abogado y no sentarse en el banquillo. Cuando ahora tanto se apela a no incrementar el daño a las víctimas no resulta razonable que se le permita a ese Juez enjuiciado acogerse a beneficios sólo previstos precisamente para aquellos contra quienes ha atentado. Claro que lo hace, además, en un ejercicio seguramente de personal soberbia, con exhibición de las “puñetas” propias de su estricta función jurisdiccional. Esa imagen también es aleccionadora. Garzón ahora quiere recordar para la representación del juicio ante el público espectador que se está enjuiciando a un Juez. Pues, claro. Esa es la grandeza. Que un Juez, nada menos que Baltasar Garzón, con su toga y sus “puñetas”, está siendo enjuiciado por otros siete Jueces –mucho más Jueces que él porque sus “puñetas” son supremas mientras que las del enjuiciado son artificiales hoy por hoy-. Curiosamente la imagen provocada por Garzón se vuelve notoriamente en su contra.

Y en la acusación un abogado que continúa brillantemente la saga –Pablo Rodriguez Mourullo-, un exFiscal de la Audiencia Nacional –Ignacio Peláez- y un exMagistrado de la Audiencia Nacional –José Antonio Choclán-. Y, en los mismos bancos, una Fiscalía inactiva y una ausente corporación profesional –el Colegio de Abogados de Madrid-, que no está aunque todos la esperásemos. Pedrol seguro que se revuelve en su tumba. Qué error, qué inmenso error de nuestro actual Decano…Ha sido Alberto Jorge, en puridad –un Magistrado-, nuestro real defensor como profesionales, no nuestra organización colegial. Nueva imagen para la historia. Garzón es acusado ante iguales por sus iguales –sus antiguos compañeros- y por sus damnificados individuales, los abogados concernidos-. Los que le conocen bien desde hace 25 años y por eso le acusan. Con conocimiento de causa. Y los perjudicados directos. Sólo encuentra cobertura Baltasar, amén de algunos escasos compañeros en la calle -¿esa manifestación expresiva de algunos Jueces de la Audiencia Nacional no puede considerarse sancionable presión a sus compañeros del Supremo cuando, además, se hace frente a la misma sede del CGPJ?-, por acción omisiva o por incomparecencia en los ámbitos de poder fáctico que siempre frecuentó, los que alimentaron el “fenómeno” que ahora –parece, eso parece-, ojalá, llega a su fin.

Chapeau a los señores de la Sala Segunda. Contra viento y marea han hecho posible que esta sucesión de imágenes llegue a todos los españoles. Con este juicio han conseguido aquello en que se han estrellado todas las millonarias campañas de imagen patrocinadas por el Consejo General del Poder Judicial. Que por fin confiemos en nuestra maltrecha Justicia, y que algunos viejos descreídos como el abajo firmante recuperemos antiguos ideales de juventud. Gracias, sea cual sea su Sentencia. Hoy por hoy es lo que menos importa. Da lo mismo ya la verdad informativa, la verdad material o la procesal. Es indiferente el resultado. Que valga o no una interpretación extensiva, como pretende nuestro “campeador” Juez, del artículo 51.2 de la Ley General Penitenciaria, que nunca podrá valer, es si se me apura ya casi intrascedente. La Sala Segunda del Tribunal Supremo ha hecho realidad que no hay nadie por encima de la ley. Por muy rey y por muy mago que sea. Se acabó el tinglado de la antigua farsa. Ya nadie podrá creer que nuestra justicia sea una trama de intereses creados.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba