Tribuna de Jesús Santaella

La Sentencia Garzón, pura ambrosía

Cuando el Derecho coincide con la Justicia sin duda estamos ante un placer de dioses. Inalcanzable, claro, para cualquier mortal. Por eso, cuando de forma sobrevenida a uno, que es tan mortal como cualquiera, se le presenta la excepcional oportunidad, lo contamos. Como decían que hizo Dominguín, en su día. A estas alturas de la vida no sé bien si cambiar una situación por otra. O sí, pero es igual. A lo que vamos. Que hoy, el Supremo, de la mano de Miguel Colmenero, o de su pluma, me ha reconciliado con lo que desde hace más de un tercio de siglo constituye mi vocación. El servicio al Derecho y a la Justicia. Porque no es fácil encontrar en la vida práctica diaria un modelo tan noble y ponderado de decisión jurídica –el quid iudicavit- como la Sentencia en el primer juicio a Garzón, tal como la que ha puesto ese ex Fiscal. De quien hace ya años tanto y tan bien me habló uno de sus compañeros de destino en San Sebastián a finales de los 70. Por fin Garzón encontró la horma de su zapato.

70 folios que resumen el mejor y más ponderado monumento en defensa del derecho de defensa. Una pieza literaria incluso, en estilo casi azoriniano, conciso, preciso, contundente, brillante, sin concesión a la demagogia, reproductor de la última y mejor doctrina del Tribunal Europeo en la materia, que no deja fleco alguno a cualquier alegato de la defensa. Garzón prevaricó, dicen los siete Magistrados del Tribunal Supremo en el caso de la escuchas a abogados y clientes. Porque dejó sin contenido esencial el derecho de defensa que no es sino el clavillo del que penden derechos tan esenciales como el de no declarar contra sí mismo, el de la confidencialidad de las comunicaciones entre abogado y cliente, o el derecho a la presunción de inocencia. Eso de ordenar escuchas a los imputados y sus abogados y dejar a salvo el derecho de defensa, sobre la base de atribuirse el Juez la potestad de censura, es una forma de consolidar algo imposible, como lo de sorber y soplar al mismo tiempo, y de eso sólo fue capaz mi irrepetible maestro en política, Pío Cabanillas. Garzón, no. Colmenero en su Sentencia, con precisión de cirujano, desbroza en sus aspectos objetivo y subjetivo los elementos del delito. Las dos resoluciones del Juez, que hizo trampa. Porque escuchar las confidencias del imputado con sus letrados por parte de quien debe ser siempre tercero en la controversia –el Juez- es, en definitiva, jugar con las cartas marcadas. Y eso fue lo que hizo Garzón en el caso –algunos dicen que era práctica habitual en él-.

La esencia de la Sentencia del Tribunal Supremo es que, de forma exquisitamente técnica, con réplica a todos y cada uno de los espurios argumentos de defensa, pacientemente, concluye en que Baltasar Garzón como Juez en el caso fue un tramposo. Porque la esencia del derecho a un proceso justo en un Estado democrático de Derecho consiste en un proceso limpio. La Sentencia es irreprochable. Incluso en la elegante desestimación de la hipócrita solicitud de indemnización por 1€ por parte de la acusación particular. Es unánime, lo que la dota de superior valor. Cuando de prevaricación judicial se trata, si nada menos que siete Magistrados del Supremo, sin un voto discrepante ni particular,  coinciden en la calificación de la conducta enjuiciada como constitutiva de ello, que venga Dios y lo vea que seguro que no discrepará tampoco. Por muchos manifestantes que les tilden de fascistas. Y por mucho acogimiento a la kantiana conciencia a la que quiera acogerse nuestro ínclito Príncipe, como si de a sagrado se tratase. Que no, que no vale ese subterfugio.

A mí, hoy por hoy, esta Sentencia me ha rejuvenecido y me ha hecho recordar –no es la primera vez que lo sostengo- a Antonio Pedrol, a quien tanto, como a Ramón Sijé…... Nunca entenderé como el Colegio de Abogados de Madrid, en caso tan notorio y singular, donde el derecho de defensa estaba en juego, ha estado ausente. Y mi gratitud, como la de tantos que seguimos creyendo en la fuerza creativa del Derecho en una sociedad democrática a compañeros como Ignacio Peláez, José Antonio Choclán y Pablo Rodriguez Mourullo que, a pesar de la soledad, mantuvieron bien altas sus convicciones. Gracias a ellos, en nombre de todos. Y a nuestro Tribunal Supremo, que nos ha asegurado también a todos, letrados y ciudadanos de cualquier condición, que el derecho a un juicio justo, limpio e imparcial sigue siendo posible en nuestro sistema. 


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