Sueños ciudadanos

Sobre la verdad y la mentira en política

En Verdad y mentira en el sentido extramoral Nietzsche, uno de los grandes maestros de la sospecha según Ricoeur, constata que los hombres tenemos una invencible inclinación a dejarnos engañar, pero, junto a esta verdad profunda y dolorosa, se adentra en una destructiva andanada contra la idea ingenua de verdad con que solemos arreglarnos.

No en vano puede verse en Nietzsche un crítico demoledor de las pretensiones morales de la democracia, un sistema en que la mentira puede funcionar mejor y dar más rédito que las verdades, sobre todo si se piensa, como Nietzsche afirma, que “las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son, metáforas que se han vuelto gastadas”.

Cualquier intento de mantener la democracia ha de apoyarse, sin embargo, en la capacidad de denuncia de las mentiras mejor recibidas, en luchar contra la desgracia que subrayaba Revel: que la primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira.

Macromentiras

Como corresponde a una atmósfera cultural en la que se ha impuesto la creencia de que la gestión económica eficaz es la máxima obligación del Gobierno, se nos insiste a hora y a deshora en que estamos saliendo de la crisis. ¿De qué crisis?

Los grandes números que miden el malestar económico siguen dónde estaban hace cuatro años, cuando no han empeorado, y eso ocurre porque no se ha hecho nada para evitarlo. Esta macromentira se apoya inestablemente en una mentira contraria, no mayor, pero sí seguramente más eficaz: la que afirma la magnitud y gravedad de los recortes sociales, pero ¿cómo se puede sostener que ha habido recortes cuando nuestra deuda pública ha crecido en los años de la tijera desde un 60% del PIB hasta un generoso 100%?

Lo que sucede en el plano de la macroeconomía está creando un nivel de credulidad inducida nunca visto, es una especie de carrera hacia el infinito en la que, como en el viejo relato griego, se supone que Aquiles no alcanzará nunca a la tortuga, una fábula que sostiene que jamás llegará el momento en el que sea imposible financiar la deuda o dejar de contar con el auxilio de prestadores, hágase lo que se haga, pero todo el mundo debiera saber que  la tortuga del ahorro y del crecimiento es mucho más lenta que el ligero Aquiles del gasto, social o de otro tipo.

La siguiente mentira es que esto no le importa a nadie, ni a nadie debiera preocupar, porque es ya una mentira universal, algo así como suponer que el ébola no es problema porque ya existe epidemia en todos los países.

Mentiras de papel

En el libro de  Philip Coggan, Paper Promises: Money, Debt and the New World Order, se muestra con toda claridad que desde que la moneda dejó de tener cualquier relación con una realidad mensurable,  estamos en un mundo bastante onírico, en el que se ha podido prometer lo imposible, en que se ha hecho un auténtico arte de esa mentira creativa, una habilidad con la que se han construido grandes fortunas y se han preparado enormes catástrofes, pero a la que, al grito de “lo que más moleste el último”, nadie parece dispuesto a poner coto, ni, mucho menos, fin. 

No habrá salida, las promesas se incumplirán, y habrá una gresca monumental sobre quién pagará la deuda, que puede salir más cara que la deuda misma, pero mientras tanto, nadie se toma en serio la advertencia de  que el rey está desnudo. Se inventará, en el mejor de los casos, una mentira apoteósica para convencer a los más débiles, que pagarán la ronda, de que esa solución les beneficia. En eso estamos.

Mentiras nacionalistas, catalanas, por ejemplo

Es difícil espigar una mentira especial entre las que muchas que sirven de ara al secesionismo catalán, pero la reciente afirmación de la señora Forcadell al asegurar que si como país decidimos que no se puede celebrar la consulta, la alternativa no la decidirá solo Mas, representa un caso extremadamente singular en el citado parque temático.

Resulta que el referéndum ha de hacerse para conocer  la voluntad política de los catalanes, pero, al tiempo, hay una instancia, nada menos que un país, que ya sabe lo que a todos conviene y que impondrá al señor Mas una solución para evitar que pudiere desviarse del camino correcto.

Se trata de una afirmación tan repleta de sentido que debiéramos extrañarnos si el propio Mas, que sin duda escucha a quien es, nada menos, la Presidenta de la Asamblea Nacional de Cataluña, no toma medidas inmediatas destinadas a librar a los catalanes de tan enojosos y humillantes trámites.

Lo que resplandece tras la pantomima catalanista de respeto al pueblo es la decisión de quienes dirigen el presente auto de prescindir del todo de una legalidad que no les interesa, en virtud de un derecho que no existe. Mas está consiguiendo vaciar por completo de legitimidad todo lo que hace pero seguramente pretenderá adquirir una legitimidad más potente y más radical, pero empieza a ser del todo evidente que esa hazaña no está a su alcance.

Si la ley importa un pito, que es la verdad que promueven los secesionistas,  ¿en razón de qué habría que seguir tomando en serio a un títere del Estado como es el señor Mas? Las mentiras pueden abrir paso a verdades, no sin enojosa reflexión, pero con mayor frecuencia, son fecundas en mentiras mayores.

El edén del secesionismo catalán está batiendo récords cada día, y por eso son tan capaces de rendir sentido homenaje al más golfo cuando les recuerda cuanto le deben, o de hacer distingos que están más allá de cualquier lógica. Hasta que alguien no decida en Cataluña poner fin a la presente farsa, puede haber muchas víctimas en esa hermosa tierra, porque una vez que se ha desencadenado la lógica surrealista como alternativa a cualquier teoría consistente, puede pasar de todo.  No está claro, no obstante, que semejante confusión pueda arreglarse con sutilezas constitucionales, pero nunca se sabe.

Mentiras pacíficas, es peligroso asomarse al exterior

Tal vez lo que ocurre en Cataluña pueda explicarse como un ersatz de nuestra inexistente política exterior, haciendo con nuestra impotencia fuera un trabajo interno, véase si no al Ministro de Asuntos Exteriores, lo que sabe el tío de Cataluña.

Pocas cosas gustan tanto al respetable como la constatación de que la guerra es cosa del pasado, y nadie está dispuesto, por tanto, a recordar que estamos en el objetivo de una paradójica, como todas, guerra santa, de forma que así podamos dedicarnos a gozar en plenitud de los deliquios de esta salida de la crisis y de la interesante peripecia catalana.

Estamos asistiendo a la conversión de una guerra real, especialmente cruel y que no es nada lejana, en un videoclip, en una serie de secuencias visuales  tecnológicamente muy sofisticadas que se repiten hasta lograr la insensibilidad del espectador y que, además, están producidas y rodadas por los jerifaltes de la guerra, pero es de mala educación hablar de estas cosas, así que cesaré de inmediato. La verdad de la guerra se está ocultando tras el cristal de las pantallas, aunque golpee en la mismísima puerta trasera de la casa: es  lo que tiene confundir las verdades con historias, que casi siempre son más agradables las mentiras.


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