Sueños ciudadanos

Las tragaderas de Sancho

Los españoles de los últimos siglos, seguramente un tanto distintos de aquellos que supieron saltar la mar océana y poner los cimientos de un Imperio que nadie supo culminar, deberíamos estar agradecidos a los anglosajones que nos han atribuido una imagen quijotesca, noble, desprendida y valiente aunque algo ingenua.

No es una mala imagen, desde luego, pero si nos tomamos mínimamente en serio los datos sociológicos tendremos que reconocer que el español de hoy tiene en general, mucho más que ver con el adiposo Sancho que con el hirsuto Quijote. No es que Sancho sea un ser despreciable, no lo es en absoluto, porque tiene virtudes admirables, es muy bien mandado por ejemplo, cosa que no está de más en tiempos difíciles.

Ahora bien, Sancho tenía un defecto que le trajo problemas y que los continúa creando, era, a la vez, crédulo y desconfiado. Crédulo con lo que creía haber visto, y desconfiado con lo que le contaban. No es mala estrategia, pero su ejercicio se ha puesto especialmente difícil en la era de la información, en una época en que se hace más complicado que nunca distinguir entre lo que creemos saber y lo que nos creemos sin mayor motivo.

El rigor de la Agencia y Montoro en plan Torquemada

El ministro Montoro ha disfrutado días atrás de una ocasión pintiparada para convertirse en un héroe de la mayoría, de todos los que pagan, sin demasiado entusiasmo pero con asiduidad, las múltiples gabelas con que nos abruma Hacienda y a las que Montoro ha añadido, un día sí y otro también, su poquito de pimienta. Le pusieron delante a un defraudador ejemplar y confeso como Pujol y se empeñó en destrozarlo.

Es verdad que era una presa fácil, pero el cordobés se adornó. La mayoría de Sanchos gozaban en sus butacas viendo que la Agencia Tributaria es implacable y que no se ceba sólo en los que tratan de distraerle unos euritos, que se crece ante un gran defraudador, ante un enemigo tan temible y poderoso como el líder catalán. Si a esto se añade el placer de ver cómo roba alguien que nos ha acusado de ladrones, un matiz que no se escapó al Torquemada del fisco, se comprenderá que el gozo popular fuera de tono muy subido.

Algunos Sanchos se preguntaron, sin embargo, ¿desde cuándo se sabía de las hazañas de la primera familia catalana? Algunos Quijotes, sin miedo a desairar a las multitudes de Panzas, han llegado a apuntar, por otra parte, que el tonante ministro estuvo mucho más manso y elusivo cuando se trató de Bárcenas, que tampoco es moco de pavo. Esta doble sospecha no bastará, sin embargo, para enturbiar el contento de los Sanchos, pero por todo se empieza: ¿no será que echando a las fieras a un Pujol ya amortizado se lava un pasado en el que se jugó con la impunidad y a favor del negocio político común?

El doble pensar en su versión manchega

Sostener una cosa y su contraria no resulta fácil en teoría y si el público es exigente, pero es un ejercicio baladí, si se le echa práctica y el respetable está dispuesto a mirar para otra parte. Es admirable la rapidez con la que se acogen y el éxito con el que se cultivan un buen montón de tonterías y de sofismas disfrazados de decencia o de radicalidad. Abundan, por ejemplo, los que están dispuestos a reducir los impuestos sin bajar el gasto público, o a mantener, a un tiempo, que hay que controlar la emigración pero sin poner pegas en las fronteras conflictivas. Este compatibilismo llega a su cenit en algunas materias especialmente confusas, por ejemplo, tratando de respetar, al tiempo, el llamado derecho a decidir, y la Constitución.

Haberse acostumbrado a la idea de que nada es imposible es mérito de los cuidados y delicadezas de un estado providencia que se afana en ocultar sus costes y que sospecha que el recurso a la deuda nunca va a tener límite. ¡Ahí es nada vivir a costa del esfuerzo de otros, sobre todo si cuando llega el momento doloroso del pago aparecen los buenos políticos a asegurar que la deuda es ilegítima!

Los buenos Sanchos no dejan de maravillarse de que todo esto sea posible, se ven gobernadores de una nueva Barataria y, como se sienten excusados de la lectura del texto cervantino, no caen en la cuenta de que pronto puede acabarse el buen rollo de los marqueses y terminar con la burla. Bien es verdad que, en esta tesitura, la farsa es casi universal, pero subsiste el hecho de que no acaba de saberse cómo salir del mal paso, y nadie quiere perder las elecciones dando disgustos a los buenos manchegos.

En noviembre un imposible

Nos aproximamos a buena marcha a una fecha que pasará a la historia, porque en un fin de semana de noviembre van a pasar en Cataluña dos sucesos estrictamente incompatibles, aunque decía Unamuno que en Cataluña mucho ruido y pocas nueces. Va a haber un referéndum, eso dice el Gobierno catalán, y no va a haberlo, eso dice Rajoy. Puede que la solución sea más simple de lo que imagina el sentido común de Sancho, puede que el día después se diga que ha habido un referéndum, en versión de Mas, y que no lo ha habido en versión de la Moncloa.

Ocurra lo que ocurra, está claro que nos acercamos a un hito de la teoría y la práctica política, a una innovación comparable a la de la Física cuántica en la que, como se sabe, es posible que en un maletín haya un gato, con tal de que sea el de Schrödinger, y que no lo haya. Si no se diese esta portentosa innovación, esta ruptura radical con las fronteras lógicas de lo real, fenómeno que no dejaría de suscitar comentarios elogiosos por doquier, puede que los Sanchos empiecen a darse cuenta de que no acaban de apearse de un tramposo Clavileño de que, dicho en castizo, alguien se está quedando con ellos, especialmente si después de tanto aparato resultase que hay que darle unas dádivas muy onerosas a los tramoyistas catalanes.

Una realidad que se desdibuja

Septiembre nos ha vuelto a sorprender con la vuelta a la realidad cotidiana, pero es una realidad un tanto brumosa. El panorama político no está claro, Podemos y sus fantasías populistas parece crecer por todas partes, hay follones en el centro, el PSOE no arranca y Rajoy se apresta a resistir aunque sea cambiando las reglas del juego. Dicen que la economía va mejor, lo que no es mucho decir, pero los Sanchos que todavía aguantan con empleo precario y sueldo menguante empiezan a estar un poco confundidos, empiezan a no creer en lo que ven y pueden acabar creyendo en lo que cualquiera les cuente.

Son muchos los que ven en el horizonte inmediato una tormenta política de enormes proporciones en la que puede causar estragos lo que Lope llamaba la cólera del español sentado.  Se avecinan tiempos recios, sin necesidad, incluso, de acordarse del ISIS, que, como Teruel, también existe, y es probable que estos meses que nos separan de la primavera pueden acabar agotando la proverbial credulidad de Sancho. Será digno de ver.


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