Sueños ciudadanos

¿Cuándo se torció el invento?

Allá por 1969, Mario Vargas Llosa hizo que Santiago Zabala, protagonista de su Conversación en La Catedral, se preguntase, en el comienzo mismo de la novela, aquello de “¿En qué momento se había jodido el Perú?” y cabe sospechar que muchos españoles abrigan hoy, casi medio siglo después y en un mundo muy distinto, una pregunta semejante respecto al estado descaradamente malo en que se encuentra la vida política española: ¿cuándo se pervirtió, se corrompió, se estropeó, etc.,  la democracia? Con todo respeto hacia Vargas Llosa, esa pregunta está muy desenfocada, porque el problema no es cuándo, o cómo empezó el mal, sino qué podemos hacer para corregirlo, que debiéramos hacer para evitarlo.

Preguntar por la solución de algo es ligeramente más costoso que echarle las culpas al maestro armero

Echarle la culpa al pasado es una de las maneras de condenarnos a la inacción, porque el pasado se nos presenta como la imagen misma de lo fatal, de lo inamovible, de lo que ya no tiene remedio, así que preguntar por el cuándo suele ser una de las maneras de confesar nuestra impotencia, de rendirnos antes de empezar. Claro es que preguntar por la solución de algo es ligeramente más costoso que echarle las culpas al maestro armero, en esta modalidad historicista que tanto se lleva ahora entre nosotros. El corolario de todo este desenfoque sobre nuestros males es muy obvio, la tentación adánica de empezar de nuevo, la ruptura, la revolución, la vuelta, bajo disfraces sólo aparentemente nuevos, de los viejos caudillos populistas, el redescubrimiento del añejo arbitrismo que tan hondas raíces tiene en nuestra cultura, la magia verbal, una vez más.

La siesta intelectual

En España padecemos de manera especialmente aguda un problema bastante general de la sociedad contemporánea que subrayó Richard Sennett: que nuestras sociedades tienen miedo a reconocerse, son extrañamente conformistas y huyen del cuestionamiento. Ese rasgo cultural aleja a las sociedades del gran impulso que las ha hecho prósperas, tolerantes y positivamente escépticas, esto es amantes de saber. Ese defecto común en la postmodernidad, ha afectado de manera  extraordinaria a la sociedad española, largamente habituada a vivir de sus añejas costumbres, vicios y creencias.

Inauguramos la democracia con ilusión, fuimos valientes, pero ahora parecemos dispuestos a considerar que el sistema que nos ha proporcionado años de prosperidad ha sido un fraude

En España, la inteligencia no ha ocupado nunca un papel especialmente destacado, frente a realidades como el poder, el dinero, la tradición o la posición social y raramente se iba a conceder un incremento de prestigio a ese valor en un momento histórico en que parece estar por todas partes en retroceso. Yendo al caso: inauguramos la democracia con ilusión, fuimos valientes y supimos mirar más al futuro que al pasado, pero ahora parecemos de nuevo extrañamente dispuestos a considerar que el sistema que nos ha proporcionado años de prosperidad y de prestigio ha sido un fraude, y que debemos resignarnos a nuestra amarga excepcionalidad, a que nuestros males no tienen remedio, a que, parodiando el título de la  comedia, “La democracia no es para nosotros”, que necesitamos fórmulas distintas, más, supuestamente, avanzadas,  más radicales y eficaces, un disparate digno de la mayor pereza intelectual.

Nacionalismo y populismo

Desde la orilla oriental nos martillean con lo buenísimo que es votar, pero se nos oculta que no hay manera de votar si no se hace con orden, conforme a la ley, con censos y garantías y sin admitir que las votaciones llevan a compromisos, no a meras etapas en el cumplimiento de un horizonte utópico que nunca se discute y al que ahora le ponen el título realmente estúpido de derecho a decidir.

No se debiera confundir a nadie haciéndole creer que la democracia puede prescindir de formas, que se pueda hacer una democracia copiando de aquí y de allá

Miedo da ver que cuando cualquiera de los corifeos de semejante pamema se pasea por Madrit casi nadie se atreve a ponerle las cosas en su punto, a recordarle que no se trata simplemente de cumplir la ley, que siempre es importante, sino que no se debiera confundir a nadie haciéndole creer que la democracia puede prescindir de formas, que se pueda hacer una democracia copiando de aquí y de allá, el método de Escocia, pero no el resultado, por ejemplo, con la única condición de que se garantice siempre el efecto favorable a quienes patrocinan el escamoteo, esa democracia de chistera y bagatela, sin ley, sin censo, sin consecuencias y sin fronteras. La pena es que esta mistificación está operando sobre la base de una deslegitimación de nuestra democracia constitucional, simplemente porque muchos de los que tendrían que cumplir con su obligación, como jueces, periodistas y ministros están a sus cosas.

Desde el fondo del irredentismo, y apoyándose en datos patentemente absurdos, como que en España haya niños que pasan hambre y en auténticas inconsecuencias, el populismo nos visita y amenaza vestido con las vistosas galas de la generalización de derechos, de sueldos para todos y con la consigna que afirma que  “el que debe y no paga no debe nada”. Detrás de la recepción de estas monsergas hay un auténtico vacío cultural, la renuncia a pensar por cuenta propia, la incapacidad de distinguir entre problemas y soluciones, la renuncia a la libertad a cambio de unos derechos de papel, por supuesto “gratuitos” y graciosos.

Aunque algo se haya jodido, lo peor sería que no quisiésemos o no supiésemos buscarle arreglo

Enrique Krauze y la libertad

Ayer, en la recepción del V Premio Faes a la libertad, afirmaba Enrique Krauze que la libertad, como el aire, sólo se hace notar cuando falta y nos advertía a los españoles del riesgo que corremos al tratar de volver cuarenta años atrás, a empezar de nuevo para ir a parar, seguramente, a algo mucho peor, a prostituir la libertad política que apenas hemos empezado a gozar. Claro está que para evitarlo hace falta que exista la política, que en la democracia se ventile algo más y algo mejor que el destino de las tarjetas negras de Caja Madrid, que esa obscena historia de la corrupción se supere no porque deje de desvelarse, sino porque se despeje, porque los jueces actúen y no se queden en las espumas, pero sobre todo porque los políticos se den cuenta de que no están jugando con sus escaños, sino con el destino de todos nosotros.

Esto sólo sucederá si los militantes avergonzados de sus partidos y los electores dejan de lamentarse y actúan en consecuencia, diciendo no a lo que no quieren y empujando sin parar a los políticos hacia un horizonte despejado, ambicioso, plural y digno. Sin mirar atrás, sin lamentarse, pero sin dejar de empujar hacia los cambios imprescindibles, porque debiera ser obvio que aunque algo se haya jodido, lo peor sería que no quisiésemos o no supiésemos buscarle arreglo. No estamos ante un problema de historia, sino de supervivencia.


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