Sueños ciudadanos

La tasa Google y el resistencialismo

La marca España ha sufrido otro empujón de modernidad con la aprobación de la ley que pretende poner a Google en su sitio: ¡leoncitos a mí! que decía Don Quijote. El mundo entero admira nuestra gallardía, ese saber poner la propia dignidad por encima de las conveniencias y todo lo demás. Se van a enterar en Mountain View de lo que son unos dirigentes valientes y que saben de su negocio, de cómo tratar a los nuevos piratas que pretenden arrebatarles de barato el fruto de sus desvelos. 

Claro es que algunos malpensados se malician que la pifia del Gobierno con  la ley que pretende imponer una tasa irrenunciable a Google es de tan alto fuste que no puede explicarse únicamente con la impericia y el paletismo digital que es habitual en nuestros dirigentes, que se sospecha que por detrás de la ley existiría un grupito de listillos dispuestos a constituir una SGAE partiendo de la tasa Google, que ya consideraban en el bote, y que ellos repartirían. 

Cabe preguntar qué llama más la atención de estos supuestos intrigantes, si su avaricia o su estupidez. De todas formas, la idea no resulta extraña, es como la radiografía de buena parte de las administraciones públicas, unos paganos obligados y unos administradores opacos y soberbios: el fallo está en que Google seguramente es menos tonto que una cierta porción de los ciudadanos.  

La sabiduría está en el aguante

Una peculiar deformación del estoicismo de fondo que inspira la cultura española da en suponer que la resistencia lo es todo, que el que resiste gana, y así es muchas veces, en efecto, aunque no siempre. Rajoy acaba de recordarle la receta a Sergio Martín, el periodista de 24 horas TVE al que le han llovido las críticas por una pregunta de éste escasamente complaciente, no con Rajoy sino con Pablo Iglesias; Rajoy ha querido apoyar a Sergio Martín, puesto que de alguna manera es su jefe, recordándole que la clave está en no dimitir. No hace falta ser el Dr. Freud para ver en esta fórmula marianista un destello de la medicina que se aplica el propio presidente al que no se podría hacer el reproche del refrán: “consejos vendo y para mí no tengo”

Tal vez se equivoque Rajoy no en el consejo sino en la analogía entre las situaciones que implícitamente compara. No hay duda de que Sergio Martín pudo aplicar una dosis excesiva e inadecuada de agresividad a un líder acostumbrado al trato melifluo y servil de los medios y que, aunque eso pueda criticarse, siempre parece menor defecto en un periodista cierta agresividad que el exceso de complacencia, si bien no resultaría ser demasiado gallarda la conducta de quien aplicase la norma de manera enteramente asimétrica. Las críticas al  periodista, frente a las que el presidente le recomienda fortaleza, nada tienen que ver, sin embargo, con las que recaen sobre la política de Rajoy, de manera que bien pudiera ser que el consejo sea oportuno y prudente en un caso y resulte temerario en otro.  A Sergio Martín no le critican sus jefes, muy por el contrario, como se ve, le alaban. A Rajoy sí le critican sus jefes, y esta es la diferencia esencial, porque el presidente depende de los electores mientras que Martín depende de quien diga Rajoy

A lo largo de esta legislatura Rajoy ha simplificado de manera brutal la naturaleza de la política, pero parece creer que ha descubierto una fórmula  prodigiosa que le sitúa más allá del bien y del mal

Todo menos hacerse preguntas

Rajoy parece creer a píes juntillas las historias que nos cuenta, pero no da la sensación de reparar en la posibilidad de que haya razones para que muchos no se las crean. A lo largo de esta legislatura Rajoy ha simplificado de manera brutal la naturaleza de la política, pero parece creer que ha descubierto una fórmula  prodigiosa que le sitúa más allá del bien y del mal. Ha reducido la política a gestión, y la gestión al puro ir tirando, a la maniobra menuda del día a día, tan absolutamente ayuna de horizontes como de explicaciones. Lo ha fiado todo a un único resultado, a conseguir el aprobado, o “suficiente” como se dice ahora,  en economía, aunque sea de penalty y en el último minuto. Ha utilizado once millones de votos para que los españoles le concedan el mérito de haber acabado con una pesadilla económica, y piensa dedicar el año que le queda a machacar con la idea de que su peculiar Odisea se ha saldado con éxito. 

Al actuar de tal modo, Rajoy ha apostado a fondo por atarse al mástil de la nave y no escuchar los cantos de sirena,  una conducta que podría llegar a ser admirable en un autócrata, o en un autista, pero que parece literalmente insensata en alguien que dependa de las opiniones ajenas, en  un político democrático. Su conducta no es, sin embargo, fruto de una mera inadvertencia, sino de un propósito deliberado, de la convicción de que sus votantes piensan y sienten  de tal manera que, al final, le darán la razón. Dicho de otra manera, Rajoy cree que en la política sólo puede conseguirse evitar lo peor, y que es de orates empeñarse en cualquier clase de ambiciones, es el tipo de conservadurismo que criticó Chesterton con tanta energía como agudeza, aunque me apresuro a recordar que Chesterton era inglés, lector  voraz y autor, para más INRI, de varios miles de páginas, un tipo humano que no abunda, precisamente, por estos lares. 

La fatal arrogancia

Un elemento esencial en lo que Hayek denominó fatal arrogancia es la convicción de que existen grupos escogidos que poseen una información superior a la del publico y que, por ello, pasan a tener alguna especie de derecho a imponer sus opiniones. Aunque Hayek dirigió sus críticas al socialismo, advirtiendo que hay socialistas en todos los partidos, puede también tomarse como arrogancia,  fatal o no ya se verá, la convicción que anima a los déspotas más o menos ilustrados, a los tecnócratas, la absoluta descreencia en que la democracia deba tener algún significado político: la suposición de que, en último término, toda política se reduce a una administración supuestamente buena para los intereses más elementales del público.

Rajoy puede equivocarse mucho, y con efectos catastróficos, al valorar los motivos por los que, hasta ahora, le han abandonado millones de votantes

Rajoy puede equivocarse mucho, y con efectos catastróficos, al valorar los motivos por los que, hasta ahora, le han abandonado millones de votantes. Es posible que pueda tratarse de un abandono, digamos, encuestal y no electoral, pero tan importante como saber eso, que no se sabrá, al menos, hasta junio, y luego, hasta enero de 2016, sería acertar a diagnosticar las razones de ese abandono, y cabe temer que las técnicas prospectivas no sean lo suficientemente sensibles para poder responder adecuadamente a esta cuestión

Dos hipótesis contrarias

La hipótesis de Rajoy es que el miedo (a Podemos, o a Pedro Sánchez, o a cualquier fórmula de izquierdas) sea un eficaz movilizador de sus votantes de forma que pueda conservar la minoría mayoritaria que haga que el Rey le encargue, en primer lugar, formar Gobierno. Naturalmente, esa presunción será tanto más probable cuanto más innegables se hayan hecho los progresos de una incipiente recuperación económica. Curiosamente,  quienes mejor le garantizarían esa hipótesis serían sus electores más a la derecha, que son los que creen tener más razones para sentirse muy perjudicados por muchas de sus decisiones. 

La hipótesis alternativa, que no contraria, se fija, más bien, en esos millones de  votos que se sitúan convencionalmente en el centro del espectro y que podrían estar más atentos al deterioro de la vida política que a la supuesta mejora de la economía y que encontrarían en la manera de hacer política de Rajoy el argumento decisivo para retirarle el voto. Esos votos son muy difícilmente recuperables por Rajoy, aunque podrían volver, al menos en parte, a un partido que decidiera poner fin a sus convolutos con la corrupción y a su tibio relativismo con el espíritu y las formas de la democracia, pero también con la unidad de la Nación y con la importancia de la propia política. Un partido en que el presidente del gobierno elige al portavoz de los diputados que lo legitiman tiene mucho camino que recorrer antes de volver a recuperar  apoyo en quienes creen que la libertad política es algo que merece la pena. 

La diferencia entre las dos hipótesis no se va a resolver de manera académica, o dialéctica, sino mediante el calendario, claro que los calendarios siempre lo acaban resolviendo todo.


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