OPINIÓN

Una semana después, Cataluña sigue donde estaba

Los supremacistas catalanes nos han brindado una oportunidad que la Nación no debiera desaprovechar, es responsabilidad de los partidos hacerlo, pero creo estar razonablemente seguro de que la opinión pública va a tolerar muy pocas mojigangas al respecto.

Una semana después, Cataluña sigue donde estaba.
Una semana después, Cataluña sigue donde estaba. EFE

Los sucesos de la pasada semana son de los que pasan a la historia. En este caso, no por haber dado paso a una novedad, sino por algo menos habitual, por haber demostrado la rotunda imposibilidad de una aventura irresponsable, antihistórica, insolidaria y, desgraciadamente, llevada a cabo mediante una serie profundamente grotesca de episodios, cada uno más chusco que el precedente. Por eso creo que se equivocan los que advierten del riesgo de que en las próximas y tempranas elecciones todo vuelva a quedar igual, porque nunca es nada lo mismo después de haber hecho el ridículo, eso que según la sabiduría del viejo Tarradellas nunca se debiera hacer en política.

Todo cambia y todo sigue igual

Muchos albergábamos el temor de que la situación abocase a un conflicto civil abierto, largo, y muy doloroso; afortunadamente no parece que vaya a ser así, y es algo de lo que hay que alegrarse, pero esa alegría, no debiera ocultarnos una verdad de fondo; el problema del supremacismo catalán no queda resuelto por el clamoroso fracaso de una intentona chapucera hasta la náusea.

A medida que pase la fase más aguda de la sensación de espantoso ridículo, es muy fácil que, si las causas de fondo no se corrigen, se vuelvan a plantear problemas similares

De hecho, a medida que pase la fase más aguda de la sensación de espantoso ridículo, es muy fácil que, si las causas de fondo no se corrigen, se vuelvan a plantear problemas similares, aunque probablemente de manera muy distinta, porque no es razonable suponer que nadie vaya a empecinarse en conseguir lo que ahora se ha demostrado imposible, por la formidable oposición de dos fuerzas que no siempre se perciben a primera vista en la superficie, allí donde el aventurerismo de la política goza de mejor presencia, pero que determinan muy  hondamente el curso de los acontecimientos: la primera, la realidad de una economía pujante que no resiste ni la inseguridad jurídica ni la parcelación de mercados, y una segunda, la rotunda oposición de Europa entera, y, en la práctica, del universo mundo, a que se inicien movimientos que pongan en riesgo lo que se ha conseguido en los últimos sesenta años, y de ahí que los supremacistas catalanes solo hayan podido obtener un atisbo de ayuda de los enemigos de esa idea, sean los populistas antieuropeos, sea Putin.

Un arreglo episódico en algo que requiere medidas mucho más hondas

Gracias a esos dos fenómenos casi telúricos, las medidas del gobierno han obtenido, hasta ahora, un éxito que puede ser equívoco. La inmediata convocatoria de elecciones es, en efecto, un movimiento muy arriesgado, pero si se obtuviese un resultado notablemente distinto a los más recientes nos pondría en camino de una solución duradera. El riesgo de que se repitan los resultados, que es lo que al parecer detectan ahora mismo las encuestas, es algo que puede ser molesto, pero no peligroso, pues para nada cabe suponer que lo que ha sido imposible hace una semana pueda llevarse a cabo dentro de dos meses. No ha habido choque de trenes, sino un absurdo empeño en abatir un muro conduciendo un vehículo ligero y averiado. Sea cual fuere el resultado de las elecciones, será el de unas elecciones autonómicas, algo que no permitirá que nadie pueda saltarse la ley ni obrar contra el más elemental sentido de la realidad.  

El Estado, sin embargo, no puede conformarse con aplicar aspirinas a un enfermo grave, tiene que poner en marcha una serie de reformas de fondo que logren que la situación se normalice a largo plazo

El Estado, sin embargo, no puede conformarse con aplicar aspirinas a un enfermo grave, tiene que poner en marcha una serie de reformas de fondo que logren que la situación se normalice a largo plazo, para que el independentismo catalán pase a ser definitivamente el sueño de unos locos, por extendidos que hayan estado los síntomas de esa dolencia. La forma en que los partidos diseñen esa tarea puede acabar determinando de manera muy fuerte el porvenir político de toda España, y sería un error colosal no acometer prontamente ese objetivo. Si la reforma de la Constitución parece conveniente, es precisamente por la necesidad que existe de corregir lo que en ella ha hecho posible que disparates como el del supremacismo catalán hayan estado a punto de darnos un susto mayúsculo.

El gobierno se ha permitido, incluso, el lujo equívoco de no tocar TV3: ha debido sentirse muy seguro de lo que hacía. Todo puede cambiar en relativamente poco tiempo, pero los indepes están inconcebiblemente más débiles que hace seis semanas.  Ya digo que el mérito no ha sido de los políticos, sino de la realidad, pero, al menos esta vez, el gobierno tampoco ha puesto palos en las ruedas, como sí estuvo a punto de hacerlo entre la convocatoria del referéndum y los primeros días de octubre.

El paisaje tras la batalla

Los sucesos recientes han supuesto una auténtica convulsión social en toda España, cuyos frutos tardarán en hacerse completamente evidentes y en traducirse en resultados electorales tangibles, pero se hace necesario resaltar algunas novedades de notoria importancia: en primer lugar, que la Nación española está viva, incluido, por supuesto, en Cataluña, de forma que el Estado se verá obligado a tenerlo más en cuenta de lo que les pueda convenir a las minorías políticas muy propensas al arreglo inter nos. Sean cuales hayan sido los méritos de los apaciguadores de ocasión, no está claro que el sentido político indique que la solución de fondo haya de venir por continuar con algo extraordinariamente parecido al malhadado procés, solo que esta vez conducido por las fuerzas de carácter estatal. Podemos y sus secuaces han incurrido en ese error, y es presumible que lo vayan a pagar muy caro, por mucho que quieran disimular haciendo de la ambigüedad la virtud cardinal de sus propuestas. A este respecto, el número de tontos puede seguir siendo relativamente alto, pero no será crecedero.

Los partidos nacionales, salvo, en cierta medida, el caso de Ciudadanos, han ido a remolque, y se han refugiado en las medidas paliativas

Los partidos nacionales, salvo, en cierta medida, el caso de Ciudadanos, han ido a remolque, y se han refugiado en las medidas paliativas. Eso no bastará. Nuestra Constitución recoge el principio de autonomía, y ha dejado muy abierto cuáles son sus límites, en lo que, sin duda alguna, consistió en una apuesta histórica por la generosidad y la convivencia, pero ya se ha visto que existen fuerzas desleales capaces de traicionar al conjunto de la Nación, y se hace muy necesario darle una vuelta de tuerca al tal principio para que quede meridianamente claro lo que no resulta admisible. Los supremacistas catalanes nos han brindado una oportunidad que la Nación no debiera desaprovechar, es responsabilidad de los partidos hacerlo, pero creo estar razonablemente seguro de que la opinión pública va a tolerar muy pocas mojigangas al respecto, y espero que emerja con claridad una izquierda sin ninguna clase de complejos dispuesta a defender sin la menor vacilación la unidad española, la libertad y la igualdad esencial entre todos. No hacerlo será, sin duda, una traición de lesa patria.


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