OPINIÓN

Tras la sedición en Cataluña

Los españoles nos toparemos a un problema con el que seguramente preferiríamos no enfrentarnos, repensar, con la experiencia de lo ocurrido en este casi medio siglo, nuestro modelo de convivencia, y es inane pensar que no hará falta hacerlo, que podremos seguir bajo la dirección de unas cabezas huecas.

Tras la sedición en Cataluña.
Tras la sedición en Cataluña. EFE

Tras las esperpénticas sesiones del Parlamento catalán, el discurso de Rajoy dando cuenta de que es consciente de la gravedad de la situación que han creado los sediciosos supuso una especie de respiro, un cierto alivio. Sin embargo, si nos tomamos en serio a Rajoy, que dice ser muy consciente de la gravedad de lo que pasa, tendremos que reconocer que las medidas que ayer adoptó el Consejo de Ministros son necesarias, pero serán patentemente insuficientes. No hay la menor razón para suponer que los que dirigen el cotarro sedicioso vayan a cesar hasta que no se les impida, físicamente, y no solo jurídicamente, hacerlo, y eso debe llevarnos a pensar en algo más que instrucciones a la abogacía del Estado y procedimientos judiciales.   Rajoy debe saberlo, pero tiene esa incontenible tendencia a minimizar lo que pasa (“los hilillos” del Prestige) que le ha hecho justamente famoso, de manera que los ciudadanos vamos a vivir en un estado de agónica expectativa al menos hasta que comprobemos como no se celebra el referéndum del 1 de octubre. Convendría darse cuenta de que lo que luego venga será probablemente peor, entre otras cosas porque ninguna de las posibles salidas del caso es inequívocamente buena.

Crisis de un modelo

La Constitución de 1978, que contó con un enorme apoyo de los ciudadanos catalanes, y con un activo papel de los parlamentarios catalanistas, se ha convertido en un objetivo político a abatir por los nacionalistas catalanes mutados en secesionistas y convertidos en sediciosos revolucionarios desde hace un par de jornadas. No es un hecho menor, sino algo que, nos guste o no, nos obliga a repensar el sistema pues, si algo parece claro a la vista de lo que está sucediendo, es que nada volverá a ser lo mismo en las instituciones catalanas.

La sedición catalana, que es intolerable y deberá ser impedida con toda la ley y con todos los medios de fuerza disponibles, es la consecuencia de un fracaso político

Salvo que consideremos la política desde su ángulo más angosto, como una pelea agónica entre enemigos irreductibles, habremos de reconocer que la sedición catalana, que es intolerable y deberá ser impedida con toda la ley y con todos los medios de fuerza disponibles, es la consecuencia de un fracaso político, que tiene una doble razón de ser, por una parte, el haber consentido a los nacionalistas catalanes hacer de su capa un sayo en una serie de cuestiones en las que debiera haberse sido mucho más exigente, pero también por no haberse tomado en serio los factores estructurales del descontento catalán, por no haberlos analizado a fondo para ponerles remedio, y para poder combatir políticamente la interpretación que han venido haciendo los sediciosos ante la pasividad común.

No premiar la deslealtad, sino repensar el sistema

Lo peor que podría pasarnos ahora, dando por hecho que la sedición será abortada, es que nos entrase una especie de síndrome de Estocolmo y que, bajo la meliflua melodía de la negociación, acabásemos por premiar a los sediciosos, recompensando generosamente su deslealtad, incluso aunque no se les vuelva a declarar españoles del año. Lo que hay que hacer, por el contrario, es distinguir entre la deslealtad de una clase política condenada a la derrota, y los motivos de fondo, cuando estén bien fundados, que han permitido que prenda en una gran parte de la ciudadanía catalana la desafección radical a cualquier proyecto común, y, por ello, solidario con el resto de España.

Mientras la izquierda no se atreva a proclamar que la solidaridad hay que ganársela con esfuerzo, mientras no renuncie a vivir con excesos de la sopa boba que se extrae de regiones más productivas, se fomentará la insolidaridad de los catalanes

No será una tarea fácil ni para la derecha que apenas sabe hacer otra cosa que refugiarse en el oportunismo, y que no tiene ni media idea de lo que se podría hacer, ni para la izquierda que ha sido la principal causante histórica de la crisis, y no me refiero solo a la estúpida frivolidad del zapaterismo, sino al hecho de que la izquierda haya consentido expresamente que comunidades como Extremadura o Andalucía, puedan presumir de un españolismo exacerbado mientras mantiene cerca de un 40 por ciento de su población viviendo de rentas públicas que no son capaces generar. Mientras la izquierda no se atreva a proclamar que la solidaridad hay que ganársela con esfuerzo, mientras no renuncie a vivir con excesos de la sopa boba que se extrae de regiones más productivas, se fomentará la insolidaridad de los catalanes, y no solo la de ellos.

Respetar la ley

Los españoles tenemos que aprender a respetar la ley, pero sería deseable que la clase política, la derecha y la izquierda, nos diesen mejores ejemplos de esa conducta. El error de los sediciosos de Cataluña está, sin duda, en creer que, puesto que se han podido saltar las leyes en muchas ocasiones, podrían pasar de la excepción consentida, en una especie de do ut des parlamentario regido por la exagerada importancia que han tenido los votos nacionalistas en el Congreso (lo que no ha sido sino una consecuencia de la miopía egoísta delos dos grandes partidos), para realizar el milagro de saltarse entero el marco constitucional y legal, apenas sin despeinarse.

Veremos hasta dónde llega la pasión independentista, pero hay que dar por descontado que no se va a descubrir ninguna tercera vía

Espero que empiece a quedarles claro que se habrán de despeinar y que no se lo saltarán, pero esa toma de conciencia probablemente no vaya a servir para que sus compañeros de viaje radicales no ensayen en la calle una revolución de más envergadura que sea capaz de dotar al proces de la épica de que carece. Veremos hasta dónde llega la pasión independentista, pero hay que dar por descontado que no se va a descubrir ninguna tercera vía, que las secesiones se hacen o por pacto o por la fuerza, y que, puesto que no se ha querido pactar nada, no habrá otro remedio que el imposible de hacer magia o pagar el precio en el que nadie quiere pensar, que, además, sería un tributo estéril.

Lo que queda por delante

Superado, seguramente no sin crudezas, el episodio sedicioso, los españoles nos toparemos a un problema con el que seguramente preferiríamos no enfrentarnos, repensar, con la experiencia de lo ocurrido en este casi medio siglo, nuestro modelo de convivencia, y es inane pensar que no hará falta hacerlo, que podremos seguir bajo la dirección de unas cabezas huecas, oportunistas, frívolas, mentirosas y corruptas, con fuerzas políticas que abusen de nuestra paciencia con palabras vacías, con tópicos tan estúpidos como gastados. Estamos ante una gravísima crisis, y es una necedad pensar que vamos a superarla sin hacer nada extraordinario: no se trata solo de poner en su sitio a los sediciosos, que es, indudablemente, el primer paso, es que tenemos que encontrar las energías necesarias para poner en píe nuevas décadas de progreso y bienestar sobre bases distintas porque es obvio que las vigentes han fallado de manera estrepitosa. Una vez más, España estará en nuestras manos y hay que esperar que seamos capaces de atesorar el valor y el patriotismo suficiente para salvarla de los errores interesados que hemos consentido.


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