Sueños ciudadanos

Todos roban

La ley que nos empuja a seguir el hilo de la actualidad no es la mejor garantía posible de buen juicio sobre lo que ocurre. De la misma manera que la mala moneda expulsa a la buena del mercado, las presunciones más baratas tienden a imponerse en los incesantes análisis de lo que pasa, y se acaban por homologar como razonables muchos supuestos que no lo son en absoluto. Javier Benegas y Juan Manuel Blanco acaban de proporcionarnos en estas páginas un ejemplo clarísimo de ese fenómeno de engaño colectivo, con sus correspondientes yihadistas, en su valiente análisis de lo que ocurre con la llamada violencia de género, pero, desgraciadamente, abundan los casos en los que un cierto sentido común resbala sobre lo esencial, a basa de recibir, una y otra vez, versiones interesadas sobre el particular.

La supuesta crisis moral

Una de esas verdades baratas que nutren el juicio de muchos, y que evitan que puedan acertar con causas de mayor empaque de lo que ocurre, es la que se empeña en atribuir el conjunto de crisis que padecemos (política, institucional, económica, etc.) a una supuesta “crisis moral”, a un desfondamiento general de los principios éticos cuya sola existencia sería suficientemente poderosa como para explicar de una buena vez el conjunto de males que supuestamente nos atosigan: que todos roben, que todos mientan, que todos vayan a lo suyo, y así un etcétera tan largo como se quiera.

No ha existido época en que los observadores correspondientes no hayan creído ver como una etapa especialmente depravada

La idea de crisis moral surge de una especie de contaminación del universo conceptual correspondiente a la ética por el marco de referencia que rige el mundo económico y financiero, de la absurda suposición de que, del mismo modo que hay un mercado de acciones y bienes económicos, existe una especie de mercado moral, y de que se da la penosa circunstancia de que, ahora mismo, este importante mercado está muy a la baja. Lo absurdo de la metáfora se comprende bien con sólo caer en la cuenta de dos modestas realidades: la primera, que no ha existido época en que los observadores correspondientes no hayan creído ver como una etapa especialmente depravada; la segunda, de la simple consideración de que cualquier juicio moral ha de referirse, por pura lógica, a una acción estrictamente individual, un terreno en el que las consideraciones de ambiente no tienen realmente mucho que decir, porque la acción moral es, por definición, una acción libre, individual y autónoma.

Pero el análisis de los efectos de una falsa categorización es siempre más interesante que el de sus carencias lógicas. ¿A quién beneficia el empleo de metáforas tan insustanciales como las de la crisis moral o las de la regeneración, que bien puede considerarse como un primo tonto de la primera?

El trile fiscal

Existen dos beneficiarios principales de la circulación de esa clase de tópicos moralizantes, en primer lugar, el populismo rampante de los indignados, la reacción que lleva a la caza de brujas, a ir contra la casta, a socializar y localizar el chivo expiatorio, todo menos pensar con un mínimo de acuidad en las razones por las que se producen los males que se dice querer combatir. La búsqueda de una orden de santos capaces de acabar con el latrocinio puede y suele acabar, sin embargo, con los mayores ladrones al frente del negocio y la ruina general. No es que falten ejemplos, pero me conformaré con citar el de la Argentina peronista o el de la Venezuela chavista.

Hay otro beneficiario más insidioso y menos advertido de esa falsa categoría moralizante, el incremento del gasto público y el aumento de la discrecionalidad del poder para arrebatarnos el fruto de nuestros esfuerzos, nuestro dinero. El razonamiento de fondo es ligeramente más sofisticado, pero todavía muy simple: como el mal (el capitalismo o cualquiera de sus ersatzs de conveniencia) es incesante, implacable y aumenta su poder, debe ser combatido con políticas sociales cada vez más amplias, generosas y creativas. El mal debe ahogarse con bienes inagotables, con la deuda, con el déficit que sea menester, con ofertas imaginativas de alcance global, con el poder imbatible del pueblo unido frente a los egoísmos y la insolidaridad, aboliendo cualquier austeridad. Así pues, la supuesta crisis moral, que se nutre de prejuicios frecuentes en la derecha sociológica, sirve de excelente estratagema para que la izquierda estatista aumente su legitimidad y sus afanes recaudatorios. La creencia en la ubicuidad del mal sirve para legitimar efectivamente el sistema que permite que muchos puedan sacar beneficios muy tangibles de la situación con toda la tranquilidad del mundo, revestidos con el ropaje de la más exigente y social santidad.

Octavio Paz caracterizó al Estado moderno como a una máquina que se reproduce sin cesar, un auténtico

cyborg, avant la lettre

El ogro filantrópico

Octavio Paz caracterizó al Estado moderno como a una máquina que se reproduce sin cesar, un auténtico cyborg, avant la lettre, y ese ogro que se alimenta de nosotros, necesita una justificación, necesita que creamos en su filantropía, que no desconfiemos de él. El confiado abandono ciudadanos hacia las políticas sociales es la situación ideal para quienes gobiernan la marioneta estatal, una legitimidad indiscutible para su capacidad de extraer impuestos y una amplia arbitrariedad respecto del modo de gastarlos, de modo que baste con explicar someramente los fines, siempre indiscutibles, sin perder tiempo ni energías en auditar los sistemas, los procedimientos, ni, mucho menos aún, en someter a escrutinio la fiabilidad y el valor de los resultados de esas políticas. De este modo, como hay que hacer comedores sociales aunque no haya demandantes, centros culturales, aunque nadie los visite, polideportivos, aunque el deporte dominante sea ver el fútbol en la tele, por supuesto que en chándal, universidades, aunque ya haya decenas de más, hospitales, aunque vayan a estar vacíos y su personal no pueda alcanzar la debida curva de experiencia, y museos de arte contemporáneo en cada pedanía, el gasto público incontrolable proporciona una excelente oportunidad para que todo tipo de bandidos se acomoden al circuito opaco de gasto creciente. Con ello no sólo no se cura ninguna crisis moral, sino que se crea un movimiento perpetuo de capital, incesante e inagotable, que hace ricos a los listos, aunque deje a los tontos de siempre bastante contentos con el supuesto progreso moral que implica el gasto creciente a lomos de impuestos, que nadie, sino muy de vez en cuando, percibe como un exceso, porque todo es bueno para la realización del reino de los cielos.

Todos al suelo

El ejemplo más luminoso de ese trueque entre supuestos bienes generales y certísimos beneficios políticos para unos pocos es el del régimen de explotación del suelo. Se debe al general Franco el haber puesto el basamento sobre el que se ha edificado el mayor negocio del siglo, la privación al propietario del derecho a edificar con el argumento de la devastación bélica y la necesidad de concentrar esfuerzos, que, posteriormente, ha adquirido el lustre urbanístico y ecologista que conviene a las grandes causas, pero que ha llevado a que sea el poder arbitrario de unos pocos el que determine el valor del suelo por el procedimiento simplicísimo de prohibir la construcción en el solar aledaño. El sistema es de enorme eficacia, porque todo lo que se prohíbe aumenta inmediatamente su valor, como en el caso de la droga, otro de los grandes éxitos prohibicionistas. Así, padecemos en España un suelo carísimo teniendo, como tenemos, una superficie disponible difícil de agotar, y vivimos en cuchitriles que financiamos con grandes esfuerzos sin advertir que, al hacerlo, estamos pagando el peaje a los nuevos señores feudales que viven opíparamente a base de haber creado una escasez absolutamente artificial. 

Los extractores de rentas tienen que ocuparse previamente de crearlas, si quieren vivir con comodidad

No es milagro, sino ingenio

Los extractores de rentas tienen que ocuparse previamente de crearlas, si quieren vivir con comodidad. Pueden crearse incentivando el crecimiento y la novedad, pero es más cómodo apretar y apretar a quienes no tiene otro remedio que aguantarse, a los ciudadanos comunes que pagan una enorme cantidad de impuestos sin apenas advertirlo, porque el Ogro filantrópico no quiere darnos disgustos y es más útil que la mayoría de los impuestos circulen en silencio, sin necesidad aparente de meternos directamente la mano en el bolsillo, porque se retienen en origen y nunca conseguimos verlos.

La derecha política ha entrado con auténtica desvergüenza en este mercadeo social de bienes públicos y se ha desentendido de explicar a sus votantes el fallo lógico del argumento. Hace unos años pudo presumir de que eran los otros quienes robaban, ahora se les ha agotado ese miserable manantial, pero, agarrada a la teta del gasto público irresponsable creciente y olvidada de su obligación de defender un modelo político liberal y capaz de rendir tributo al mérito, asiste impotente al agotamiento de su venero de votos, un caudal que no recuperará hasta que no tenga el valor de decir que muchos pueden robar precisamente porque se nos está robando a todos de forma desmedida, porque la creencia letal en la viabilidad de una sociedad universalmente administrada ha hecho que se sienta incapaz de defender la libertad, el esfuerzo, la competencia y el mérito, y que esas virtudes cívicas son precisamente las que evitan el latrocinio general y las inversiones sin otro motivo que el enriquecimiento de quienes las administran en su provecho.

Esa industria extractiva enteramente ilegítima y muy encajada estructuralmente en el sistema de poder político es la que debiera preocuparnos, y no ninguna supuesta crisis moral de una sociedad que pueda regenerarse mediante nuevas políticas o cualesquiera otras zarandajas.


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