OPINIÓN

El ridículo político catalán

Si quieren ser catalanes como Rufián, seguro que les reciben con los brazos abiertos en el lodazal, pero la nación, los españoles que la formamos, se ha despertado y me malicio que no está dispuesta a cualquier concesión.

El ridículo político catalán.
El ridículo político catalán. EFE

Siento mucho decirlo, pero por encima de cualquier otra consideración, los acontecimientos políticos desarrollados en Cataluña son absolutamente ridículos, mucho más dignos de risa, y hasta de una cierta piedad, que de temor. No están exentos de riesgo, sin embargo, el mismo que sentiríamos en otras situaciones surrealistas, por ejemplo, al ver borracho al piloto de nuestro avión, o al observar que el cirujano que se nos acerca es una especie de patán sin bata que blande una navaja barbera. En ambos casos saldríamos corriendo, de poder, pero de lo de Cataluña no se puede. 

El primer riesgo que corremos todos con el esperpento catalán es que el gobierno de España, con o sin compañía de otros, se apreste a prolongar el enredo

El primer riesgo que corremos todos con el esperpento catalán es que el gobierno de España, con o sin compañía de otros, se apreste a prolongar el enredo. Es descorazonador, por ejemplo, que Rajoy haya creído oportuno preguntar a Puigdemont sobre el significado del sainete, debe ser el único español que no se ha dado cuenta de que los separatistas quieren romper la unidad de España y, aunque no saben ni pueden hacerlo, hacen todo lo posible porque lo parezca mientras confían en que un Estado medio bobalicón se pare a preguntar si son galgos o podencos. La proporcionalidad que Rajoy se figura como regla no sirve para legitimar ninguna respuesta delirante, por más que lo sea el desafío. Si nuestro Gobierno se apresta a continuar el ridículo catalán con un comportamiento equívoco, timorato y huidizo, estaremos muy cerca de poder sentirnos perdidos. La farsa acabaría por ser el origen de una tragedia verdadera. Esperemos que no sea así, lo sabremos muy pronto. 

Independentistas sin fronteras

Entre la numerosa sarta de sandeces que han proferido los diputados levantiscos, destaca por méritos propios la de la revolucionaria Anna Gabriel afirmando que los de la CUP son “independentistas sin fronteras”. Como la frasecita carece de cualquier atisbo de ironía no hay otro remedio que tomarla como seña cierta de infantilismo, como garantía de que se ha perdido cualquier clase de nexo lógico entre lo que se dice y aquello de lo que se supone se está hablando. Lo de Puigdemont suspendiendo una declaración que ni él podría hacer ni, seguramente, está del todo cierto de haber intentado hacerla, pertenece al mismo género de fantasía política en un universo mágico. La firma de una declaración tan pretenciosa como inane en un salón aparte y en un papel sin membrete forma ya parte de la historia universal de la tontuna política, pero también de la cobardía universal, ese comportamiento que busca la revolución, pero guarda las formas para seguir cobrando las dietas de las que vive toda esta patulea de incompetentes y ridículos personajillos.

España nos pega

Los supremacistas catalanes están tan absortos de mirarse continuamente el ombligo, muy distinto al español, por si no lo saben, que no han caído en la cuenta de que en cuanto se ha disipado el impacto emocional de esas imágenes, completamente falseadas, con las que quisieron mostrar al mundo la estampa de una España negra, al minuto siguiente, la gente con dos dedos de frente se preguntaba dónde están los partes médicos de tantos heridos, que se hizo de las secuelas de la barbarie supuestamente sufrida. Se trata de una de las estrategias de comunicación que más daño han hecho a su vana pretensión de presentarse como víctimas.

Una cohorte de plañideras continúa tratando de explotar ese venero de nimiedades como si se tratase de un genocidio

El mismísimo Rufián, muy experto en la sal gorda, no pudo mostrar, en la reciente sesión del Congreso, sino dos únicas fotos, seguramente falsas, de los daños personales infligidos en el día del fallido referéndum. Pero una cohorte de plañideras continúa tratando de explotar ese venero de nimiedades como si se tratase de un genocidio, porque el mandato de no exagerar no forma parte de la retórica nacionalista. Miles gloriosus en plan víctima, los supremacistas catalanes han hecho un pan como unas tortas publicitando la supuesta barbarie española. Más de uno habrá sentido el latigazo del fracaso al enterarse de que una revista tan escasamente convencional como la francesa Charlie Hebdo ha decidido ponerlos como ejemplo universal de gilipollez, todo un récord.

La presunta genialidad de su estrategia

Todo el acierto del llamado procés se reduce a una supuesta virtud ajena, a la casi infinita tolerancia de la que ha hecho gala el régimen del 78 con uno de sus fundadores, a la indefinida concesión de crédito, más allá de lo razonable, con la que se ha respondido a las muestras evidentes de deslealtad que los políticos supremacistas han ido dando, desde desobedecer las sentencias de los tribunales hasta las ofensas más dolorosas a nuestros símbolos e instituciones. Es evidente que piensan que España es una mierda y que como tal puede tratarse, y la evidencia de esa deslealtad y la mezcla de trapacerías y chulería de que han hecho gala ha llegado a producir estragos en la habitual indiferencia de los españoles. Mientras sus jugarretas se han limitado al circo político han obtenido el aval de la mala fama general con la que la mayoría de ciudadanos califica a nuestros políticos. Ahora, sin embargo, han dado un paso más, y eso ha movido a la gente a salir a la calle, a sacar la bandera, a ostentar sin vergüenza alguna su españolidad.

No son unos genios de la estrategia y de la comunicación, son unos abusones y está claro que han sobrepasado largamente el nivel tolerable del hartazgo común

No saben bien en qué berenjenal se han metido. Seguro que ahora confían en que la gente vuelva a sus casas y en rehacer los puentes confidenciales con políticos dialogantes, con esa especie de personajes que, hasta ahora, no han mostrado ningún problema en recibir patadas en el culo, aunque, naturalmente, las hayan recibido en las posaderas de los ciudadanos normales, esos que no pueden estudiar en español o no pueden operar de amigdalitis sin tener el certificado de competencia lingüística que dan los de la estelada. No son unos genios de la estrategia y de la comunicación, son unos abusones y está claro que han sobrepasado largamente el nivel tolerable del hartazgo común, algo que no tiene ninguna clase de marcha atrás. 

Aviso a navegantes

Rajoy y Sánchez, Sánchez y Rajoy, pueden preferir que les caiga la techumbre del sistema sobre sus cabezas antes que ser tomados por lo que, desde luego, no son. Pero ojo, porque ni Iglesias representa a los cinco millones de los que presume, ni nadie les ha dado a los otros dos tenores un certificado de idoneidad sin fecha de caducidad. Pueden hablar de nación de naciones, o de cualquier otra mojiganga, pueden dar a entender que la Constitución es suya y que la pueden modificar a placer para quedar bien con sus amigos de la otra orilla del Ebro, pero la opinión de los ciudadanos está empezando a expresarse muy al margen de sus consignas y en ninguna parte está escrito que sea verdad que los españoles lo somos por no poder ser otra cosa. Si quieren ser catalanes como Rufián, seguro que les reciben con los brazos abiertos en el lodazal, pero la nación, los españoles que la formamos, se ha despertado y me malicio que no está dispuesta a cualquier concesión para que algunos catalanes puedan seguir insultando a nuestros guardias civiles, a nuestros policías, a nuestro rey y nuestra bandera. Ya sabemos que es a nosotros a quienes insultan y no nos vamos a quedar entre estupefactos y llorosos si persisten en humillar el orgullo colectivo. Si Rajoy y Sánchez quieren seguir representándonos harán bien en tomar nota de que ya nada es lo que parecía ser, y que este proceso, contra el abuso y el ridículo, no ha hecho más que empezar.


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