Sueños ciudadanos

Un régimen hablado

La tendencia de una sociedad hiperconectada a repetir cualquier cosa, y la confusión, tan española, entre argumentar y machacar, hace que nuestra vida política parezca como un viejo Meccano, un juego que, pese a las fantasías infantiles, apenas servía para armar muy escasas piezas. Es verdad que el Meccano político de ahora es digital y posmoderno, pero sigue siendo tan limitado como cualquiera de la época de la hojalata y los coches de cuerda. Si se piensa en muchos de los debates que dominan la vida política española, se ve con facilidad que llevamos años de repetición, tanta que da la sensación de que se busca el hastío. Si algo relativamente positivo se pudo decir del 15M es que contribuyó, en alguna medida, a ampliar el lenguaje político imperante, acrecentando levemente, al menos, un panorama en que el agotamiento semántico era una evidencia. Sin embargo, y para no variar, el debate actual en torno a Podemos, un guirigay que no cesa, está incurriendo específicamente en los mismos defectos, se habla continuamente de ellos y se repiten hasta la saciedad los mismos argumentos, se confunde el debate con la propaganda, y la política con el parloteo.

Se trata de un problema muy viejo, de la tendencia a encerrar la política en un viejo museo de tópicos. Es también un mal bastante extendido, pero cualquiera que niegue que en España se habla mucho más de lo que se piensa, y se hace mucho menos de lo que se habla, nos conoce bastante mal. Josep Plá, uno de los cronistas más brillantes de nuestra historia caracterizó así, hace ya casi ochenta años, el nuevo sistema: “La segunda República española ha sido un régimen hablado, verbal, que no pudo superar, en realidad, la fase meramente sonora de los problemas que enfocó -de los problemas antiguos y de los que por el hecho de haberse implantado proyectó el nuevo régimen sobre España.” Este triunfo del bla-bla-bla está conociendo ahora momentos auténticamente estelares, y no solo a propósito de Podemos, porque vivimos en un reino en el que la política se confunde con casi cualquier cosa que se haga con palabras. Somos muy buenos disfrazando un problema, con frecuencia grave, con media docena de vocablos.

Está claro que el momento histórico en que vive el mundo occidental ayuda en este proceso de confusión entre realidades y palabras, entre leyes y deseos, entre problemas y soluciones, entre la política y el parloteo. Tanto hablar de una sociedad líquida, ha podido acelerar el proceso de liquidación institucional en el que estamos inmersos, una nueva etapa en que se cumple con eficacia y celeridad el lema que Marx tomó de La Tormenta de Shakespeare, pues cunde, en efecto, la sensación que “todo lo sólido se disuelve en el aire”. Por esta vía se pueden liquidar leyes, instituciones, Constituciones, Naciones, de modo tal que el proceso termine en una aniquilación efectiva de algo que debiera tener alguna mayor consistencia que las meras palabras. Nos aproximamos a toda velocidad a una fecha en la que se pretende liquidar la Nación y la Constitución mediante unos juegos de palabras, a golpe de “España nos roba” y del “derecho a decidir”. Apenas nada se opone a este frente liquidador, y es tal el clima de irrealidad que ya hay quien piensa que ese proceso se ensayará ahora con un Gobierno fuerte, que pueda no ceder, y se rematará en unos años con un Gobierno débil y descompuesto que no tenga otro remedio que acomodarse a lo inevitable. Se trata de una profecía un tanto surrealista, pero puede acabar imponiéndose, como si España entera se convirtiese en un nuevo callejón del gato.

Acordes con este clima de verbosidad extrema se han presentado recientemente dos Manifiestos. La liturgia es casi siempre la misma, unos intelectuales, algunos políticos un poco descolocados y otras gentes de buena intención, se hacen la foto, salen en los papeles y repiten que si tal o que si cual. Unos reclaman mayor unidad y que no se ceda al chantaje, otros descubren los méritos que atesora la fórmula federal, todo ello a propósito de ese torrente de sentimientos y de palabras que se desparrama desde Cataluña en muestra de cómo se sienten un número, creciente o no, de catalanes. ¿Qué pasa luego? Nada, generalmente: se habla durante un par de días, y vuelve la burra al trigo. Se trata de ejemplos paradigmáticos de confusión entre la política y las meras palabras, como si las palabras conservasen ese viejo prestigio que tuvieron cuando apenas sabía leer el treinta por ciento de la población. Paradójicamente, esa generosidad con los pronunciamientos coexiste con que en el Parlamento nadie parece sentir la necesidad de decir nada que se salga del guión, del puro repetir.

Naturalmente que está bien que mucha gente diga lo que piensa y lo diga con claridad, pero el problema del que hablan ambos Manifiestos no se arregla hablando, es más, no tiene solución posible con esa, digamos, técnica. Por más que se insista en que hablando se entiende la gente, todos sabemos que, salvo casos rarísimos, no hay manera de construir una realidad a base de verbos, sustantivos y adjetivos: son otras las cosas que hay que hacer, y esa cosa se llama política, algo que exige palabras pero que, sobre todo, necesita de acciones, recuperar el control de un partido o crear otro, tener una papeleta con un programa atractivo que la gente pueda votar, tratar de ganar unas elecciones y decir qué se va a hacer; es evidente que para eso hay que hablar, pero hay que hacer mucho más. La democracia es el poder del pueblo, y puede morir de inanición si se convierte en el reino de las vaguedades.

Hay que pensar en leyes, en reformas, en soluciones. La política es justamente el arte de buscar soluciones a los problemas sin crear otros mayores, pero ahora parece estar de moda hablar de los problemas y confiar en que se resolverán de alguna manera, sin explicar a nadie lo que puede pasar cuando se hacen ciertas cosas. Dos ejemplos muy recientes: quienes proponen que Cataluña se independice, no sienten ninguna necesidad de explicar cómo será su moneda, cuál será el presupuesto de la nueva nación, como se las van a arreglar fuera de España y fuera de la Unión, y no lo dicen porque, al parecer, basta con afirmar que estas son falsas preguntas que plantean los enemigos de la patria catalana. Si escuchamos a Podemos hablar de la deuda levitaremos: al parecer bastará con  auditarla, discutirla mostrando su injusticia,… y no se paga. Si se pregunta cómo se conseguirá el milagro de poder seguir viviendo de forma tan alegre, se nos recordarán ejemplos irrelevantes, que nadie podría verificar, y se confirmará su peculiar fe en su no menos peculiar democracia, una solución asequible, inmediata y capaz de superar toda clase de contradicciones: bla, bla, bla.

Cuando mucha gente repite que el régimen se está agotando puede estar haciendo algo más que hablar. En cualquier caso, un nuevo escenario político no surgirá de la charlatanería, sino de las acciones y las concertaciones, no de repetir tópicos, como que hay que hacer un cambio generacional, sino de hacer que los electores vuelvan a recuperar su esperanza en la política, en las acciones y en las decisiones. Alguien tiene que hacerlo, y el plazo es perentorio, en especial, para los viejos partidos. No les bastará un nuevo Sánchez ni un Rajoy sobreviviendo, supuestamente, a los desastres. Tendrán que imaginar algo nuevo, o el viento y la ira del desengaño se los llevará por delante.


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