Sueños ciudadanos

La política del disimulo

Desde 1977, todos los ganadores en las elecciones generales han obtenido la victoria en la siguiente convocatoria y una segunda legislatura en el poder. Uno de los méritos indiscutibles de Rajoy es haber puesto en claro riesgo esa segunda oportunidad del PP, que inicialmente se podía dar por descontada, dado el abismal hundimiento electoral del PSOE, y haberlo conseguido, además, haciéndose acreedor a tres méritos adicionales: llevar al PP a la práctica consunción en Cataluña, Navarra y el País Vasco, desdibujar por completo el perfil político del centro derecha, y, por último, convertir la supuesta lucha contra la corrupción en un intento desvergonzado de disimular sus obvias responsabilidades a costa del hundimiento total de cualquier imagen de decencia y dignidad de su partido. Contra lo que pudiera pensarse, no se trata, simplemente, de una entrega táctica a las amargas exigencias de la gestión de una crisis larga y difícil, que es lo que suelen pretender los apologetas de este gobierno, sino que todo ha respondido a un diseño político deliberado pues, como advirtió Rajoy tras el Congreso del PP en Valencia, en el partido no habría espacio político ni para conservadores ni para liberales, una forma de convertir al PP en la casa deshabitada en la que sólo pernoctan unos extraños funcionarios de la nada.

Los de Rajoy no parecen entender que cuando se pretende robar la cartera a los socialistas a base de presumir, como no cesan de hacerlo, de “políticas sociales”, se engorda la bolsa ideológica del adversario

Como es lógico, esa opción por políticas indistinguibles de una tecnocracia vagamente europeísta e inequívocamente antiliberal, ha traído consigo una profunda modificación de las expectativas electorales, ha permitido la aparición de una izquierda tan radical como populista, ha dado fuerza nacional a Ciudadanos, y está a punto de reflotar las posibilidades de gobierno del PSOE, tras su larga cosecha de resultados muy por debajo de los habituales. Los de Rajoy no parecen entender que cuando se pretende robar la cartera a los socialistas a base de presumir, como no cesan de hacerlo, de “políticas sociales”, se engorda la bolsa ideológica del adversario, a pesar de que se le obligue a impostar un poco más sus retóricas.

Adivina, advinanza

En un escenario tan espeso, en el que el campo político se ha achicado al máximo porque las diferencias ideológicas han sido deliberadamente excluidas, los comportamientos electorales se han vuelto bastante imprevisibles. Las encuestas tratan de adivinar los designios populares, pero se encuentran con unas respuestas de difícil homologación. Se trata de una situación que impulsará a Rajoy, con toda probabilidad, a cometer su pifia definitiva, a intentar una victoria por los pelos, y a hacerlo empleando dos armas desesperadas: a persistir, en primer lugar, en presentarse como un salvador, y a cultivar con pasión el voto del miedo, el chantaje político a los electores más ideologizados, amenazándoles con el desastre, con un acabose sin la milagrosa presencia del mago gallego erigido en el único garante de la ley y el orden.

En contra de la verosimilitud de esa estrategia, militan dos factores muy importantes: en primer lugar que el PSOE, pese a sus malos resultados objetivos, está ya recuperando parte de su voto, cosa que muestran todas las encuestas, y que su línea ascendente se puede potenciar con apenas dos gestos que los distancien de las formaciones con las que han pactado para salvar los muebles, y, en segundo lugar, que es dudoso que Ciudadanos vaya a apoyar una segunda investidura de Rajoy de la que nada sacaría. 

El PP ha renunciado a defender lo que son, en el mundo entero, las posiciones de base de cualquier partido de la derecha, la defensa del individuo y su iniciativa personal y económica frente a las burocracias, la separación de poderes como garantía de la libertad política, y el control de la megalomanía de los Estados

El recurso a García Albiol

En Cataluña, Rajoy va a ensayar una nueva combinación para ver si conjura el abatimiento, gritar con algo más fuerza que la ley se va a cumplir, cosa que, de momento, tiene la ventaja de sonar a algo, pero sin comprometer a nada, y poner en primer plano a un personaje al que tenían confinado en las mazmorras ideológicas del partido sin sustancia conocida. Seguramente será demasiado tarde, y no faltará quien aproveche la oportunidad para culpar al ex alcalde de Badalona de poca finura. Da la impresión de que a Rajoy ya no le sirven ni las rectificaciones, ya le pasó en la capital con la señora Aguirre, y puede volver a pasarle en Cataluña, en un anticipo, estruendoso y algo surrealista, de lo que puede pasarle en media España, tal vez en toda. El posibilismo de Rajoy está llegando así a su grado máximo, a disimular lo indisimulable, tratando de aparecer en Cataluña como lo que nunca ha querido ser, pero a la fuerza ahorcan.

Una política de camuflaje

El PP ha renunciado a defender lo que son, en el mundo entero, las posiciones de base de cualquier partido de la derecha, la defensa del individuo y su iniciativa personal y económica frente a las burocracias, la separación de poderes como garantía de la libertad política, y el control de la megalomanía de los Estados. Cabe discutir cuáles han sido sus razones para hacerlo, bien porque sus dirigentes crean que esa es la única manera de ganar, bien porque, sencillamente no crean en nada de lo que se supone debieran creer y defender. Rajoy presume, por ejemplo, de que haya ya menos parados que cuando llegó al poder, pero no dice que también hay ya más funcionarios, cosa que ni uno sólo de sus electores le habría reclamado. Por supuesto se abstiene por completo de analizar los progresos en Justicia, en Universidad o en Investigación, entre otras cosas porque los retrocesos son tan evidentes que ni su bien engrasada maquinaria de propaganda se atreve a mencionarlo.

El embriagador aroma de la hipocresía

Siempre que se defiende el beneficio público cabe sospechar que exista una ventaja sustantiva para los más ardorosos, pero como el PP no ha sabido sustraerse a las mareas solidarias y engañosas, sólo sabe defender con tibieza, si es que lo hace, todo lo que pueda ser objeto de una bocanada de demagogia populista, bien pensante y en beneficio de todos. TVE se dedicó a glosar, a todas horas, por ejemplo, el drama de la desaparición de un café madrileño, sin que nadie advirtiera que, con enorme probabilidad, cualquiera de los plañideros haría lo propio de ser el propietario del local, pero claro la solidaridad social a cargo del bolsillo ajeno es mercancía que se vende sin la menor dificultad. Del mismo modo, cuando el oportunismo de García Page, pone palos en las ruedas del cementerio nuclear, nadie del Gobierno defiende en sus propios términos la bondad de la medida, y se limitan, bobamente, a advertir que el parón nos puede salir caro, como si el dinero de los demás le importase un pimiento ni a García Page ni a ninguno de los bravos defensores de un bien común que está absolutamente privatizado en el plano político.

El PP de Rajoy está hecho así, nadie hará nada hasta que no haya ya nada que hacer, cosa que se ha hecho sobremanera evidente

Disimular la victoria

En la recta final de la legislatura y con casi todo en contra, Rajoy ha recibido apoyos inesperados desde el sur y el norte de Europa, y se apresta a disimular una fe en la victoria de la que seguramente carecen la mayoría de sus conmilitones. Pero el PP de Rajoy está hecho así, nadie hará nada hasta que no haya ya nada que hacer, cosa que se ha hecho sobremanera evidente, en especial, cada vez que Aznar ha recordado verdades bastante elementales pero que el arte rajoyano del disimulo ha logrado hacer completamente subversivas. A lomos de una superación disimulada de la crisis, nos dirigimos a una simulación de fortaleza frente al separatismo de Mas, y luego, a simular una victoria electoral, que, de no producirse ni siquiera en los términos más elementales, acabara definitivamente con todo este embeleco y con esas políticas de trampantojo, porque el PP de Rajoy se verá reducido a la nada, y vuelta a empezar. No cabe negar mérito ni originalidad a semejante apuesta por la alternancia a base de más de lo mismo, pero, al menos, existirá una cierta posibilidad de que la derecha española empiece a tener un partido que no sea una pura fachada hereditaria a cuya costa algunos han tejido equívocas fortunas.


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