Sueños ciudadanos

La política de los buenos sentimientos

Desde que Schopenhauer exageró las obvias diferencias entre dos formas de percibir la realidad, el mundo como representación y la voluntad, son miles los autores que se han empeñado en encontrar la vía para atenuar o resolver esa cesura entre distintas formas de percibir, para promover y asentar ciertas ficciones cognitivas que han recibido nombres muy variados, como inteligencia sentiente, inteligencia emocional, y un sinfín de especies intermedias que sirven para atiborrar los estantes de libros de autoayuda sin que su éxito pueda ser tenido por indescriptible.

La política es un campo en el que la deseable armonía entre deseos y ecuaciones suele ser fruto de maduración lenta

La política es un campo en el que la deseable armonía entre deseos y ecuaciones suele ser fruto de maduración lenta. Hay demasiadas oportunidades para encender la mecha pasional y denunciar a la casta, a la tiranía de los mercados, a la falsa y traidora democracia burguesa, a la ideología neoliberal, o a cualquier otro fantoche que se ponga a tiro por cualquiera de los infinitos sujetos empeñados en que nadie les arrebate su belleza de conciencia. 

¿Los que pecan por pagar o los que cobran por pecar?

La inacabable negociación entre las autoridades griegas, de todos los colores, y los regidores del club en el que han querido ser tenidos por uno más, está dando estos días madera más que de sobra para que los partidarios de que todo el mundo es bueno se rasguen aspaventosamente sus hermosas vestiduras a cuenta de los abusos de los ricos del norte, a base de contraponer abruptamente democracia y mercado, que es asignatura que pretenden conocer al dedillo: la mala democracia se alinea con los explotadores para pervertir la democracia buena y hacer todavía más poderosos a los que ya lo son en exceso. Crece la desigualdad, aumenta el griterío, y por todas partes se señala al culpable: la intolerable resistencia de quienes trabajan y se esfuerzan a que se les arrebate buena parte de sus frutos sin razones suficientemente claras.

Las gentes piadosas y bien dispuestas que protestan del egoísmo ajeno nunca se paran en detalles que tal vez pudieran resultar de interés, como, por ejemplo, las razones por las cuales un griego puede jubilarse antes de la sesentena, mientras que los demás tenemos que aguantar casi otra década, o sobre el milagro administrativo que supone que casi nadie pague impuestos en la Hélade, mientras al resto de los europeos, y no digamos de los españoles bajo Montoro, se nos persigue a hora y a deshora para que cumplamos con una Hacienda vociferante y abusona.

El mecánico alemán que trabaja en el taller hasta los sesenta y siete, o el oficinista español que está en lo mismo, tienen que esforzarse para que el peluquero griego se jubile cómodamente casi una década antes

Hay riesgo de que se desvele el oscuro tinglado

La sospechosa unanimidad de los gobiernos griegos, de todos los colores, en mantener un Estado que los ciudadanos griegos no se pueden pagar, y el unánime intento de mantenerlo a costa de las exacciones nada voluntarias a otros socios de Europa, 25.000 millones a los españoles, que no es grano de anís, debiera habernos hecho caer en la cuenta de que hay gato encerrado, pero es que ese gato es un gato muy ladino y que, bajo el inmaculado nombre de solidaridad, sirve de munición política a todos aquellos que apelan a un principio tan noble como indiscutido, a saber, que de la solidaridad se ocupa el Estado, los políticos, y que lo hace tan bien que solo un miserable podría poner en cuestión sus procedimientos, sus fines, sus estrategias redistributivas, su desinterés total en el asunto y, sobre todo, la eficacia real de sus acciones. En virtud de la extensión, un poco chapucera, de este principio al conjunto de la zona euro, donde hay una moneda común pero no una auténtica unidad política, el mecánico alemán que trabaja en el taller hasta los sesenta y siete, o el oficinista español que está en lo mismo, tienen que esforzarse para que el peluquero griego se jubile cómodamente casi una década antes y pueda tomar plácidamente el Sol sin temer por su futuro. Es lógico que los griegos sientan afecto por un sistema tan solidario, pero no lo es tanto que nos emocione al resto, salvo que seamos de Podemos, aunque, por si acaso, Iglesias ya está tentándose la ropa no vaya a ser que lleguen a hacerse públicos cierta clase de detalles.

El negocio de los políticos

A nada que uno se descuide, administrar ese tipo de solidaridades universales e indiscutidas de manera que beneficie a su partido se convierte en la única preocupación y en el auténtico negocio de los políticos sin demasiados escrúpulos. “Universidad para todos” es, por ejemplo, uno de esos lemas que nacen al calor de sentimientos tan noblemente altruistas, sin que prácticamente nadie se pare a pensar si existe suficiente garantía de que los graduados bajo un sistema tan generoso consigan realmente algo, si no existe el riesgo de que, tras unos años de universidad tan alegremente regalada, puedan no haber aprendido realmente nada. En los países mediterráneos en los que los impuestos parecen no existir, porque se ocultan pudorosamente tras los precios de las mercancías, o en unas nóminas casi tan incomprensibles como el recibo de la luz, es casi inexorable la tendencia a pedir más y más servicios, como si los impuestos no los pagase nadie, o a confundir la calidad real de tales prestaciones con las protestas corporativas de quienes más se benefician de esos sistemas de protección social, mediante el mecanismo de cálculo equívoco que Juan Manuel Blanco ha descrito de manera tan brillante en estas páginas.

No se crea que se trata sólo de las llamadas políticas de izquierda, se trata de la generalización de un esquema social de actuación política que la derecha puede cultivar con auténtico fervor, exactamente por las mismas razones, porque es lo que se dice quiere un electorado escasamente informado acerca de lo que realmente pasa con sus dineros en manos de los políticos.

La OCDE ya puso de manifiesto hace unos años que, en España, el sector de mayores rentas obtiene del sistema de bienestar muchos mayores beneficios que el de rentas menores

Desigualdad, oportunidades y sociedad de bienestar en España

El informe que con el título del epígrafe acaba de hacer público la Fundación Faes es una lectura muy recomendable para quien quiera ver la realidad social y política española no sólo desde el punto de vista de los sentimientos irreprochables, sino desde la perspectiva de los datos empíricos, que no son tan emocionantes pero tienen la curiosa cualidad de ser bastante objetivos y refractarios a la palabrería interesada. Pues bien, los datos españoles son bastante demoledores respecto a buena parte de los prejuicios sociales a la hora de valorar los resultados efectivos de las distintas políticas. Resulta que no todo puede reducirse a más gasto, que también habría que ver si lo que se gasta se emplea bien, y, sobre todo, si sirve realmente a los fines sociales que supuestamente lo justifican. Pues bien, si comparamos nuestro sistema de bienestar con el de los países como Noruega, Suecia, Dinamarca, Austria, Holanda y el Reino Unido, que tantas veces se ponen como modelo, nos encontramos con que nuestro sistema carece de su capacidad redistributiva porque, en realidad, nuestra actuación pública tiene consecuencias nítidamente regresivas. La OCDE ya puso de manifiesto hace unos años que, en España, el sector de mayores rentas obtiene del sistema de bienestar muchos mayores beneficios que el de rentas menores, es decir que con la retórica de la solidaridad se está haciendo efecto Mateo, dar más a los que ya lo tienen, pero claro es que esto permanece tan oculto a los ojos de los más como los extraños vericuetos recorridos por los caudales de los ERE andaluces, que no los conocían ni los presidentes de la Junta.

Un futuro incierto

Grecia está ante un futuro incierto, Europa está ante un futuro incierto, España está ante un futuro incierto. Si bien se mira, no es una gran novedad tal incertidumbre ante lo porvenir que se caracteriza precisamente por eso. Lo que sí es cierto es que mientras la mayoría de ciudadanos siga ignorando lo que efectivamente ocurre con los caudales públicos, mientras no se preste atención a los resultados efectivos de la llamada política social, mientras se siga viendo la política como un benéfico juego entre altruistas bienhechores del género humano, Grecia seguirá camino de la ruina y España, que ahora parece jugar en una liga sin riesgos, puede no tardar en acelerar su marcha hacia ese mismo destino, un paraíso de buenas intenciones en un infierno de despropósitos, sociales, por supuesto.


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