Sueños ciudadanos

La política y el arte de la ocultación

La conducta de Mas, que parece dispuesto a lo que sea para continuar siendo presidente de Cataluña, y a que Cataluña sea lo que haga falta con tal de que Mas la siga presidiendo,  es una excelente imagen de la forma en que la mayoría de partidos y de líderes españoles entienden la política. Mas no es en eso ninguna excepción, si acaso el paradigma. La forma canónica de esas conductas encaminadas a mantener el poder que se tiene, y a alcanzar el que no se tiene; es el disimulo, la ocultación, el cambio continuo de argumento. Todo vale con tal que los ciudadanos no reparen en exceso en los mecanismos del escamoteo, en el halago, en la incitación a la cobardía, a la irresponsabilidad y al abandono en las milagrosas manos de quienes presumen de salvarnos.

En la medida en que los catalanes, y el resto de los españoles, consienten, y aun celebran, ese tipo de política, pierden cualquier derecho a quejarse por sus consecuencias. En este consentimiento culpable le cabe una responsabilidad enorme a los medios de comunicación y a los líderes de opinión que colaboran entusiásticamente, a veces más por ignorancia que por interés, en las ceremonias de la confusión que organizan los políticos a su mayor gloria, y a nuestras expensas.

Lo primero que ocurre cuando se acerca una campaña electoral es que los políticos se dedican a mostrar la imagen que más les conviene. Todo vale, menos la política

Campañas y trampantojos

Lo primero que ocurre cuando se acerca una campaña electoral es que los políticos se dedican a mostrar la imagen que más les conviene. Todo vale, menos la política, no vaya a ser que un tropezón con la realidad haga que a más de uno se le ocurran vaya usted a saber qué cosas. Fíjense en Rajoy, saliendo a la calle, reuniéndose con todo el mundo, besando a ancianitas y acariciando a bebés, desde que amanece hasta que cae la noche, un Rajoy cercano, sensible, casi normal. Esa metamorfosis general, que a todos ellos conviene, cumple un papel rotundamente desmovilizador, le dice a la gente que no se moleste en salir de su casa para ir a votar, que el poder es tan superlativamente fuerte que se puede permitir esos carnavales porque todo va a seguir siendo igual, cosa que, además, confirman las encuestas, generalmente pagadas por los propios partidos, o por los medios que los apoyan, de modo que se cree esa estupenda confusión lampedusiana de que todo cambiará, pero para seguir siendo lo mismo.

España, es decir, los españoles, se encuentra en un momento realmente grave, ante una serie de amenazas nada menores, el terrorismo, una deuda pública insostenible, la secesión catalana, la crisis económica y el nivel insoportable de  paro, que no cesan, la falta de horizonte, el burocratismo inútil y salvaje de las administraciones, un sistema político con graves deficiencias perfectamente diagnosticadas, pero que tiene todavía inercia suficiente para impedir que nadie lo retoque, etc. A lo largo de la legislatura y tras el amargo desengaño que supuso la victoria de Rajoy, los ciudadanos han ido tomando conciencia de que algo no demasiado fácil de concretar estaba funcionando realmente mal, tan mal que hasta el rey decidió quitarse de en medio. ¿Conseguirá la campaña acallar ese descontento de fondo? ¿Quedará la cosa como siempre, con ligeras variaciones, o se dejará notar que el pueblo soberano impone cambios de orientación realmente importantes?

El objetivo de la campaña de Rajoy, y, por más que sea absurdo, el del propio Sánchez, consistirá en desmentir el malestar de fondo y en recordar que en la película española no caben más que buenos y malos, y que esos papeles ya están adjudicados para siempre. La gran incógnita es si el número de españoles dispuestos a acabar con ese teatrillo será lo suficientemente alto o se traducirá, con la inestimable ayuda del sistema electoral, en una nueva forma de impotencia. Queda menos de un mes para saberlo.

Las posibilidades de consagrar una alternativa al bipartidismo nunca han sido muchas

¿Será posible lo deseable?

Las posibilidades de consagrar una alternativa al bipartidismo nunca han sido muchas. En un esquema simple, cabría sustituir al PP por Ciudadanos, y al PSOE por Podemos.  Los errores del líder de la coleta, un auténtico genio para las metáforas y un zote cuando se trata de concretar, han hecho que, por la izquierda, la sustitución sea bastante problemática: lo normal es que Podemos se quede donde siempre estuvo la izquierda comunista. Su gran error ha sido no comprender que necesitaba la desaparición de IU para poder crecer, y que cualquier sacrificio habría sido pequeño para eso. Al no evitar que dos candidaturas enfrentadas por puro personalismo compitan en el mismo espacio, sus posibilidades de crecimiento no dejarán de caer, aunque todavía pueda seguir gozando de parte del crédito de los descontentos menos reflexivos.

Visto que la izquierda radical renuncia a la conquista de su mayoría, el PSOE podrá seguir ejerciendo su papel con cierta comodidad, aunque sin librarse del maleficio menguante al que lo condujeron los contadores de nubes, que, además, apoyan discretamente al de la coleta, por si acaso. Si las cosas acabasen por ser así, y el ímpetu de cambio no cesara, cabría formular un escenario distinto: que el PP no se vea sustituido por Ciudadanos, sino por una fuerza mucho más liberal que podría surgir tras las cenizas de Rajoy, que a lo más que debiera poder aspirar es a un entierro digno, sin incineración. Ciudadanos podría pasar a ocupar, entonces, el espacio de centro izquierda que ha sido colonia indiscutible del PSOE durante décadas, de manera que los españoles pudiesen escoger entre las propuestas de un partido liberal y un partido socialdemócrata, en lugar de elegir entre dos partidos idénticamente oportunistas, chapuceros y estatistas, por soñar que no quede.

Cuando las palabras mandan, las cosas dejan de existir

La campaña no dejará, por descontado, que nada de eso se entrevea. Rajoy ya ha demostrado que a él le importa más comentar por la radio un partido del Real Madrid de su amigo Florentino, que debatir medianamente en serio con sus rivales políticos en un medio no avasalladoramente servil con sus carencias.

Estamos en campaña, y los datos sobran, los análisis están de más, han de reinar los eslóganes, el optimismo forzado y la cordialidad. A poco que el azar coopere, no habrá que hablar del terrorismo, la guerra ni se menciona, pero, por supuesto, tampoco, de Cataluña, del lastimoso estado de nuestras instituciones, ni, desde luego, del gasto público, galopante e insostenible, pero que le da a Montoro, o al que venga luego, la oportunidad de inventarse las huchas necesarias para arreglar cualquier estropicio, fomentando así la saludable impresión de que se lo debemos todo al Gobierno.

Normalidad, sentido común, Rajoy en zapatillas y fumándose un puro, si hiciere falta, todo menos asustar a los electores

Normalidad, sentido común, Rajoy en zapatillas y fumándose un puro, si hiciere falta, todo menos asustar a los electores, perpetuos menores de edad deseosos de una ignorancia placentera y universal. Que nada se altere, tal vez haya que sujetar un poco a Margallo para que no la líe, pero hasta eso podría dar una saludable sensación de debate en el PP, de pluralismo, qué cosas.

Se dice que la primera víctima de la guerra suele ser la verdad, pero Maquiavelo ya advirtió sobre la utilidad que la mentira tenía para los que mandan. Se trata de fórmulas muy viejas, aunque no deje de ser sorprendente que se quiera edificar una democracia sobre la base del miedo, el conformismo y la corrupción. De momento, cabe apostar por que los ciudadanos acierten a corregir, cuando todavía estamos a tiempo, la deriva de nuestra democracia hacia su caricatura más ridícula e indigna.


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