Sueños ciudadanos

La política como acertijo

Martin Gardner, en uno de sus admirables libros de divulgación de temas lógicos y matemáticos, ha narrado cómo se puede ganar una apuesta sobre si se va a gastar o no una broma o una sorpresa a alguien, haciendo que la tal consista en obligar al pretendidamente burlado a mantenerse atento para evitar la chanza que consistirá, precisamente, en no infligir otra que esa atenta obligación en evitarla. No me consta que Rajoy sea lector de sutiles entretenimientos lógicos, aunque tampoco pueda asegurar lo contrario, pero me temo que el presidente se pueda dejar llevar por la fácil pendiente de la paradoja tratando de sorprender al personal, frente al imprescindible cambio de rumbo que precisa el PP que gobierna con mano férrea, a base de no sorprenderle en absoluto. Tal sorpresa de la no sorpresa, sería una cuenta más en el abundante rosario de decepciones en que se ha convertido esta legislatura que encara vertiginosamente el final a comienzos del verano.

Dos adalides de la transparencia y la democracia plena como Sánchez e Iglesias nos han informado morosamente de que se han reunido para consumir una tortilla francesa, o algo así

Rajoy enfría el soufflé

El presidente lleva ya unos días tratando de rebajar las expectativas frente a los cambios anunciados, y seguramente lo hace no sólo para mantener su imagen de hombre previsible, sino porque es agudamente consciente de que cualquier cambio que esté por debajo de las expectativas se convertirá automáticamente en una nueva y general desilusión. Obligado a sorprender, mejor es empezar diciendo, de entrada, que no será para tanto, pero esa venda delante de la herida se convertirá en una cataplasma acibarada en el caso, nada improbable, de que la montaña alumbre un ratón.

Frente a transparencia, intriga

Dos adalides de la transparencia y la democracia plena como Sánchez e Iglesias nos han informado morosamente de que se han reunido para consumir una tortilla francesa, o algo así. Es la ventaja de no comunicar a través del plasma, que el calor humano todo lo ampara. En este clima de verdades compartidas sin velo alguno, Rajoy está pudiendo desplegar sus estratagemas para hacer que las cañas se tornen lanzas, y que los vencidos se transmuten en vencedores, que el PP recupere los millones de votos perdidos o, por lo menos, que le saque unos escañitos al eterno rival y que la aritmética de Congreso y Senado no resulte tan veleidosa e insoportable para lo que quede del PP como lo está siendo este paseo triunfal de las izquierdas plurales a lomos de tantos alcaldes y presidentes que, además de sufrir el latigazo cruel de la derrota, tienen que soportar la cantinela genovesa y monclovita según la cual el PP ha ganado las elecciones.

Cuando se parte de que Rajoy no hará lo que idealmente debiera hacer, dar un paso atrás y callarse, según la sensata recomendación de Karl Krauss para los que creen tener algo que decir, y se equivocan, todas las esperanzas de los que aún conservan algún adarme de optimismo, consisten en que Rajoy haga algo que realmente cause un pasmo irrefrenable. Abundan los que se han lanzado a promover hipótesis que pudieran satisfacer, casi, ese exigente criterio, despedir a su vicepresidenta, por ejemplo, pero son más los pesimistas que creen que el presidente es capaz de hacer embajador a Wert para dar la sensación de que va a hacer algo en Educación, y es sólo un ejemplo.

Imaginemos que hay sorpresa, y gorda, porque Rajoy se encorajina y tiene algo más que un gesto torero. Si ese caso se diere, el escogido habrá sido obligado al martirio

La tarea del mártir

Como, según Ortega, el hombre es hijo de la fantasía, imaginemos que hay sorpresa, y gorda, porque Rajoy se encorajina y tiene algo más que un gesto torero. Si ese caso se diere, el escogido habrá sido obligado al martirio, es decir al testimonio. Sea quien fuere la persona elegida, si se atreviere a decir lo que realmente piensa, podría ser la última oportunidad de salvación de Rajoy, y del PP en su actual configuración, pero si se limita a hacer de comparsa, más joven, menos manchado, más atractivo, pero vendiendo la misma mercancía, su testimonio pasará a ser efectivamente martirial en el sentido cristiano del término, sufrirá y morirá sin apenas haber nacido.

Para evitarlo, no tendrá más que una salida. Su misión no podrá limitarse a comunicar mejor, a repetir lo mismo con una cara algo menos funesta que las habituales. El mito de que el PP no comunica bien, no se lo cree ni ese subsecretario, cuyo nombre parece una invención de Forges, que según nos hizo saber jocosamente el Buscón, cifra los males del PP en la pésima costumbre de tantos españoles de no leer pormenorizadamente el BOE. Esa paupérrima imagen de lo que es la política es lo que puede llevar al PP a su desintegración, y no por otra cosa sino porque tras ella se oculta la creencia de que los españoles, salvo algunos abogados del estado, al parecer, son unos necios que no comprenden el bien que se les hace de manera tan desinteresada.

No comunicar, sino cambiar

Si lo que el PP de Rajoy quiere comunicar mejor coincidiese mínimamente con lo que esperaban la mayoría de los españoles que le votaron va para cuatro años, el caso podría tratarse a base de campañas y agentes especializados, pero no es así. No está de más recordar que Montoro, y es sólo otro ejemplo, se ufanó de haber dejado descolocada a la izquierda, ya se ha visto cómo y cuánto en las recientes elecciones, al subir los impuestos mucho más de lo que hubiera podido imaginar cualquier keynesiano avaricioso. Se trata, por el contrario, de decir, y de hacer, cosas rotundamente distintas, de hacer política y no apologías de una gestión, independientemente o no de que tenga los méritos que afirma tener.

Si Rajoy acertase a hacer algún cambio que nos descoloque, precisamente por recolocarle a él, lo que sí sería una auténtica sorpresa, entonces podría empezar su camino de salvación, porque habría iniciado un camino de vuelta hacia lo que le dio una oportunidad tan mal aprovechada. En cualquier otro caso, lo único que cabrá, aparte del martirio será el ridículo, y para desempeñar con garbo ese papel tan desairado, es dudoso que pueda haber muchos voluntarios. 

Ni siquiera Rajoy puede abrigar la más ligera duda de que está ante su última oportunidad de enderezar una trayectoria que le está llevando al desastre

Ni siquiera Rajoy puede abrigar la más ligera duda de que está ante su última oportunidad de enderezar una trayectoria que le está llevando al desastre, y al más estéril de los sacrificios. Puede que la deseche y prefiera morir de píe, es decir, imaginar que lo hace, pero lo razonable sería que se dejase de explicaciones tan oportunistas como desquiciadas, y asuma que continuar como hasta ahora no servirá para otra cosa que para impedirse cualquier oportunidad de salvar políticamente un legado difícil de justificar. Él es el único que está en condiciones de desmentirse, puesto que en su partido nadie ha sido capaz de recordarle las sagradas obligaciones del político con un futuro prometedor para el partido en que milita, como hicieron, con gran éxito por cierto, los diputados conservadores que le enseñaron a la señora Thatcher el camino de salida. Más allá de cualquier clase de acertijos, lo que está en juego es si alguien, por el bien de todos, va a ser capaz de rectificar el rumbo velozmente suicida hacia el acantilado.


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