Sueños ciudadanos

Es peligroso asomarse al exterior

Los viejos trenes de pasajeros de Renfe incluían una advertencia sobre lo peligroso que resultaba asomarse al exterior, una receta que parece pintiparada para describir el estado actual de nuestro debate político, pudorosamente reducido a la discusión de algunos eslóganes tan simples como confusionarios, a un galimatías que los partidos, los viejos y los que dicen no serlo, confían que continúe manteniendo efectos electorales.  Esta apuesta por el ensimismamiento, de la que Buñuel hizo una extraordinaria parodia en El ángel exterminador, parece ser uno de esos viejos vicios nacionales y nos está conduciendo a toda velocidad hacia un estado de mediocridad creciente que parece no molestar en absoluto a la mayor parte de nuestros dirigentes políticos: ¿cómo va a ser malo el clima intelectual y moral en el que ellos triunfan?

La crisis económica no fue el único legado lamentable del zapaterismo, y no lo fue porque todavía se puede considerar como más grave el análisis político que la hizo posible

Ínfimo nivel de la discusión política 

La crisis económica no fue el único legado lamentable del zapaterismo, y no lo fue porque todavía se puede considerar como más grave el análisis político que la hizo posible, la introducción de un lenguaje tan revisionista  como acrítico que, tras varias décadas de democracia, pretendía reducirnos a la condición de herederos de un error histórico (la transición y la Constitución) que el “contador de nubes” pretendió arreglar con unas cuantas monsergas. Dentro de esa atmósfera conceptualmente insana era perfectamente posible defender que la economía española estaba a punto de arrebatar el liderazgo económico a las naciones centrales de la UE, o que el dinero público constituía una entidad inagotable por más que se diesen pingües premios a los recién nacidos, se dilapidasen los caudales en unos “planes  E” absolutamente estúpidos, o se comprometiese el futuro apostando por una renovación energética que no íbamos a poder pagar. Con semejantes anteojeras, la crisis y el desastre era lo único que nos podía pasar.

Lo grave fue que las monsergas prendieron, Zapatero venció en una segunda legislatura, y el debate político continúa planteado en los términos surrealistas en que él lo colocó, fundamentalmente porque el PP de Rajoy no ha tenido a bien enfrentarse a ese paradigma zapaterino ni en los rótulos de los Ministerios. Considerando a Zapatero como un mal administrador, y gastando tanto o más que él, pero aceptando el campo semántico de juego que Zapatero consagró, es realmente difícil entender que el PP pretenda obtener una nueva mayoría.

¿Todo está en cuestión?

El abundante descontento de los electores lleva a dar por hecho que todo está en cuestión, olvidando que lo que ocurre es que se cuestiona todo precisamente porque no se analiza bien lo que hay que someter a revisión. En esto, la llegada de Podemos puede considerarse como una segunda taza de caldo zapaterista, como la apoteosis del cuestionamiento. El problema está en que se pretende una revisión a fondo del sistema sin explicar qué es lo que se busca, sin asomarse al exterior, sin ver cómo es el mundo en el que vivimos o sin considerar si las alternativas no podrían llega a ser peores. Da igual que se trate de un proceso constituyente, como propone Podemos, de una revisión constitucional como insiste Sánchez, o de quedarse con la que tenemos tal como apuesta el metemiedos de Rajoy. Lo importante es que no se diga, en ningún caso, para qué se ha de hacer eso, hacia dónde se pretende ir. Las grandes palabras y las que se quedan a medio decir parecen bastar.

Se prohíbe a Uber desarrollar su actividad porque molesta a los taxistas, pero nadie se pregunta si beneficia a los cuarenta millones de españoles que no lo somos

Hemos hecho de la no discusión de las consecuencias una especie de técnica, un virtuosismo, y esta observación vale  tanto para los debates constitucionales como para los asuntos mínimos. Se nos dice, por ejemplo, que la sanidad madrileña es la mejor del mundo, y a muchos, incluyendo a los Sindicatos, se les pone cara de satisfacción, pero nadie pregunta cómo o en base a qué se ha hecho el diagnóstico, dónde están las pruebas. Se prohíbe a Uber desarrollar su actividad porque molesta a los taxistas, pero nadie se pregunta si beneficia a los cuarenta millones de españoles que no lo somos: ¿para qué si ya ha dicho un juez que eso es ilegal? Lejos de nosotros la funesta manía de pensar.

La beca de Errejón

Hace unas semanas Jesús Alfaro, en estas mismas columnas, fue casi el único en poner de manifiesto que el verdadero escándalo en la beca tramposa de Errejón no estaba tanto en la forma pícara, y relativamente común, en que se disfrutaba, sino en el hecho asombroso de que la Junta andaluza destinase unos cientos de miles de euros a un supuesto programa de investigación tan falso como una moneda de cuatro euros. Claro que aquí se puede llamar investigar a cualquier cosa, pero es escandaloso que con la escasez de recursos públicos destinados a nuestros investigadores de verdad, a matemáticos, biólogos, físicos o ingenieros, se permita que unos bandoleros se disfracen de investigadores trabajando sobre el enjundioso misterio de la “desmercantilización de la vivienda”, eso sí, en Andalucía, convertida ahora en la verdadera corte  de los milagros. Apenas ni una línea se ha destinado a tan despepitante propósito investigador, muy bien nutrido con la generosidad que propicia la pólvora del rey  en tierras malagueñas, y al bueno de Errejón se le aplicará, sin duda, lo que conviene a los altos intereses de la política y la universidad no vaya a ser que alguien se entere.

En medio de este clima de flojera intelectual se puede hacer de todo, milagros con el Ébola, auditar la deuda y no pagarla, o poner a todo el mundo sueldo de director general, no otra cosa es el “soberanismo” que esta vez no viene de Jauja sino de Caracas.

Ver, días atrás, a Cesar Luena, uno de los nuevos mandamases de Sánchez, poner como chupa de dómine a la UE por su indigno e inhumano trato a los griegos ha sido todo un espectáculo

Primero sentencia, luego juicio

Los políticos se permiten el lujo de pasarse el principio de contradicción por la entrepierna en cada una de sus deposiciones. Ver, días atrás, a Cesar Luena, uno de los nuevos mandamases de Sánchez, poner como chupa de dómine a la UE por su indigno e inhumano trato a los griegos ha sido todo un espectáculo porque apenas puede comprenderse como un socialista español puede haber olvidado tan pronto y con tanto interés lo que significa estar en la UE o pertenecer al euro. Más grave aún es que este Luena no sepa que los políticos no debieran estar para decir chorradas, un terreno en el que difícilmente podrán competir con la nueva izquierda sin complejos que aspira a todo, sino para analizar los problemas y decir cuáles serían, de estar en su mano, sus soluciones. Luena sabe que es peligroso asomarse al exterior y abandonar los tópicos protectores, la industria de la buena conciencia de la que ha hablado Paul Theroux, pero el hecho es que los ciudadanos tal vez estén empezando a preguntarse para qué sirven los políticos cuando no saben hacer otra cosa que repetir bobadas. 

Las élites no solo reflejan, pueden empeorar

No sabemos lo que nos deparará este año largo en el que nos adentramos, pero hay dos realidades que son muy claras. La primera es que muchos españoles han empezado a no entender las ventajas de votar al PP frente al PSOE, o viceversa, y que la culpa de eso no la tienen precisamente los electores. La segunda es que si los partidos no luchan por romper el cerco de niebla en el que se han colocado, pueden acabar siendo desplazados no por políticos mejores, sino por quienes profesan una versión más extrema de sus propios vicios, más desenvuelta y mejor envuelta con la jerigonza de moda que ellos han consagrado.

Ello nos lleva a dos consideraciones finales. La primera es que es  realmente inverosímil que este cuadro decadente pueda ser enderezado por una de sus figuras más emblemáticas, por mucho que la púrpura del poder ennoblezca las imágenes. La segunda es que cuando las minorías abdican de sus responsabilidades no sólo dejan de representar fielmente a quienes los legitiman con su voto, sino que se vuelven particularmente eficaces para ahondar en la desdicha colectiva.

Tenemos apenas doce meses para resolver estas cuestiones, pero habrá que echarle valor y asomar la cabeza al exterior.


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