Sueños ciudadanos

Nunca pasa nada

Los españoles llevamos casi ochenta años de una historia sin muchos sobresaltos, y nos hemos acostumbrado a la idea enormemente acomodaticia de que, pase lo que pase, nunca pasa nada. La larga dictadura y un período equivalente de esta democracia nos han acostumbrado a la idea de que el sistema es sólido, prácticamente perfecto, e impide que ocurra nada que no esté atinadamente previsto. Se trata de una presunción enormemente engañosa sobre nosotros mismos y sobre lo que nos espera, que trata de disimular una actitud pasiva y, en el fondo, timorata, y que se puede volver enormemente peligrosa cuando, como seguramente ocurre ahora, estamos ante una crisis de enorme calado que no estamos acertando a encarar con la debida diligencia.

El español al que siempre le ha ido bien

La muerte de Emilio Botín ha coincidido con un momento de clara incertidumbre económica y política. Su incuestionable éxito empresarial pudo ser en algún momento la imagen y el espolón de una España que iba hacia arriba y producía un asombro casi universal. Pero hace ya más de una década que esa imagen nacional ha entrado en crisis, incluso en lo puramente deportivo.

Emilio Botín daba con frecuencia la impresión de ser el único que no se enteraba de que las cosas ya no nos iban bien y se prestaba sin rubor a elogiar al Gobierno, aunque el pueblo soberano estuviese echando pestes, como lo estaba. Se trata de una conducta seguramente más inteligente que cínica, de la que esperaba más beneficios, y no solo para él, que costos.

No dudo de que el poder político tenga bastante que agradecerle, pero su muerte repentina podría ser vista como un símbolo de que se pueda estar acabando la era de la propaganda y nos llegue la de los balances  un poco más exigentes y menos optimistas. El Gobierno de Rajoy, por lo pronto, se ha quedado sin un notable altavoz para ensalzar las mejoras de la economía, y no será fácil encontrarle un sustituto en esa tarea tan a contracorriente que el banquero desarrollaba lo mismo con Zapatero que con Rajoy, y no es por quitarle méritos al inquilino actual de la Moncloa.

La España real y la España macro

Hace cien años, en una situación política con notables paralelismos con la presente, Ortega hizo famosa la contraposición entre la España oficial y la España real. No falta quienes piensan que una nota crítica tan desabrida haya podido ser parte del brebaje que nos condenó, no mucho después, a una guerra incivil y a sus largas secuelas.

No parece que ahora existan riesgos de tamaña gravedad porque los españoles tienen mucho más que perder que en aquellas calendas, pero no deja de ser preocupante que el problema de los separatismos esté adquiriendo en Cataluña una gravedad insólita y que asome con fuerza en el horizonte inmediato una alternativa política y social que amenaza con arruinar los criterios políticos y económicos con los que se ha edificado una España más próspera que cualquiera de las precedentes. Podemos consolarnos pensando que, al menos, no existe el problema religioso, pero todo puede empeorar. La España oficial se llama ahora las magnitudes macro, los números enormemente modestos con los que el Gobierno afirma habernos sacado del agujero y alejarnos de una intervención exterior que siempre fue imposible en los términos más dramáticos y que, de cualquier manera, se ha producido en los que resultaba inevitable.

Esta España macro y oficial, repite insistentemente el Gobierno va bien y no es fácil saber si su alegría se debe al milagro de que haya habido una cierta mejora sin apenas hacer reformas de calado, o a la esperanza de que, finalmente, los españoles le compren la fábula del milagro macro. Mientras el Gobierno compone endecasílabos hablando de que España ya no es parte del problema sino de la solución, los españoles no dan ninguna muestra evidente de creerse ese diagnóstico, tan interesado y parcial como las loas de Botín a cualquier política económica. Si la economía marcha bien y los españoles tienen que enterarse por la televisión y los medios afines, es posible que acaben por descubrir que algo no funciona, y es seguro que eso no les va a gustar.

La música callada de los partidos

Con la debida prudencia, los partidos que han recibido los recortes electorales de las elecciones europeas con notable disimulo, empiezan a tomar nota de que lo suyo no está perfectamente en regla. Le ha pasado con claridad a UPyD, partido en el que se dan con suficiencia todos los elementos necesarios para la producción de una tormenta perfecta que, de momento, ha sido sorteada con cierta habilidad por la capitana y el timonel.

Pero la música de fondo, lo que piensan los electores, no ha sido acallada. Un eurodiputado, expuesto ya por  más de un lustro a los aires algo menos carpetovetónicos de la política europea, dio el grito de alarma, y la tripulación del barco se aprestó, con una habilidad táctica encomiable,  a cortar de inmediato la vía de agua que amenazaba abrir un tipo que dice lo que casi todos callan, naturalmente por disciplina. 

Victoria aplastante del aparato frente al disidente, el sistema funciona, pero hay un pero. Son los electores los que no acaban de comprender las profundas razones que expone la dirección de UPyD para permanecer en su espléndido aislamiento sin contaminarse con las impurezas de los políticos de ocasión.

La doctrina que han sentado a propósito de posibles alianzas no es que sea irreprochable, es que es una pura tautología: UPyD sólo podrá aliarse con UPyD, si UPyD decide que esa alianza consigo misma no pone en riesgo la pureza de su proyecto. Una vez más, la perspectiva interior, lo que piensa el partido de sí mismo y lo que de verdad quieren quienes lo dirigen, se ha impuesto a la perspectiva exterior, lo que los electores quisieran que hiciese el partido, aunque eso pueda significar y signifique que alguno de los que están al frente tenga que retirarse, palabra esta que produce un horror vacui insoportable a los que tiene la sartén por el mango y aspiran a que así siga siendo. Sin novedad, en el cuartel, señora generala.

La despedida de Ana Botella

Tenemos por tan cierto el ideal de la continuidad que siempre produce asombro, y un poco de ficción, el que alguien relevante en el staff político decida marcharse a casa. Eso, que debería ser rotundamente normal, cursa en España con síntomas de auténtico aquelarre. No es de ahora esa actitud, como lo muestra el dicho que era común entre jerarcas del régimen anterior: “En el camino del Pardo han levantado una ermita con un letrero que dice: ¡maricón el que dimita!”.

No estoy en condiciones de afirmar que Ana Botella se haya ido en completa ausencia de presiones y lindezas, pero sí me interesa subrayar que debiera ser más común esa disposición a abandonar un cargo político y que esa actitud es la que haría posible el que los políticos dejen de pensar que su única obligación es la permanencia o, en su caso, el ascenso, para caer en la cuenta de que están, en realidad, para servir a los ciudadanos.

Ya sé que esto puede parecer mala literatura, una novelita romántica para lectores acostumbrados a la serie negra, pero en un lugar en el que se tiene por mérito que nunca pase nada es bueno que se produzcan dimisiones y relevos. Veremos algunos en los tiempos que se avecinan, momentos en los que no hay que dar por supuesto, no hay razón alguna para hacerlo, que los que están son los mejores, los que escogeríamos sin duda ninguna, si pudiésemos hacerlo. Como no es así, no afeemos, al menos, a quienes muestran no haber perdido del todo el buen sentido.


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