OPINIÓN

Un país en la nevera

El espectáculo de unos políticos, me refiero ahora a las huestes del proceso, que se dedican en exclusiva a salvar su culo es repugnante, pero es lo que cabía esperar tras el conchaveo que a punto ha estado de llevarnos al desastre colectivo.

Un país en la nevera.
Un país en la nevera. EFE

No sin asombro hemos podido comprobar, una vez más, cómo tanto el PP como Podemos, que vive de ser su imagen invertida, han echado la culpa de su declive electoral a los medios de comunicación. Si a eso se le añade el reconocimiento hipócrita de que Ciudadanos lo ha hecho estupendamente bien en el márquetin, vamos, que es pura imagen frente a la política real del PP/Podemos, se obtiene una explicación estándar de cómo, según estos sujetos, funciona la política española. En el caso del PP, la disculpa es todavía más cínica, pues la influencia de ese partido es mucho más extensa y polimorfa que la muy concentrada de Podemos (originada, por cierto, en una maniobra electoral de Moncloa), pero en ambos casos certifica la insensibilidad de esa política hacia las consecuencias de sus actos, su firme predisposición a imponer su autoridad y a lucrarse del miedo, nada que ver ni con la libertad ni con ninguna clase de ideales de fuste.

No todo es política

Para los políticos al uso resulta difícil reconocer que la realidad es más amplia que sus planes, que, por grande que sea su poder, el mundo les sigue siendo ancho y ajeno, relativamente al menos. Pero la pervivencia de desajustes y la imposibilidad de anular todos los conflictos es una de las razones de ser de la política, algo que no puede cesar ni convertirse en un cambio de cromos entre minorías, que es la secreta aspiración de buena parte de nuestros dirigentes: que todo cambie, mientras ellos permanecen. En el caso del PP es absolutamente indiscutible que toda su política se resume en una orden tajante, que Rajoy prolongue su estancia en la Moncloa, al precio que fuere. Para Podemos, está siendo de evidente utilidad el eclipse momentáneo de su estrella, Iglesias quiere recordarles hasta qué punto no son nada sin él, hasta dónde puede llegar su anonadamiento si é les abandona, aunque sea brevemente.

Puigdemont es un Rajoy apayasado, pero coincide plenamente con el gallego en que los tiene cogidos por donde más duele, nada se puede hacer sin él

En este punto concreto es donde brilla con mayor nitidez la innegable y absoluta españolidad de los supremacistas catalanes: Puigdemont es un Rajoy apayasado, pero coincide plenamente con el gallego en que los tiene cogidos por donde más duele, nada se puede hacer sin él, y ya puede irse Cataluña por el desagüe, que Puigdemont continuará con sus mejillones de Bruselas como Rajoy repite sus paseatas pontevedresas, solo con la atenta vigilancia del servicio de prensa para que la afición de la muchachada no decaiga.

Por desgracia, la realidad todavía se resiste, bien que con dificultades, a esos diseños personalistas, porque, al fin y al cabo, ni los políticos abren los negocios cada mañana, ni los ciudadanos dependemos completamente de ellos, pero, no lo duden ni un momento, eso es muy a su pesar: tratarán de que la realidad no se les desmande, de que todos atiendan, mansamente, a sus ocurrencias, en eso están.

Fuera de guión

Los españoles hemos descubierto, felizmente, que todavía subsiste algo de esa realidad histórica que es el Estado, que no está del todo muerto bajo los intereses del partidismo y del fulanismo. Hemos comprobado que existen jueces que están dispuestos a defendernos de políticos pusilánimes, y que la Guardia Civil, y la policía, cuando no se los envía a un despeñadero vergonzoso, cumplen admirablemente sus funciones. Hasta quedan restos de Parlamento, aunque parezca mentira.

No creo que don Rodrigo sea nadie ejemplar, pero nos hizo un favor al defenderse, como gato panza arriba, de quienes le han querido acusar hasta de la muerte de Manolete

El otro día se dibujó una de esas escenas parlamentarias  que tienden a prohibirse con la cínica excusa de que los ciudadanos no tengan sueños meones: Rodrigo Rato se defendió con ardor en el Congreso ante la mirada atónita de los diputados de número y escolta. No creo que don Rodrigo sea nadie ejemplar, pero nos hizo un favor al defenderse, como gato panza arriba, de quienes le han querido acusar hasta de la muerte de Manolete. Frente a él, una cuerda de mindundis de ocasión, escogidos para emborronar la memoria colectiva, porque es evidente que, por encima de cualquier interés, lo que se persigue es que un proceso políticamente muy complejo, y con mucho de conjura, quede reducido a la traición del conde Don Julián, a un spaghetti western de tercera en el que Rato sea, al tiempo, el feo y el malo. Ni Rajoy ni cualquier otro protagonista, fueron blanco de las diatribas de Rato, porque don Rodrigo, que se estaba defendiendo, y sabe muy bien cómo funciona este teatro, estimó económico repartir estopa, únicamente, entre los secundarios del extenso reparto del drama. En fin, ha sido bochornoso ver cómo en medios tan destructivos del ideario del PP, según Moncloa, algunos tertulianos que lamieron largamente las vestiduras del otrora vicepresidente, le agredían con las espadas flamígeras de la ortodoxia del momento, vae victis!

Sánchez, a por uvas o vendimiando

Pedro Sánchez trata de salir del chapoteo catalán en el que lo ha colocado su fiel Iceta, y no se le ha ocurrido otra cosa que sugerir que un buen pellizco a los Bancos será el modo idóneo de acabar con el déficit de las pensiones. Le ha caído la del pulpo, porque aquí se prefiere el modelo Rajoy, ir recortando, tacita a tacita, a ver si los pensionistas aguantan, pero la realidad del agujero de las pensiones es de las que no caben debajo de la manta. Lo más divertido es que muchos de quienes critican al ocurrente Sánchez dan por hecho que es disparatado todo lo que no sea seguir como hasta ahora, disimulando y tirando de deuda, que paga Draghi, que, como en lo de “pisa morena, que paga el ayuntamiento”, lo aguanta todo. Todo sea para ocultar que tenemos un problema de verdad, de esos que Rajoy no quiere que le molesten, porque no toca. Pero no hay una tercera salida, o se modifica el sistema de pensiones, o se suben los impuestos, y está claro que eso lo pagaremos entre todos, Bancos mediante o de forma más abrupta. Lo malo de la propuesta de Sánchez no es que se fije en los sospechosos habituales, sino que no se atreva a hablar con claridad de las grietas de un modelo a cuyo lomo ha hecho gran parte de su carrera política lo que queda del PSOE, pero, al menos, ha tratado de salir del tran tran de la estabilidad y el aquí no pasa nada que llevó a la tumba a Zapatero, como ya ha reconocido hasta Solbes. Los que pretendan conocer la solución del PP pueden esperar sentados.

El sainete catalán

Que Rajoy se crece en las adversidades es una doctrina que defienden con ahínco todos sus apologetas. Estamos a punto de que se admire lo previsor que fue al propiciar el escenario catalán, un panorama pantanoso en el que puede brillar un loro loco como Puigdemont. Si la política consiste en hacer que el espectáculo persista sin que el público perezca de aburrimiento, hay que ponerle un 10 al incombustible Mariano. Que la economía catalana se gripe, que las empresas huyan, o que el nombre de Barcelona empiece a tener resonancias inquietantes en el universo mundo, no parece afectarle. Lo suyo es mantener el país en la nevera, que nada cambie para que sus pericias resistencialistas puedan resultar una mina de oro.

La política del apaciguamiento cargando sobre otras espaldas los costes es un resultado que parece gustar a los conservadores de lo 'suyo'

El espectáculo de unos políticos, me refiero ahora a las huestes del proceso, que se dedican en exclusiva a salvar su culo es repugnante, pero es lo que cabía esperar tras el conchaveo que a punto ha estado de llevarnos al desastre colectivo. La política del apaciguamiento cargando sobre otras espaldas los costes es un resultado que parece gustar a los conservadores de lo suyo. Si embargo, hay que esperar que el país que se levanta cada mañana sepa despedir a quienes no saben hacer otra cosa que meterse bajo el caparazón de su legitimidad electoral, a ver si todo se arregla, porque siempre acabará pasando algo con lo que no contaban, a pesar del cariño con el que los tratan sus periódicos.


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