Sueños ciudadanos

En estado de nervios

No he visto el debate, me ha bastado con seguir las informaciones posteriores para confirmar que, de nuevo, no se ha hablado de la nación real, sino del estado anímico de quienes la gobiernan, de forma que no es extraño que el personal no se interese en exceso. Todo se rige por la autopropaganda y por la absoluta carencia de espíritu crítico, es como esa campaña de la Comunidad de Madrid para convencernos de que tenemos la mejor sanidad del mundo, lo dicho, de Madrid al cielo. Puro casticismo y pura cochambre intelectual y moral: el pote que se dan los que mandan a costa de lo que nos sacan sin miramiento alguno, y encima hay gente que aplaude.

Esta sustitución de la España real por la España que los políticos imaginan viene siendo habitual en el Parlamento: basta recordar los incrementos de pensiones de los diputados cuando se congelaban para todos los demás, pero, pese a todo, esta sesión del debate sobre el estado de la nación ha puesto de manifiesto que los nervios de los dirigentes están a flor de piel. Sánchez tiró de un papel faltón, como si necesitase de guión hasta para insultar, y Rajoy perdió los modales de una manera absolutamente impropia, demostrando, una vez más, que confunde la democracia con el escalafón, y que un parlamento le parece algo así una sala de juntas con espectadores. ¡No venga por aquí!, le gritó a Sánchez como se haría con un pasante interino y pretencioso. Lo que pudo parecer un rifirrafe pactado, acabó poniendo de manifiesto las pesadillas del presidente.

El dontancredismo y los nervios de acero

Es verdad que las encuestas no siempre dan en el clavo, pero no hay que saber mucho para recordar dos hechos que quitan el sueño a más de uno. El primero, que desde que existe la secuencia, europeas-municipales/autonómicas-generales, se ha visto que la tendencia detectada en las primeras se confirma y se consolida en las últimas a través de las intermedias, o sea que muy mal para el PP. Peor ahora todavía, porque el PP ha de experimentar, en el intermedio, un doble afeitado, el de las andaluzas y el de las catalanas. Haber perdido la oportunidad de desalojar al PSOE en las andaluzas de inicios de 2012 es, seguramente, el error político de mayor gravedad que ha cometido Rajoy, y ese desliz se verá multiplicado en la próxima convocatoria.

Los ataques de nervios tienen motivo, por tanto. Pero es que hay un segundo dato que es realmente llamativo: el deterioro del PP no es el deterioro de un gobierno o de un presidente, que habría sido lo lógico y esperable, es el hundimiento de una marca. Que en Madrid, por ejemplo, en donde la influencia directa de Rajoy ha sido prácticamente nula, se detecten las bolsas de desafección que todos los datos ponen de manifiesto, y que ese fenómeno se repita al milímetro por todas partes, sin que importe ni poco ni mucho cómo funciona la política local o regional, pone de manifiesto que es la marca misma, el PP, lo que está al borde del naufragio y que no cabe esperar que los electores voten al partido aunque detesten la política, la pura política que siempre es otra cosa que la gestión, de su presidente. 

La póliza de seguros del PSOE

El único consuelo que les cabe a los dirigentes populares, que son los causantes directos de la catástrofe que se insinúa en el horizonte, es el de que el rival directo puede que esté todavía peor. El PSOE no acaba de superar el efecto particularmente deletéreo de las políticas zapateriles y ni siquiera los viejos dirigentes se atreven a intentar un salvamento directo y decidido de su enseña, tal vez porque sospechen que quienes todavía no se han enterado de la causa del desastre sufrido son la mayoría de los militantes.

Con este panorama, la apuesta de Rajoy, y ya veremos después de junio si es también la del PP, es acercarse a los 150 diputados a finales de 2015 con aproximadamente un 30% de los votos y siendo la primera fuerza del Parlamento, caiga quien caiga. Puede ocurrir, no cabe duda, pero la jugada es enormemente arriesgada, aunque si las cosas no salen bien, las patadas a Rajoy, como dijo Madariaga de Franco, las acabaría recibiendo el dolorido culo de los españoles. Por eso Rajoy saltó como una fiera cuando Sánchez quiso salirse de las comparaciones entre partidos y políticas, y le dijo que personalmente eran muy distintos, algo que Rajoy no quiere escuchar, por más que sea una verdad bastante simple, aunque tal vez no tenga todavía efectos políticos inmediatos.

Lo que los españoles no quieren saber

En una democracia, y esta lo es con todos los defectos propios del caso y algunos impropios, pero lo es, la responsabilidad de lo que ocurre no es nunca únicamente de quienes gobiernan, sino de quienes los sostienen con las más variadas disculpas. Que se pueda perder un par de jornadas parlamentarias en plan solemne y se haga sin apenas aludir al riesgo, por más que pueda parecer surrealista, que efectivamente corre la unidad nacional, o sin hablar de verdad de nuestros problemas, desde la falta de iniciativa para crear trabajo, hasta la Justicia o la educación, no es sólo responsabilidad de los líderes: hay una nación que lo consiente y unos medios de comunicación que también juegan a esa gigantesca maniobra de escamoteo.

Muchos españoles se han hecho resistentes a la información y prefieren vivir en la cómoda repetición de las consignas. Si la democracia es un sistema en que se debaten alternativas políticas y en que se discute sobre opciones reales, los partidos españoles han conseguido que eso se reduzca a una liturgia de vaguedades, sin datos, sin costes, de manera indolora. Esta es, por cierto, una de las claves del pregonado éxito de Podemos, si se trata de hablar y todo lo que importa son las palabras, va de suyo que ganará el que diga las más sonoras, las más halagadoras, incluso las más necias.

Una coda educativa

La Secretaria de Estado de Educación ha vuelto tímidamente a la carga poniendo en duda que el modelo de financiación de las Universidades sea sostenible. Bien está, pero eso es como preocuparse por una epidemia arguyendo que disminuirá la asistencia al cine. Nuestro problema universitario, que es pináculo del educativo, se entiende muy bien con tres hechos claros, concretos e indiscutibles: primero, no tenemos ninguna universidad entre las primeras del mundo, mídase como se mida; segundo, desde 1906, hace más de un siglo, nuestra universidad no ha producido ni un sólo Nobel de Ciencia (en ese período Italia, Francia, Inglaterra, Alemania y los EEUU han obtenido centenares); tercero, nuestras escuelas de negocios están a la cabeza de todos los listados de calidad, y se nutren, básicamente, del mismo personal docente. A cualquiera se le ocurriría una reflexión bastante obvia, pero los españoles se resisten a ver las cosas de este modo, prefieren hacer la ola a políticos cobardes, pueblerinos  e ignorantes que presumen de ser los primeros de su promoción de memoriones. Los que están al cabo de la calle se dedican a jugar con las tabletas, que para eso se las pagamos entre todos, sin que nadie les sancione por esa conducta absolutamente impropia cuando se hace desde la presidencia de una Cámara.


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