Sueños ciudadanos

¿Ha sido necesario crear VOX?

No cabe duda de que fundar un nuevo partido político ha de considerarse una de las muchas acciones quiméricas que pueden acometer los humanos. De hecho, en España, existen más de 1.200 formaciones políticas, según el correspondiente registro del Ministerio del Interior: ¿qué ha hecho necesaria la 1.201? Esa abundante floración de opciones de todo tipo ha funcionado como un seguro ante el riesgo de desvarío, y ha hecho que quienes, hace menos de un cuatrimestre, nos lanzamos a crear VOX hayamos tenido serias dudas, tanto sobre el momento como sobre la oportunidad. Pero las hemos vencido, y son varias las razones que nos han obligado a hacerlo.

Para empezar, existe un abundante consenso intelectual, sobre el agotamiento del actual esquema bipartidista que, cien años después, ha acabado por reproducir y empeorar, puesto que como decía Marx la historia tiende a convertirse en farsa, el cansino esquema turnista de la Restauración. Por la red han circulado con notable éxito viejos textos de Pérez Galdós o de Ortega que parecían escritos ayer mismo, y muestran hasta qué punto ha vuelto el esperpento político por donde solía. Ante una crisis nacional de enormes proporciones, con aspectos no sólo económicos sino morales, políticos, institucionales, y con riesgo evidente para la unidad nacional, el PP bajo la batuta de Rajoy, ha enviado al limbo cualquier proyecto serio de dar marcha atrás a la insensata obra de ingeniería social que había puesto en marcha el Gobierno con más determinación y menos seso de la historia reciente, dando lugar a lo que se ha llamado la tercera legislatura de Zapatero.

Firmemente apoyado en la certeza de que la derecha española está acostumbrada a obedecer, y que su única preocupación seria se reduce al disfrute de la bonanza económica, Rajoy ha llevado a cabo una  tarea política ciclópeamente improbable: ha desmentido el programa económico tradicional de la derecha liberal, ha legitimado el tratamiento del final del terrorismo que puso en la práctica quien aspiraba a ser nombrado nuevo Príncipe de la Paz, y, ya puestos, tal vez bajo la amenaza de que algún Juez decidiese olvidarse de quién manda, ha decidido apretar más las tuercas de la completa sumisión con que PP y PSOE quieren controlar lo poco que queda de independencia del Poder Judicial. Que todo esto se haya hecho con la más potente mayoría absoluta que nunca haya obtenido la derecha, dominando en las Comunidades Autónomas y en la casi totalidad de las grandes ciudades, con una izquierda abatida y desprestigiada, que había obtenido el peor resultado de su historia, y con un electorado convencido de que habría de soportar medidas extremadamente dolorosas, no puede sino causar pasmo a cualquiera que no confunda la política con los aplausos de una claque profesional y bien untada.  

Hace ya mucho tiempo que se viene repitiendo el eslogan de que socialismo es lo que hacen los socialistas, aunque sea indultar al más sinvergüenza de los banqueros, de forma que  resulta versosímil que Rajoy haya decidido no ser menos y popularizar el eslogan simétrico, conforme al cual una política conservadora es la que conserva y procura abrillantar exactamente lo mismo que habían intentado hacer sus teóricos rivales, tal vez con una tecnocracia levemente más aseada. Se trata de una estrategia que parece haber hecho especialmente feliz a Cristóbal Montoro, quien ha alardeado repetidamente de que el Estado de las Autonomías  ¡¡¡ha sido un éxito¡¡¡, o de que en materia de impuestos  se han atrevido a llegar más lejos que la izquierda, superando ampliamente lo que ni siquiera osara imaginar un fiscalista tan fino como Juan Manuel Sánchez Gordillo, ocupa ocasional, y habitual alcalde de Marinaleda. 

Esta deriva ha producido el extraño milagro de la aparición de una formación como VOX que, a diferencia de pretéritas encarnaciones de la derecha, no es populista, no es autoritaria, no se ha fabricado desde el poder, sino muy específicamente en su contra, y que, por último, no descree de la democracia, ni la defiende hipócritamente, sino que se queja de su ausencia, de forma que apuesta de manera decidida por crear un partido que de vida a la democracia desde dentro y desde abajo.  VOX es, por tanto, hijo del descontento y de la desilusión, pero todavía más, hijo de la ilusión y la esperanza, porque afirma el valor de las ideas, de la trasparencia, del control y la rendición de cuentas, precisamente porque cree que la política tiene que ser algo más que la administración despótica y oscurantista de lo inevitable. 

VOX ha surgido de la confluencia de varios grupos, unos de dentro del propio PP, otros de fuera, que tras reunirse durante meses e intentar otras soluciones menos comprometidas, han comprendido que no había otro remedio que lanzarse al agua y navegar en medio de las olas y al lado de esas grandes moles un poco sin rumbo que son los grandes partidos. Nuestra sorpresa ha sido que a este llamamiento se han unido miles de personas que jamás habían coqueteado con la política, pero que no están dispuestas a admitir que una genuina democracia liberal sea imposible en España.

El vigente turnismo, lo que algunos han llamado el PPPSOE, se ha  fundado recientemente en un truco político no exento de ingenio: hagamos siempre lo mismo, pero aparezcamos como rivales irreductibles, lo que nos permitirá explotar a fondo la enorme credulidad de un sector muy amplio de votantes, y perpetuar ese extraño maniqueísmo hispano que no deja de causar admiración a quienes lo miran un poco más de cerca. Unidad en lo esencial, radical oposición en apariencia, fórmula espuria del pragmatismo hispano que permite engordar indefinidamente las administraciones públicas y crear una sólida trama de intereses clientelistas que sustituya con comodidad y ventaja cualquier contacto efectivo con la sociedad civil, cualquier forma de participación y de democracia efectiva. Que este juego un poco miserable se vea secundado por grupos radicales, que de vez en vez deciden desfogarse y “tomar” el Congreso, para asustar un poco a la población sumisa,  de modo que acuda raudamente a refugiarse bajo el manto protector de un bipartidismo capaz de controlarlo todo, no deja de provocar un incómodo sarcasmo. Si a este panorama se le añade el hecho indiscutible de la quiebra de los grandes grupos mediáticos, hasta el punto que Rajoy se ha visto convertido en columnista de El País, se comprenderá que la situación es lo bastante excepcional como para que se hagan necesarias algunas iniciativas forzosamente inhabituales.

¿Qué puede conseguir VOX?

En primer lugar, puede introducir un debate muy necesario entre electores habituados a abstenerse o a votar al PP que no se verán obligados a escoger, por mucho que eso le gustase a la señora Cospedal, entre el PP y la nada, una elección ciertamente difícil para quienes piensen, y no somo pocos,  que el PP mismo se ha anonadado. Sólo quienes prefieran el monopolio a la competencia verán mal este gambito político que servirá, en cualquier caso, para obligar a la reflexión de unos y de otros. 

Cuando se educaba a los niños en el respeto a los padres, las cartillas de primeras letras mostraban a unos lindos infantes que exhibían unos baberos con una recomendación sumaria: “Come y calla”. Algo así pretenden los que dirigen actualmente al PP: “Vota y calla”, una estrategia electoral que puede resultar efectiva pero que, evidentemente, poco tiene que ver con un sistema democrático en el que exista auténtica libertad política. Frente a ese consejo oportunista y autoritario, en VOX nos dirigimos con un mensaje nítidamente liberal a los españoles para decirles: “Habla”, y no votes lo que no compartas. Se trata de una norma elemental, pero hemos llegado a tal extremo que lo normal aparece como subversivo, o eso pretenden que creamos los que han pasado de repetir lo mal que estaba lo del Faisán a decir lo bueno que es haber subido el IVA, y el resto de impuestos y cotizaciones sociales, mientras seguimos engordando una deuda insoportable que, de una u otra manera, habrán de pagar con enorme esfuerzo y resignación nuestros hijos y nietos, preclaro ejemplo de solidaridad irresponsable y forzada.

VOX era, pues, una iniciativa necesaria para dar oportunidad a un debate político que el duopolio gobernante ha conseguido reprimir, no sin un cierto sadismo, y de manera bastante eficaz. ¿Estamos seguros de que nos conviene seguir alimentando un Estado elefantiásico, frágil, dividido en más de docena y media de ínsulas insolidarias, ineficiente, atento, sobre todo, al bienestar de sus gestores y, por tanto, socialmente insensible y capaz de arruinar a la sociedad que lo sustenta? En VOX creemos que no, y que hay que poner manos a la  obra, a rectificar todo lo que está hecho a oscuras y mal, con luz y taquígrafos, con debate público, en democracia. Los electores dirán si el programa les convence. 


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